Mundo Empresarial

La salida de mi Vinotinto

El 16 de noviembre arrastré dos maletas en Maiquetía. En ellas llevaba “todo lo que necesitaría” para lo que denominé un “empezar de cero” en España.

La mañana inició con un típico desayuno andino, con la diferencia de que este estaba lleno de lágrimas de mis padres y de mis hermanos. Aún puedo escuchar sus palabras: “Estamos orgullosos, ve por esos sueños, hija. Vas a estar mejor. Eres mi ejemplo, hermana”. Esas palabras llenas de significado para una joven periodista, cuyo su gran sueño creyó haber cumplido…

Graduada de licenciada en Comunicación Social con honores a los 22 años, trabajaba en lo que consideraba el mejor diario del país Vinotinto y estudiaba derecho como una segunda carrera. Yo era una joven que luchaba cada día por ser mejor. Pero todo se truncó por una fuerza que, sencillamente, me superó.

La inseguridad, la violencia, la corrupción, la sociedad y su desidia, y el cambio de dueño de ese periódico donde empecé mis sueños, mis notas, mis entrevistas y los grandes amigos que cultivé… Estos factores de la vida cotidiana, esos de quien patea Caracas desde las seis de la mañana hasta bien entrada la noche, hicieron furtiva mi salida del país, de una Venezuela que me lo dio todo: familia, estudios, tardes de juego, viajes por sus estropeadas carreteras, amigos, El Ávila y su cruz cada primero de diciembre…

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Ese 16 sentí que me divorciaba de lo que más quería y que perdía “con sentencia definitivamente firme”. Ese día perdía lo que más quería y todo por lo que había luchado: dejaba mi familia, mis padres benditos –que me lo dieron todo–, mis dos hermanos –mi fortaleza–, mis amigos, mis colegas e íntimas amigas de cada almuerzo y guardia… Mi tierra la dejaba y la veía por la diminuta ventanilla del avión rumbo al nuevo comienzo…

En aquél momento sentía rabia por un Gobierno desgraciado que me obligaba a salir con apenas 2.000 dólares en el bolsillo. La tristeza me invadió por tener que dejar todo lo que me apasionaba. Tuve que calmar a mi esposo, quien no paraba de llorar porque, como yo, lo dejaba todo. Allí fue cuando comprendimos que la familia se había reducido a solo nosotros dos.

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Cinco robos, un secuestro, una estafa, un intento de homicidio, una constante angustia… eso rodeaba a mi familia en el último año y la típica frase tras cada tragedia: “Gracias a Dios estamos vivos” me fulminaba y me deprimía…

Aquí, “al otro lado del charco”, aún leo cómo mis amigos pierden a sus familiares, las noticias de la gran escasez de comida, de los homicidios y, aunque estoy lejos, me afecta y lloro por ver el rumbo al que llevan a mi país y con él, a mi familia.

Mis noches de oración por Venezuela se vuelven más intensas y al ángel de la guarda le pido que extienda más las alas para que proteja a todos los que amo en mi tierra tropical. Es mentira que uno olvida cuando uno se va. Más de una vez he dicho “mi cuerpo está en Madrid, mi alma sigue allá” y no permito que ninguna persona hable mal de mi nación, menos un paisano que se cree más español que la fabada.

Empezar de cero no ha sido fácil para esta familia de dos. Esta periodista pasó a ser camarera, personal de limpieza, niñera y de morena a negrita, porque aquí me dicen así, “negrita”, un antónimo total de mi nombre de pila.

Sí, cambié de oficio para mantenerme, pero mi sueño de salir adelante sigue en pie y mi pasión por el periodismo todavía me recorre las venas. Con mi salario me pago mi master, hago mercado en largos pasillos de comida, esos que me recuerdan a las grandes cadenas de supermercado de mi Venezuela de “antier”.

Madrid me ha hecho coincidir con muchos paisanos que, como yo, aman su pedacito de tierra. Muchos añoran volver a una Venezuela mejor y desde afuera se preparan profesionalmente. Otros no quieren volver, pero en la sala de su casa guindan la bandera tricolor con su “siete estrellas” y tienen su trompo, su Bolívar de madera y –me incluyo en estos últimos– un cuadro del monte imponente de Caracas y una foto de la familia en su mesita de noche.

Conseguir oportunidades laborales no ha sido una tarea fácil en esta aventura, pero la tranquilidad de andar en la calle, de tener comida en la nevera y de sentir que todo se puede lograr es suficiente para llenar de tranquilidad las almas de este par de “chamos” venezolanos.

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