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Groucho o la importancia de no tomarse la vida en serio

(%=Image(2454969,»R»)%)Una de las frases de Groucho Marx que me ha permitido sobrevivir a la madurez, sin convertirme en un señor adusto y amargado, o que me permite mantenerme a flote en esas circunstancias de la vida en la que todo parece empantanarse de gravedad y cosa, es aquella que postula: “Esos son mis principios, si no le gustan, los cambiaré.” Frase que encierra en sí todo una filosofía y por cierto sin toda esa batahola retórica a la que nos tienen acostumbrado los filósofos.

No hay nada más tedioso y pesado que los dichosos principios, los cuales en infinidad de ocasiones son sólo una muletilla percudida que esgrimen muchos seres obtusos para tomarse en serio más de lo previsto e incluso los dichosos principios empujan a buena cantidad de individuos a creerse imprescindibles y como predestinados a cumplir una alta misión en la sociedad; personas que se sienten llamadas a dictar pautas éticas, a ser espejos cívicos de los demás, aunque tengan su closet privado atestados de cadáveres y desviaciones de todo tipo. Los principios vuelven a los seres inamovibles, piedras en el camino para aquellos que andan a sus aires sin otro principio que el ser felices. También suelen los principios empujar a los individuos a tomarse la vida, el arte, la cultura o la nefasta actividad política muy a pecho y con una gran dosis de pompa agrisada y circunspecta. He creído siempre que cuando alguien se cree jefe, presidente, mayordomo, portero, banquero o lo que sea la vida deja pierde su fluidez maravillosa. Cuando uno se toma todo esponjosamente puede amargarse y amargarle la existencia a los demás, puede convertir un infierno cotidiano todos los días del calendario. Que a uno lo tachen, a la larga, de inmaduro, irresponsable, trotabares es menos enfático que a uno lo etiqueten de carraca, plomo o cualquier otra chapa almidonada propia de manual de buenas maneras.

En el famoso mayo francés se popularizó una pintada callejera: “Soy marxista, de la tendencia Groucho”. Sin duda que fue escrita para indignar a esos marxistas ortodoxos de cafetín y manual decrépitos e insoportables, que decididos a tomar el cielo por asalto justificaban a Stalin y compañía. La política es el terreno propicio para que se den los intolerantes de todo pelaje, de tipejos que no sólo se toman en serio eso del hombre nuevo y la revolución, sino que son capaces de reventar la cabeza de quienes los contradigan.

Groucho Marx y su palabrería desbocada/descocada es el mejor antídoto para nunca tener que pasar por ese trance peripatético de tomarse en serio, para no tener que ir por la vida como un mandamás engreído y petulante exhibiendo en el pecho las medallas por los servicios prestados.

Al parecer es bueno perder todo, pero jamás el humor. Salir de los intríngulis más dolorosos con una sonrisa dibujada en la cara no darle el gusto a los intolerantes que se piensan mejores porque son esclavos de una causa. Groucho puede salvarnos de toda esa caterva de salvadores de la patria, de esa gallofa de profetas que anuncian un mundo mejor por venir y por ese motivo no hacen nada para mejorar el mundo en el cual viven en la actualidad.

Groucho no era simplemente un gran cómico del cine, sino que un hombre divertido en su vida ordinaria. Cuando se armaba el barullo entre bandos, Groucho salta y rispota por encima de la algarabía general: “Sea lo que sea estoy en contra”. En una oportunidad la Asociación de Amigos de la Cinemateca Francesa le obsequió una placa: “A Groucho Marx, cuya comicidad no envejece; caballero y hombre cabal; maestro del sinsentido, de la perogrullada, de la verdad divertida, de la reductio ad absurdum,…” Complacido escribió una misiva a S. M Estridge, presidente de la asociación: “Estimado S. M.: Ha sido para mí un gran honor recibir la placa; la llevaré eternamente en la espalda. Groucho”.

Este Groucho anticonvencional es la brújula perfecta para saber a ciencia cierta a donde dirigirnos para evitar las convenciones, para encontrarle el filón gracioso a toda situación por más grave y fúnebre que se presente. Las frases de Groucho siempre pueden salvarnos de nuestro caraeculismo juicioso y formal:
• Yo nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción.

• Perdóneme si les llamo caballeros, pero es que no les conozco muy bien.

• Nunca pertenecería a un Club, que me admitiese como socio.

• Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de miseria.

• Señora, perdone que no me levante. (Epitafio en su tumba).

• Encuentro la televisión muy educativa; cuando todo el mundo se queda absorto viéndola, yo me puedo ir a otro cuarto a leer plácidamente.

• La justicia militar es a la justicia, lo que la música militar es a la música.

• Es mejor permanecer en silencio y parecer estúpido, que abrir la boca y confirmarlo.

• Me acuerdo perfectamente de la primera vez que disfrute del sexo, aún conservo el recibo.

• Una de dos, este hombre está muerto, o mi reloj se ha estropeado.

• Heredó sus mejores encantos, su padre es cirujano plástico.

• Todo el mundo debe de creer en algo, yo creo que voy a seguir bebiendo, discúlpeme.

• El matrimonio es principal causa del divorcio.

• El secreto de la vida es la honestidad y la honradez, si no entiendes esto vas por buen camino.

• Detrás de un hombre con éxito hay una gran mujer, y más allá su mujer.

• Si la gente que habla mal de mí supiese lo que pienso de ella hablaría.

De cejas pobladas, ojos saltones, anteojos, un bigote estrafalario y un enorme tabaco. Así lo inmortaliza y devuelve el cine siempre. Escribió algunos libros. No fue un mártir de nada. Su humor no se refugió en el sentimentalismo de culebrón, más bien fue un humor que colocaba todo de revés. Fue un revolucionario que jamás se entero de ello. Mejor así. Grouch enseña que sin humor todos tenemos algo de parapléjicos, somos unos discapacitados para el amor y la justicia. Sin humor vamos por la vida empañando de amargura los cristales de la belleza de este mundo.

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