Mundo Empresarial

La interminable hazaña del emigrante

Siempre me refería a las historias de violencia como un narrador en tercera persona omnisciente, sabía lo que le había sucedido a amigos, familiares y conocidos pero nunca había experimentado en carne propia el terror, esa sensación de estar inseguro, vulnerable, en fin, fuera de la zona de confort; ese estatus quo del cual cada uno de nosotros hemos gozado en el país con la certeza de que nunca nos pasará algo así.

Aún recuerdo esa llamada del 1 Enero de 2014, claro, ¿cómo olvidarla?, aquella voz detrás del auricular nunca se imaginaría el poder que habría tenido sobre mis futuras decisiones. “Sabemos que todos los días caminas unas cuadras hasta Caño Amarillo para tomar el metro y que después te bajas en Los Cortijos para ir hasta El Nacional, que no te sorprenda que alguien te clave una puñalada por maldito, periodista” un corte abrupto de la llamada hizo que un fuerte temblor se apoderara de mí, las lágrimas corrían solas y el pensamiento con una sola idea: éste año tengo que irme. En una semana encontraría la solución con boleto en mano, Nueva York era el destino.

El sustento de la idea de irme se alimentaba cada día, un pasaje de la aerolínea Delta Airlines -más adelante cerraría operaciones en Venezuela- me ataba a la creencia de que tenía la posibilidad de escapar de esa amenaza, de los ajustes presupuestarios en mi casa, de la crisis del papel y la ola de despidos implícitos en los diarios, de tantas cosas… sin duda alguna era sortario y fue esa misma fe que utilicé como bandera para los acontecimientos que estaría por experimentar, las crisis también son el camino perfecto para abrir paso a las oportunidades y como diría una buena amiga: Aprendes a darle gracias a Dios por lo bueno y lo malo.

Con el retiro de operaciones de Delta Airlines mi posibilidad de huir parecía remota, ese día también lloré. Comencé a dar clases para retribuir, de alguna manera, al país que tanto me dio todo lo que hizo por mí, fue en ese tiempo que también conocería a mi compañero de viaje, socio, apoyo y complemento, después de todo ostentábamos la misma profesión y teníamos un elemento más en común, ambos somos –porque éramos y aún lo somos- jóvenes llenos de una maleta de sueños y un camión de esperanzas.

“¿Por qué no planificáis para Panamá? Me han dicho que las posibilidades de seguir con nuestras carreras son vergatarias, si te animáis yo me animo”  me diría mi singular amigo con esa idiosincrasia y desenfado tan característico del gentilicio maracucho. La decisión habría agarrado cuerpo nuevamente, nos vamos para Panamá. Los dos meses antes de irme fueron, de cierta forma, cruciales. Hoy en día bromeo que en un año tan sucedido no era extraño que viajara a un sitio tan icónico y paradísiaco como La Tortuga, la despedida debía ser a lo grande. Sin saberlo tambíen me tocaría ser el protagonista de dos situaciones antagónicas: vestir un cadáver antes del funeral, el de mi abuelo víctima de una metástasis fulminante y vestir una novia previo a su gran día, la de mi mejor amiga.

Las semanas siguientes transcurrieron como minutos, un ahogo, una tristeza como la del zambo Manuel, que escribiría Manzo Perroni en aquella famosa tonada bandera de mi país Moliendo Café fue, en definitiva un carrusel de emociones acompasado por un desfile interminable de despedidas, creo que, después de todo, eso y las largas colas en los ministerios para poder optar por un status legal fuera son las penitencias que tenemos que pagar todos los que decidimos emigrar en algún momento.

Estando fuera descubres que, esa emocionalidad cotidiana que parecía carecer de sentido en el momento que la tenías de cerca pesa. Extrañas los afectos, sabores, colores, paisajes y olores de tu país. Dudas, te cuestionas y te preguntas ¿Qué te motivó a irte?, comienza el mea culpa, las insatisfacciones, las noches largas, el desasosiego, el no podré imperante sobre tu capacidad de soñar. En los momentos más duros me aferraba a la Ítaca de Kavafis cuando decía que los lestrigones y cíclopes (el miedo al fracaso y la angustia) sólo existían mientras estuviesen en nuestra mente, comprobé que era cierto.

Con el paso del tiempo -que se hace muy lento- descubres que eres capaz de desempolvar aquellas habilidades que habrías engavetado en algún momento, entiendes lo valioso de cada enseñanza en nuestras universidades, crecen las responsabilidades y con ello vas creciendo como persona en todo su esplendor, la vida te hizo hombre, emigrar te ayudó a crecer. Pase de ser el docente, el joven talentoso condecorado por logros en comunicación mediante el diseño gráfico a ser el venezolano que lavaba los platos y los baños con una sonrisa en los labios, la humildad y la paciencia son las mejores herramientas que tienes en tu odisea de hacer vida en un nuevo territorio.

Aunque al principio sea duro, como diría la canción de Jorge Drexler, debes dejar que el tiempo cure, sólo eso te hará más fuerte –nunca inmune- a las lágrimas de la nostalgia y de la desesperanza pues, sólo serán tus habilidades las que ayuden a enderezar tu camino y acercarte a la utopía de lograr el mismo status que ostentabas en tus tierras y, aunque regresar no sea una opción mantén siempre presente la idea de que regresarás en el amanecer de una mejor Venezuela, una en la que puedas reconstruir todo aquello que nos quitó la corrupción y la violencia.

Las historias de emigrantes nunca culminan, las escribimos con el día a día y honramos a aquellos ancestros que tomaron Venezuela como su destino para un nuevo comienzo. Agradecemos –o al menos es el deber ser- al país que nos está recibiendo y luchamos por aspirar una mejor posición para nosotros mismos más que para la sociedad. El narrador cambió, ahora es la primera persona que cuenta esta anécdota, y aunque ya esté desempeñando una actividad más relacionada a su profesión aún mantiene la misma humildad que cuando fregó cada vasija con la creencia de qué, muchos como el, escribirán historias similares, nunca iguales y que aún mantendrán la misma humildad. Si, somos los más de 600.000 que decidimos un nuevo comienzo, pero muchos de nosotros también estamos dispuestos a reconstruir un mejor país que destruiría un hombre ególatra con hambre de satisfacer su resentimiento social.

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