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FUNDATEATROS

La estrategia del régimen de borrar la historia para simular ser su iniciador ha hecho mucho daño, incluso a nuestra historia cultural. Olvidamos lo que la democracia venezolana logró en cuarenta años. Olvidamos que más del noventa por ciento de nuestras instituciones culturales son obra y creación de la democracia; que en 1958 sólo teníamos escasas cinco universidades y en 1998 las instituciones de educación superior superaban las ciento veinte. En cuarenta años hicimos una auténtica revolución cultural. 

Uno de esos olvidos es la creación de Fundateatros en 1969, la primera experiencia exitosa de gerencia teatral que conocemos. 

Después de remodelado el Teatro Municipal con motivo del cuatricentenario de Caracas, en 1967, surgió la necesidad de darle a este teatro y al Nacional una administración conjunta, moderna y acorde con las exigencias de la ciudad. No se quería de una conserjería más, sino darle a ambos teatros una dimensión distinta y apropiada como centros de gestión y de sarrollo cultural. El 3 de junio de 1968, el gobernador de Caracas, Henrique J. Velutini, nombró una junta para esos teatros y director general a Eduardo Morreo. El 14 de enero de 1969 fueron publicados el acta constitutiva y los estatutos de la Fundación de los Teatros Municipal y Nacional (Fundateatros), auspiciada por la Municipalidad del Distrito Federal. Para que la nueva institución no fuese una carga económica y reducir los aportes de la Municipalidad, sin dejar de ser una institución municipal, Morreo propuso la «Operación Reducto» para construir detrás del Municipal un edificio que le permitiera obtener rentas suficientes. 

Fundateatros actuó en dos direcciones, como empresa productora y programadora de los espectáculos que se presentaron en sus salas (862 en dos años) y como institución de proyección cultural. Dos iniciativas novedosas fueron la creación de la primera escuela de técnicos de teatro y la biblioteca del espectáculo. Además, colaboró en un proyecto singular, el Teatro Popular de los Barrios, iniciativa del crítico e investigador español Carlos Miguel Suárez Radillo que creó diez grupos en diversos barrios caraqueños. 

El proyecto fue ambicioso. Eduardo Morreo transformó la vida cultural de la ciudad, y entre sus planes estuvo la creación de una compañía de teatro, la edición de discos y libros e incorporar la concha acústica de Bello Monte a su programación. De hecho, lo logró en parte en el tiempo que dirigió esa institución hasta mediados de 1971. El concepto que guió a este proyecto fue realizar una programación de alta calidad y rentable. 

La publicación de la revista Fundateatros reunió a los más distinguidos escritores y columnistas nacionales, como Israel Peña, Luis Álvarez Marcano, Irazábal, Ugo Ulive, Rubén Monasterios, Rhazés Hernándes López, Carlos Salas, Enrique Izaguirre, Oswaldo Larrazábal y José Ignacio Cabrujas, entre muchos más. También aparecieron en sus páginas escritores del nivel de Carmelo Bene con su obra Pinocho, Jerzy Grotowski, Kathie RülickeWeiler, Julian Beck y Judith Malina. Su diseño estuvo a cargo de Santiago Pol. 

Gracias a Fundateatros, los venezolanos vimos y oímos por primera vez al Teatro Negro de Praga, al Jacques Loussier Trío, a la Orquesta Filarmónica de Moscú, a Erroll Garner Cuartet, a Sarah Vaughan, al Circo de Moscú, al Teatro Griego del Pireo, a Paul Taylor, a Jacques Mouclair y Eugenio Ionesco, a orquestas y ballets de Zurich, Moldavia, España, Edimburgo, etc. También a grupos y artistas venezolanos: Morela Muñoz, Rómulo Lazarde, el teatro universitario de la UCV, Cecilia Núñez, Eva María Zuk, Quinteto Contrapunto, el Tercer Festival de Teatro de Provincia y paremos de contar. 

Más allá de la cuantificación de la obra cumplida, Fundateatros fue un proyecto de gerencia cultural de óptima calidad nunca antes visto entre nosotros, por su rendimiento económico y cultural, síntesis difícil de repetir si revisamos lo que ocurrido desde entonces. Los teatros Municipal y Nacional dejaron de ser cascarones para actividades ocasionales y se transformaron en los centros culturales de Caracas y, en gran medida, del país. El rendimiento económico no estuvo reñido con la calidad artística; por eso su capacidad de convocatoria a los más diversos grupos y artistas nacionales y a los empresarios internacionales que vieron en la institución un interlocutor válido. 

Y todo se debió a la mente y visión de un extraordinario gerente cultural, Eduardo Morreo, quien demostró que la cultura no es una expresión restringida y para pocos. Mentalidades estrechas impidieron que la Operación Reducto se hiciera realidad, y egoísmos políticos atentaron contra este proyecto por creer que la autonomía financiera de Fundateatros podía significar su independencia ante las instituciones gubernamentales que la habían creado. Peor, cuando en 1981 se publicó el libro conmemorativo del centenario del teatro, se ignoró a Fundateatros. 

Necesitamos reconstruir nuestra memoria histórica para evitar que nos la sigan ocultando y deformando.

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