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Gulascopio:Apicio vuela en Iberia

Los críticos gastronómicos le dedican poco espacio a las comidas que sirven en los aviones. Por primera vez vamos a incursionar en ese campo, fundamentalmente debido a la indignación que nos produjo la comida que sirven en la clase “Business Plus” de Iberia. No hablamos de la clase turista porque Iberia, como en todas las líneas aéreas del mundo, parece que convocaran un concurso para lograr la peor comida. El precio de un boleto de Caracas a Madrid en clase turista no permite esperar mayor cosa. Otra expectativa suscitan los fogones de Business Plus, que en ese vuelo, Caracas/Madrid hace las veces de Primera Clase y cuesta un ojo de la cara. La atención del personal de cabina, así como las estupendas butacas que llegan a transformarse en cama, unidos al menú, muy bien presentado y acompañado por una atractiva oferta de vinos, crearon una muy favorable expectativa. La noticia de que varios cocineros estrellados de España asesoraban la cocina, incrementó nuestras esperanzas. Los vinos y licores resultaron buenos. No así la comida.

En el vuelo de ida, optamos por un filete de res. Previamente preguntamos a la azafata por el punto de cocción de la carne explicando que la queríamos roja aunque entendíamos que en un avión, no era fácil. La gentil dama nos aseguró que no había problema y que transmitiría nuestra petición.

El primer plato no era ni bueno ni malo. Al llegar la carne hipercocida fue grande la decepción. De nada sirvió el reclamo a la azafata quien me aseguró que nada podían hacer porque esos platos “ya vienen cocinados”.

En el viaje de regreso abordamos el problema lleno de temores pero intentando comer bien. Como “Entrantes”, una sola opción: Plato de quesos españoles con uvas, consomé de ternera y ensalada de lechugas con hortalizas y huevo de codorniz. La ensalada pobre pero comible. El plato de quesos estaba conformado por dos minilonjas de un producto regular, acompañadas por tres uvas. Una copa de Cillar de Silos y un buen pan con aceite de oliva extraorgánico, ayudaron a pasar a los platos principales.

El menú permitía escoger entre “carrillera de ternera en su jugo con cebollitas, ñoquis y setas”, “dorada con hinojo braseado y vinagreta de tomate” o “fusilli con salteado de setas y jamón ibérico, espárragos verdes y jugo de carne”.

Optamos por los fusilli y grande fue la catástrofe. Podrá decírseme que escoger pasta en un avión español fue un error. Pero habíamos comido en Madrid tan deliciosas setas y tan divinos espárragos, que obviamos ese detalle. La presencia del jamón ibérico fue igualmente tentadora, así como el jugo de carne. Las setas no sabían a nada, los espárragos esmirreados y duros, la pasta absolutamente sobrecocida, el jugo de carne, imperceptible y logramos descubrir un hilo, leáse bien “un” hilo de jamón ibérico. Pudimos probar la carrillera de ternera que no podía ser más insípida.

Para los postres ofrecían “fresas con nata de Paco Torreblanca” y nos arreglaron con una tinita de helado de macadamia.

Ese fue el almuerzo que, según el hermoso díptico con encarte bilingüe, era producto de un trabajo entusiasta “para elaborar unos platos que recojan la esencia de la cocina mediterránea, conservando el sabor de lo nuestro, al más puro estilo español”.

No falta quien diga que no se puede comer bien en un avión. Eso no es cierto, otras líneas aéreas ofrecen una cocina cuando menos aceptable. La misma Iberia contó con la asesoría de Sergi Arola y se comía mejor. Luego anunciaron que contratarían a Paco Roncero (La Terraza del Casino, Madrid), Ramón Freixa (Ramón Freixa Madrid), Toño Pérez (Atrio, Cáceres) y Dani García (Calima, Marbella). Los nombres de estos chefs no aparecen en el menú que se presenta a los pasajeros lo que, junto con la mediocridad de la comida, permite pensar, que no están trabajando para la línea española. Tal vez tuvimos mala suerte y nos toco el lapso que media entre la salida de Arola y la llegada de los nuevos asesores. Pero el precio del boleto no permite que la comida quede en el aire (excusadme la mala metáfora).

Lo imperdonable es que, en momentos en que la cocina española adquiere el más alto sitial, la línea bandera del Reino, nos arregle con semejante bazofia. Arzac, Berasategui, Subijana, Ruscalleda, Aduriz, Roca y el mismísimo Adriá, podrían dar algún consejo. Si los directivos de Iberia no quieren ser tan ambiciosos, los pasajeros nos podríamos conformar con un buen gazpacho, una buena tortilla, un estofado de cordero, un foie gras de Navarra, unos espárragos frescos, unos pimientos de piquillo rellenos y abundante jamón, chorizo y lomo del Señorío de Montanera o Cinco Jotas. Podríamos cerrar con un manchego de Marantona y una yemas de Santa Teresa. ¿Será mucho pedir?

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