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Guardias Rojos arrepentidos empiezan a desenterrar la Revolución Cultural

EFE.- Autores de ejecuciones de intelectuales, vejaciones callejeras a «contrarrevolucionarios» y otros actos que sumieron al país en diez años de anarquía (1966-76), los entonces jóvenes Guardias Rojos, hoy ancianos, empiezan a protagonizar actos públicos de contrición que rescatan poco a poco un periodo que China intentó acallar.

El más reciente de estos actos ha sido muy sonado porque su protagonista, Song Binbin, fue un icono de aquel periodo, ya que participó en el que para los historiadores fue el primero de los muchos asesinatos a profesores que se produjeron y, pocos días después, protagonizó con Mao el inicio oficial de la revolución.

El 5 de agosto de 1966, Bian Zhongyun, profesor de la Escuela Femenina Secundaria adscrita a la Universidad Pedagógica de Pekín, fue apaleado hasta la muerte por sus alumnas, después de que Song y otras compañeras publicaran un dazibao (cartel) en el que le denostaban por burgués.

Song, entonces con 17 años y ahora con 64, acudió el pasado 12 de enero al mismo campus donde se produjo aquel asesinato, y públicamente, junto a otras excompañeras de clase, pidió perdón por aquel acto.

«No pude proteger a los líderes de la escuela y eso me ha causado dolor y arrepentimiento toda la vida», confesó entre lágrimas.

«Espero que todos los que cometieron errores en la Revolución Cultural, que causaron daño a sus profesores o sus compañeros, se enfrenten a sí mismos, pidan perdón y logren la reconciliación», añadió Song, cuyo testimonio también impresionó porque proviene de una de las familias más prominentes del régimen.

Ella es hija de Song Renqiong, uno de los apodados «ocho inmortales» que dominaron la política china durante los años 1980, un grupo en el que también estaba Deng Xiaoping.

Hace casi medio siglo, la acción de Song y sus compañeras no sólo no fue castigada, como pasó con prácticamente todos los crímenes políticos de la época, sino que ella se convertió en heroína del momento cuando, apenas 13 días después, fue invitada a posar junto a Mao Zedong.

En una famosa foto de la época, Song sonreía mientras colocaba un brazalete al Gran Timonel en lo alto de la puerta de Tiananmen, mientras millones de jóvenes Guardias Rojos llegados de todo el país les aplaudían concentrados en la plaza del mismo nombre.

Aquella masiva reunión del 18 de agosto marcó para muchos el inicio de la Revolución Cultural, concebida por Mao para eliminar a sus rivales en el régimen, tras las críticas que había recibido por sus desastrosas políticas en el Gran Salto Adelante (1958-61).

En octubre del pasado año, Chen Xiaolu, otro antiguo Guardia Rojo, visitó junto a antiguos compañeros de armas otra escuela secundaria para pedir perdón por sus crímenes.

Chen, de 67 años, también es hijo de un histórico símbolo del comunismo, el general Chen Yi, héroe de las guerras contra Japón y el Kuomintang que fue además ministro de Asuntos Exteriores entre 1958 y 1972.

También hubo en 2013 varios casos de peticiones públicas de perdón a través de anuncios y artículos en periódicos.

Para los observadores, estos arrepentimientos públicos llegan en un momento en el que los protagonistas de crímenes que nunca fueron castigados, al llegar a la vejez, empiezan a sentir remordimiento.

«Se están haciendo mayores, y es hora de confesar y arrepentirse», resume Zhang Ming, profesor de la Universidad Popular de Pekín y habitual comentarista político en los medios chinos.

No todos están contentos con la tendencia, y para fervientes maoístas como el analista Sima Nan son una estrategia de ciertos sectores del régimen para ensuciar la memoria de Mao, su fundador.

«Hay fuerzas interesadas en usar la segunda generación de las familias revolucionarias para cambiar la opinión que existe en torno a la Revolución Cultural», aseguraba hoy al diario «Global Times».

Tras la muerte de Mao, el régimen concluyó que la gran responsabilidad de la Revolución Cultural era de la apodada Banda de los Cuatro, líderes próximos al Gran Timonel, entre ellos su viuda, Jiang Qing.

Esos cuatro líderes fueron juzgados y condenados en 1980 por diez tumultuosos años en los que, según algunos historiadores, murieron violentamente entre 2 y 3 millones de personas, pero tras aquella sentencia se decidió pasar página, al menos hasta que ahora, sus propios artífices, empiezan a recordar.

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