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Fotografía: Los muros del odio

Posiblemente esta arista funcional prevaleció en su génesis y es la forma mayor de su uso. Retenemos nuestros recién nacidos, cumpleaños, bodas, viajes, velorios y otros eventos de nuestra vidas privadas. 

Pero también la cámara recoge los instantes o conjuntos de instantes que atañen a colectividades enteras y, a veces, a la especie toda. Asunto básicamente mediático. 

Passolini dijo una vez que la película ­el cine son fotos que se mueven­ más importante de la historia del séptimo arte eran los escasos minutos en que un aficionado de Dallas filmó el asesinato del presidente Kennedy. No le faltaban razones si pensamos en la importancia documental a que hemos aludido. 

Subrayo estas obviedades para señalar que una de las primeras atracciones de esta muestra es su tema, su referente. Más de una vez se ha dicho que los dos acontecimientos más importantes del siglo pasado eran el nacimiento y la muerte de la experiencia comunista. Probablemente es verdad. Y la caída del Muro de Berlín ha pasado a ser el símbolo de esa enigmática y abrupta implosión que nadie había previsto. De manera que Jorge Castillo tuvo la suerte de toparse con la desaparición misma, y el antes y el después, de ese insólito artefacto que era como la barrera entre las dos caras de un mundo trágicamente esquizoide.

Pero, por supuesto, no basta estar en el lugar adecuado con una cámara. Deben existir millones de fotos sobre ese muro que dividió una maravillosa ciudad y que fue como una herida en la conciencia contemporánea. Los grandes testimonios fotográficos necesitan del arte, son arte. 

Basta pensar en los maestros de la foto periodística, como Capa o Cartier-Bresson, para saber lo difícil que es llegar a lo esencial, a lo «decisivo» de ciertos acontecimientos. Y en las fotos de esta muestra aparece el ojo diestro y sensible del autor, sin duda. 

Creo que si en una primera aproximación encontramos una cierta dispersión temática, ésta desaparece cuando apreciamos que no se trata del muro solamente sino de la ciudad enferma por la escisión que éste crea. Pero da la impresión de que Jorge es poco dado a la estridencia y prefiere armar su rompecabezas con piezas que sugieren o simbolizan sin sobresaltar. 

Una señora muy cotidiana pasea con su coche junto al muro. Una flecha indica un punto de control. Dos pasajeros se desplazan en un bus nocturno y fantasmal. Panorámicas de la ciudad hablan de su grandeza y el mal incrustado en ella. Un hueco en el muro deja ver el más allá. En fin, estamos metidos en un clima frío y triste que nos atrae y saca al testigo de ser un mero espectador extraviado para darnos la riqueza de una vivencia muy personal y rica de la ciudad martirizada. 

No es casual que esta exposición que ha esperado décadas tenga lugar en la Venezuela de hoy, también bipolar, fracturada, plagada de muros hechos con los ladrillos de la intolerancia y el odio. No, no es azar.

Fernando Rodríguez (Palabras de presentación de la exposición)

fuente:talcualdigital

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