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Cuando Frank era rojo

Nochebuena. Todavía aterrado por lo que acabo de ver en TVE 1, una masacre de inocentes canciones hispanoamericanas, me refugio en un librito de título tentador: Frank Sinatra, el pasado rojo de La Voz, de Martin Smith (El Viejo Topo). Puede resultar un choque para los que conservamos en la retina las imágenes de Sinatra compadreando con los Reagan o rompiendo el boicot contra el apartheid. Sin embargo, hasta los años sesenta, el hombre se situó nítidamente a la izquierda de la corriente principal estadounidense.

Martin Smith ha recopilado y contextualizado los actos políticos de Sinatra. Se le han colado despistes menores (¿cómo es posible confundir a Count Basie con Duke Ellington en una foto?), pero la evidencia convence. Frank fue antirracista toda su vida, integrando por su cuenta algunos establecimientos que no aceptaban a músicos negros; estaba marcado por su ingrata experiencia como hijo de inmigrantes italianos, que entonces ocupaban zonas bajas de la pirámide social.

Más revelador es su implicación en batallas escolares de 1945, feos levantamientos de estudiantes blancos (¡y sus padres!) contra la perspectiva de compartir aulas con compañeros negros. Como cualquier artista engagé contemporáneo, Frank usaba su fama para defender sus ideas. Estaba dispuesto a reventar los mítines de fascistas americanos: se presentaría con 50 fans -las entusiastas bobbysoxers– que comenzarían a chillar en cuanto él hiciera un gesto.

Cierto, un ingenuo. Pero supo jugársela: ahí está The house I live in (canción y cortometraje), donde intervenía para defender a un chico judío atormentado por otros muchachos. Allí aprendería los limites de la libertad de expresión en la RKO: la letra, firmada por Lewis Allan (Strange fruit), sufrió la amputación de dos versos.

 

 

 

Se desenvolvió con dignidad durante la era McCarthy. En 1960, intentó saltarse la lista negra al fichar como guionista a Albert Maltz, uno de los Diez de Hollywood. Quería rodar la historia del único soldado estadounidense fusilado por deserción durante la II Guerra Mundial. Se le echó todo el mundo encima; el patriarca del clan Kennedy, le advirtió que semejante desafío podía costarle las elecciones a su hijo John. Frank pagó los 75.000 dólares prometidos al escritor y renunció al proyecto.

El aroma del poder era demasiado embriagador. Sinatra siguió trabajando en la campaña presidencial y, ay, fue expulsado de Camelot cuando los Kennedy calcularon que su mala reputación pesaba más que sus servicios. Como en aquella comedia siciliana, se quedó Seducido y abandonado. Ahí comienza su deriva hacia la derecha rancia, aunque -Smith puntualiza- tardó en encamarse con villanos republicanos como el vicepresidente corrupto Spiro Agnew o su viejo enemigo, Ronald Reagan.

Dada la reticencia de Sinatra a explicarse en profundidad, cabe argumentar que aquellas manifestaciones progresistas no pasaron de anécdotas: más que un genuino compromiso político, productos de su época ¡y de sus orígenes! Su madre ejercía de capitana de la maquinaria demócrata, encargada de asegurar votos en el caladero étnico de Hoboken (Nueva Jersey); un hijo suyo inevitablemente terminaría en el ala liberal del partido de Franklin D. Roosevelt.

Con todos sus excesos (¿My way como expresión del espíritu combativo de la clase obrera?), El pasado rojo de La Voz hace suspirar por textos similares, con personajes más cercanos. Me encantaría descubrir si el Fantasma de Nochebuena es consciente de su extraordinaria metamorfosis, de jaleador del dictador a genuina tradición navideña de la televisión socialista. ¿En quién pensaba cuando lanzaba Digan lo que digan, aquel torpedo contra la oposición antifranquista? ¿Sabía que su Canción del trabajo transmitía exactamente el mensaje contrario del original, ? ¿Cómo logró que sus contrincantes ideológicos le absolvieran en 50 años después? Y demás sucios detalles.

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