El Editorial

No se debe errar otra vez

Pasó la semana después de las elecciones y nos acercamos a la fecha tradicional del encuentro entre las familias y los amigos, que debería ser un período de reconciliación y reflexión. Sin embargo, desde algunos ámbitos de la oposición (que se reflejan básicamente en los medios y en la red) no sólo persiste el desasosiego, que podría entenderse por la derrota electoral, sino que se pone de manifiesto nuevamente la búsqueda de “chivos expiatorios” y la descalificación de la dirección que la misma oposición se dio en el proceso electoral.

La línea política que se propugna es conocida: no participar en eventos políticos, los cuales por definición están amañados. Sólo así se deslegitimaría el régimen, y con ello se estaría a un paso de su derrumbe, posibilitando una salida de fuerza. Esta sería la “lógica” de la abstención. Y para que ello sea posible, hay que descabezar a la oposición, remplazando su actual dirección por una “realmente comprometida”. Por ello la campaña descalificadora contra los que comandaron, desde la oposición, el proceso electoral.

Este tipo de posición tiene tres graves fallas. En primer lugar, en aspectos importantes, está de espaldas a la realidad: no reconoce el apoyo popular que hoy tiene el “régimen”. Es decir, la actual correlación de fuerzas. De hecho, no existe analista serio que niegue este apoyo, y casi todos coinciden que, por los momentos, el gobierno goza de cierto apoyo mayoritario. No apabullante, pero mayor al respaldo que tiene la oposición dentro de la población.

Segundo, la importancia que tiene conformar un movimiento político-social alterno, con una nueva base social más amplia, algo análogo a una nueva mayoría. Sin esta nueva base, el cambio no se producirá. El cambio político es una resultante de cambios en la correlación de fuerzas. En la conformación de esta base la oposición debe utilizar todos los ámbitos y espacios, aún los resquicios que deje el régimen. Participar no garantiza avances, pero sin participar, la oposición tiene “asegurado” un camino de creciente declinación.

Y tercero, el liderazgo alterno para la oposición, el que supuestamente estaría “realmente comprometido”, en verdad no existe en términos sociopolíticos. Se trata de individualidades con muy escasa influencia social, pero con influencia en los medios, muy poco conocedores de cual es la actual realidad del país, que desde cómodos escritorios, dentro o fuera del país, o aspiran a ser líderes o fueron líderes y no se resignan a su pérdida de influencia.

Tenemos un gobierno que usa a su real antojo los recursos del estado, que controla todos los poderes, que utiliza el miedo como un arma de guerra psicológica y que práctica la exclusión como principio es una verdad grande como un templo. Pero también es cierto que tiene un importante respaldo popular, a pesar de todas las irregularidades que haya cometido para lograr un caudal de votos mayor. Y así mismo es cierto que la oposición, en apenas algo más de tres meses, logro un respaldo significativo y ha comenzado la estructuración de un movimiento político-social que puede ser una alternativa. .

¿Cómo se puede imaginar una inflexión mucho más profunda, en tan corto tiempo, cuando el gobierno dispuso de amplias dádivas y una propaganda masiva que se centraba principalmente en los sectores que por definición le son afines? ¿Acaso las misiones no existen? ¿Acaso tuvo Rosales suficiente tiempo para convencer de que su opción sería mejor para ellos que lo que actualmente reciben del régimen? Hay que anotar que a pesar de todas las ventajas del régimen, la oposición -fuera de su terreno natural- logró poner el pie en todos los rincones del país en proporciones variables pero significativas, que permiten preparar el terreno para una verdadera acción política de recuperación de los espacios perdidos.

No se deben cometer los mismos errores que acompañaron al período post-revocatorio. Centrarse en la búsqueda de la piedra filosofal del fraude o en el regocijo- presuntamente deslegitimador- de la abstención bien puede servir como una compensación psicológica individual, pero ciertamente no conducirá a que las circunstancias cambien. Sólo la lucha unificada de la oposición con una dirección política centrada podrá contener y a la larga superar el actual estado de imposición autoritaria que caracteriza nuestro tiempo. No es hora de rasgarse las vestiduras, ni de lamentarse por lo que no se hizo a tiempo, ni mucho menos tomar la ruta que hasta ahora hemos transitado sin éxito que no es otra que la de acabar con nuestro incipiente liderazgo cuando no podemos derrotar al que –por ahora- conduce a su antojo el país.

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