Salud y Bienestar

Capítulo XXVIII – Un Problema Moral

A menudo, por no decir siempre, se presentan en el seno del consejo de pareja problemas morales. A todos ellos los incluiremos dentro de la dimensión existencial. Unas veces corresponden a la relación médico-paciente, de lo cual se menciona en este libro un caso. (Ver aforismo 2). Otras, los mismos pacientes se los plantean para su conducta personal.

Hemos elaborado una fórmula que aspiramos a que pueda ser de aplicación general. Se encuentra estrechamente emparentada con el concepto de libertad, aquel que reza

“Todo ser humano podrá hacer lo que desee, dentro de los límites de la libertad de los demás.”

Claro es que esta fórmula es demasiado sentenciosa, y tiene que ser precisada.

Ese “hacer lo que se desee” tiene que estar limitado por lo menos por tres factores.

1. Sin duda, la ya mencionada libertad de los demás.

2. También la capacidad de ser responsable de cualquiera de los dos. Si una adolescente, profundamente enamorada, le exige a su amante que la embarace, éste tendrá que meditar sobre sus circunstancias, antes que acceder o no a la solicitud.

3. La incidencia que cualquier acto pudiera tener sobre valores universales y socialmente admitidos, o aceptados por los actores de la relación. Sin duda es mayor el daño que se causa con un embarazo no deseado a una joven estudiante, de familia religiosa, con cierto status social, que a una chica marginal en cuyo ambiente es frecuente la maternidad fuera de una relación de pareja estable. Los valores individualmente aceptados de patria, honestidad, familia, religión han de ser considerados en cualquier reflexión moral.

Sin embargo hay que desconfiar de cualquiera de estos últimos valores, en la medida que pudieran ser objeto de manipulaciones por parte de individuos, de familias, de grupos, de sectas o de la sociedad entera para imponer conductas que no sean naturales en la persona. Algunos de los valores arriba mencionados no son significativos para la mayoría de la gente moderna.

He aquí nuestro caso.

Un médico recién graduado consulta por impotencia sexual. Mantuvo relaciones amorosas durante cinco años con una compañera de carrera, de nombre Gilda, bastante más jóven que él. La vida sexual entre ambos fué excelente, aunque la comunicación intelectual no lo era tanto. Ambos tenían puntos de vista distintos sobre demasiados temas. La relación, gracias al sexo, y a las actividades profesionales comunes era satisfactoria y llevadera, hasta que él conoció a una abogada muy agraciada que lo sedujo desde el primer momento. Pero, a pesar de su atrayente físico, era una mujer psíquicamente problematizada. Había tenido una relación amorosa muy frustrante con un hombre casado, y había quedado embarazada. Se había sometido a un aborto y no podía conceder a su nuevo amor la serenidad que había experimentado en el anterior.

Se planteó entre ambos la inevitable discordancia entre la atracción física y la disparidad emocional. No obstante, intentaron una relación sexual. El paciente fracasó una, otra y otra vez, y entró en estado de desesperación.

Era una persona sensible, culta, de sentimientos religiosos, y practicante en una iglesia evangélica. A pesar de la moral puritana que esa iglesia practicaba, no se abstenía de tener relaciones sexuales extra-matrimoniales. Había padecido, en el curso de su vida, episodios de angustia frente a problemas familiares, pérdidas de empleo y fracasos en los exámenes.

Debido a sus problema sexual, tuvo una franca conversación con su pareja. Ni ella ni él querían perderse el uno al otro. Convinieron en separarse por un tiempo, para considerar cuanto se necesitaban.

Y fué al poco tiempo de esa separación cuando volvió a la escena Gilda, la primera novia. Naturalmente ella, como la mayoría de los seres abandonados, no había dejado de quererlo. Siendo como habían sido excelentes amigos, él le confió sus cuitas. Salieron juntos, tomaron algunos tragos, se enternecieron con los recuerdos, se acariciaron las manos y en el inevitable lecho la pasión fué avasallante. Gilda, conocedora de su problema, le prometió ayudarlo en todo lo que fuera posible, sin presentar condiciones ni exigencias de ningún tipo. Tanto fué así, que lo acompañó a visitar al especialista a la primera consulta.

No fué difícil diagnosticarlo. Una personalidad hiperemotiva, sensible, con un antecedente previo de neurosis de angustia, con una afiliación religiosa conservadora que originaba que, aunque mantuviera conductas sexuales, lo embargaran de sentimientos de culpa.

Como se ha demostrado en el mencionado informe Kinsey, la ideología de las religiones monoteístas es el más frecuente origen de los trastornos sexuales. En los Estados Unidos, a mediados de siglo, el mayor número de disfunciones se encontraban entre los católicos, en segundo lugar entre los protestantes y en tercer lugar entre los judios. (Los personajes del Antiguo Testamento realizaban su vida sexual con una libertad casi de tipo contemporáneo).

El tratamiento del joven profesional tampoco presentaba problemas en su concepción.

Primero el paciente tenía que ser sedado, calmado, sometido a psicoterapia, controlado en sus extremismos ideológicos, y posteriormente sometido a las técnicas de terapia sexual descritas por Masters y Johnson.

Para estas últimas era imprescindible la colaboración de lo que dichos autores denominaron la “consorte sustituta” posteriormente denominada “terapeuta sexual”, es decir, ya que el paciente era soltero, una mujer que colaborara profesionalmente en la realización de ciertos ejercicios sexuales.

Y sin duda se disponía de esta persona; era Gilda, su primera novia, con la cual habían habido experiencias previas, que siempre habían sido exitosas, y que había declarado explícitamente que estaba pronta a ayudarlo en todo lo que fuera necesario.

Pero aquí se le planteó a nuestro rígido paciente su problema moral

¿ Estaría éticamente permitido que él mantuviera relaciones sexuales con una mujer con el solo objeto de que ella lo capacitara a normalizarse con otra ?

¿ No sería inmoral utilizar a un ser humano como objeto con esos fines ?

Tuvimos la fantasía de que en ese momento el consultorio se veía invadido por multitud de pastores puritanos, que señalaban con su dedo acusador a los pecadores, no solamente el paciente sino también al psiquiatra, y amenazaban a ambos con las eternas llamas del infierno.

Se aplicó entonces una moral humanista, bajo forma de ciertas preguntas clave.

¿ Contribuiría esa colaboración a la felicidad de algún ser humano ?

Si, sin duda. Permitiría recuperar la salud sexual al paciente. Y también sería útil a Gilda, que lo seguía amando y a la cual el tratamiento le permitiría servirlo y también gozar de un placer sexual que consideraba perdido hasta aquel momento.

¿ Se dañaba a alguien ?
No, a nadie. La tercer protagonista de este drama se encontraba momentáneamente separada, de común acuerdo, de nuestro paciente y, de manera tácita esa separación implicaba la libertad de ambos. Gilda estaba totalmente de acuerdo y dispuesta a colaborar.

¿ Y la ley religiosa ?

El paciente ya la había violado al mantener relaciones sexuales pre-matrimoniales, no con una sino con dos mujeres, y probablemente con otras más.

Después quedaba por discutir la validez, aún religiosa, de la castidad pre-matrimonial. El mandamiento de “no fornicar” se aplica generalmente a la relación sexual entre personas unidas por lazos matrimoniales, pero necesariamente no se aplica a los solteros.

La castidad pre-matrimonial es el resultado de leyes de origen clerical más que bíblico,

El paciente escuchó atento estas consideraciones, y se sentía feliz de someterse a ellas. Finalmente, el tratamiento con Gilda fué aceptado.

En una fórmula conservadora, el sexo, el amor, la paternidad y la familia deben estar unidos. Pero el supremo principio de la libertad permite que cada uno de ellos pueda ser disfrutado por separado, teniendo en cuenta las limitaciones separadas.

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