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“Este país ya es otro”

La paranoia de las largas colas de los consumidores que, extrañamente, los ministros se niegan a reconocer; el incremento de la violencia hamponil. en contraste con la debilidad o ineficacia de los cuerpos policiales para combatirla. y un bajón pronunciado de la aprobación del gobierno de Nicolás Maduro, quien en las encuesta roza el 22%, le dan una lectura al escritor y sociólogo Tulio Hernández de que Venezuela y los venezolanos despiertan cada día ante una realidad que les ha sido escamoteada.

Casi 600 violaciones a la libertad de expresión, diarios como El Nacional, obligado a reducir su paginación y contenido, por la falta de papel, ya que el gobierno les niega las divisa, y más de 70 estudiantes encarcelados por el hecho –en la mayoría de los casos– de haber asistido a una manifestación constituyen hoy el inventario de las afrentas que confunde incluso a los más eruditos a la hora de enjuiciar a este gobierno.

Es por ello que Tulio Hernández lamenta que la disidencia sea acosada hoy, como cuando los bárbaros cazaban a pobladores de las tierras que querían conquistar. Para el sociólogo, escritor y columnista de El Nacional, las últimas actuaciones de Nicolás Maduro han hecho que a este gobierno se le caiga el camuflaje de supuesto demócrata.

Dice que la llamada “guerra”, que tanto menciona el Presidente, pasó del terreno eufemístico, simbólico, camuflado y judicial, al enfrentamiento violento “bajo el esquema de guerra civil, diseñado por el gobierno, y que por suerte no tiene la posibilidad de realizarse, porque la oposición está desarmada, y no va a caer en esa trampa”.

 –Usted ha dicho que el país se aproxima “a  las puertas del infierno militarista”. Cuando lo dijo no se escuchó como una figura retórica, sino como si se hubiese asomado a esa posible realidad.

–Sí, lo dije por convicción. Hay 43 personas asesinadas durante las marchas, protestas y manifestaciones; 357 heridos, algunos de gravedad; y en un tiempo se contaron 1500 presos por manifestar. Todo esto constituye –por decir lo menos– una elemental violación de los derechos humanos. Tienen presos a dos alcaldes; le fue arrebatada su curul a la diputada más votada del país; los dirigentes estudiantiles, con apenas 23 años, están conociendo la clandestinidad. Sin contar las miles de viviendas que fueron penetradas por los escuadrones de la muerte, destrozadas por disparos y allanamientos efectuados por hombres armados, que estructuralmente actúan como paramilitares. Mencióname otro país con democracia donde estos hechos estén ocurriendo.

 –Y eso que el país no está en una guerra…

–Tengo la sensación de que Venezuela vive en una guerra de baja intensidad desde hace muchos años. Que esa guerra habría podido ser suavizada porque era una guerra sin armas, una guerra que se dirigía en tres territorios: una la del lenguaje, donde el poder excluye y dispara sistemáticamente contra los adversarios; la otra es una en el territorio jurídico, donde los jueces han  sustituido a los esbirros y la tercera es una en el terreno político, que es la utilización de todo el aparato del Estado para combatir y no para ejercer la gobernabilidad. Esa guerra tiene momentos clímax, como pasó en 2002, con el “carmonazo” y el paro nacional; pero también figuran la batalla que generó Chávez con las misiones y los encarcelamiento a sus propios seguidores. El otro rasgo de esa guerra es que nunca emergían como triunfadores definitivos. Es decir, el Gobierno siempre está diciendo que no ha realizado su proyecto porque se lo impiden sus enemigos que son la oligarquía, el imperio y los medios; y nosotros, que estamos en medios o en la oposición somos objeto de arresos y persecución. Tal y como ellos lo plantean, se trata de una guerra perder-perder.

 –¿Tiene la impresión que ese clima bélico se intensificó tras la muerte de Chávez?

–Fíjate, con Hugo Chávez adentro y afuera se veía la máscara de una democracia, porque esa era la gran inversión que había hecho él, tanto a nivel nacional como internacional, para crear una imagen. Si bien era un gobierno neoautoritario, se diferenciaba de los modelos autoritarios y de los modelos comunistas, en tanto que había elecciones y permitía la existencia de medios privados –pese al cierre de RCTV. Bueno, todo este esfuerzo, porque Chávez no se puede comparar con Videla ni con Pinochet, parece derrumbarse hoy. Es verdad, bajo el mandato de Chávez ocurrieron crueldades como la muerte de Franklin Brito, se armaron a civiles convertidos en milicias y se persiguió a dirigentes políticos. Pero hoy, observo que Maduro ha cedido su poder a militares que torturan a jóvenes, amenazan con violar a las chicas y ha permitido que los escuadrones de la muerte disuelvan las protestas pacíficas con certeros disparos a la cabeza.

 –¿Es otra guerra?

–Es una guerra que pasó del terreno eufemístico, simbólico, camuflado, y judicial, a un enfrentamiento violento con esquema de guerra civil, propuesta por el gobierno, que por suerte no tiene la posibilidad de realizarse porque la oposición está desarmada y no va a caer en esa trampa. Pero vivimos en una sociedad que ha vivido un caso dramático, y es la transformación en las personas. El opositor de hoy, combativo, no es el ser inocente que pensaba que con una marcha tumbaba al gobierno. Ya se concientizó de que esta es una lucha larga, dolorosa, y para la cual tiene que prepararse de otra manera.

 –Mientras tanto, aparecen las guarimbas y la barricadas…

–Es algo paradójico. Imagínate que el cuestionamiento a la guarimba está en el orden del 58%, pero cuando la gente ve que prenden barricadas por todas partes, se sorprende. Es como si el país se incendiara. Creo que es la rebelión más grande que ha existido en la historia de la democracia. Porque uno ve que el 27F fue una revuelta caraqueña; el golpe de abril de 2002 y el carmonazo fueron logias militares, todas caraqueñas. En cambio esto es una revuelta nacional, a pesar de que el gobierno quiera minimizarlo. Esto es muy fuerte para un país.

 –¿Usted se refiere a la reacción que genera los excesos de guardias nacionales cuando detienen a los estudiantes?

–Sí, en específico, a ese clima de represión que une la crueldad a un sadismo sexual, y que pueden generar focos de actuación fanática, intolerante y cruel, que hasta el momento no habían sucedido. Ver a ciudadanos que no están involucrados en la política y de repente cambian, porque se enteran  que a su hija adolescente le metieron un cañón de una pistola en la boca “para que se lo mamara” como si fuera un miembro y que le dijeran, «putica escuálida, te vamos a violar». Ya esos ciudadanos no son los mismos, igual que al que le mataron un familiar, le torturaron un sobrino. De alguna forma ese comportamiento militar ha acentuado el conflicto, como lo han dicho muchos dirigentes: le echaron gasolina a la candela.

 –El gobierno reitera que está cada vez más consolidado, sea porque mantiene ese terror que usted alude o porque aplica un exitoso blackout informativo.

–No es así, desestimar las protestas porque no se dan en los barrios, de los cuales yo diría que si ocurriesen habría respuesta represiva de los paramilitares, es pensar equivocadamente. Hay que tomar en cuenta que las grandes transformaciones de la historia la han hecho desde la clase media. Inclusive en la Unión Soviética. La mayor parte del estudiantado son de clase media, el profesorado, la gente de la calle que manifiesta, hasta la gente que ejerce actividad de economía informal y que son clase media. Por eso es equivocado hacer un análisis de si los pobres no van a protestar no hay rebelión. Eso es un análisis insuficiente. Los pobres bajaron una vez el 27F y no pasó nada. Aquí lo importante es estar conscientes del blackout informativo. Pero es tan pobre la capacidad de persuasión del gobierno para comunicarse, además que tienen incendiado el país, que ha tenido que acudir a las redes sociales y aunque la TV no informe, la gente sabe que algo importante está pasando. Entonces, esa coerción que ejerce el gobierno, además del hecho de que no ha creado políticas públicas que hagan sentir a la gente la certeza de que vienen tiempos mejores, todo eso es lo que mantiene hoy a Maduro en el nivel más bajo del que cayó Chávez en el 2002.

–Ante todo este panorama, ¿qué le toca hacer a la oposición?

–Le espera una tarea muy grande. Ya los hechos sucedieron. Ya el estado de ánimo es otro. Ya el país es otro. Por lo tanto, ese liderazgo tiene que montarse al frente de la convulsión de los procesos políticos, o podría ocurrir que el mundo opositor se facture y eso tienen que impedirlo. Además hay varios retos: un dirigente preso y dos alcaldes presos. Eso hay que lucharlo para protegerlo. Al igual que los estudiantes presos. Este es un momento en el cual la oposición no ha tenido sosiego, sentarse de verdad a pensar y reflexionar una pregunta que hay que responder ¿cómo se lucha? o ¿cómo luchan los demócratas contra un poder que no lo es? Cómo decía Umberto Eco ¿Se puede ser tolerante contra los intolerantes? ¿Se puede reaccionar democráticamente contra un gobierno que actúa de manera antidemocrática? Esa pregunta la tiene que resolver la oposición, porque si no, va a terminar  fragmentada entre los que creen que son unos comeflores, a quienes callan y humillan, y no reaccionan; y los que creen que hay que seguir en la vía democrática porque estamos a riesgo de reproducir una guerra civil. Hay que unir a los dos bandos y reconocerse, respetándose mutuamente sus métodos de acción. Necesitamos los dos bandos conexionados. Hay que luchar contra esas dos ortodoxias.
Twitter: @elizaraujo

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