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J. M. Coetzee: El ojo sin párpado

(%=Image(1534000,»R»)%)John Maxwell Coetzee. Nacido en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en 1940, acaba de ganar el Nobel de Literatura 2003. Por lo visto, las literaturas emergentes están pisando fuerte en los pasillos de la Academia. Qué bueno.

Dueño de una prosa apretada, limpia, intensa, Coetzee ha establecido su territorio narrativo en la interioridad del ser humano. No estoy seguro si se pueda hablar de un absoluto plano psicológico, porque la siento más bien navegante de lo mágico, lo misterioso y claro de las oscuras razones del desdoblamiento humano y su, muchas veces inexplicable, manera de decidir y proceder. Después de todo, todos somos víctimas de la noche. Con una línea cadenciosa, en ocasiones hermosamente áulica, nos entrega personajes complejos en su sencillez, en su forma de aprehender un mundo del que no tenían mayor referente, en la simple manera de estar allí, donde el destino los puso. En Esperando a los bárbaros (1980), por ejemplo, eterniza la espera humana más allá de Godot, donde se vive la espera, porque acá lo que se espera es el peligro, peligro que es muerte, muerte que está bien que llegue, pero, ¿cuándo? Nadie sabe, pero igual significa aniquilación. Un magistrado sin esperanza espera ser salvado, reconocido, por unas cuantas líneas en el periódico oficial. Después se salvará a sí mismo dando cabida al amor. Descubriéndolo donde menos lo esperaba.

Conocí a Coetzee en el 98, Federico Campbell me invitó a comer con él. Al final poco pudimos conversar. Una escritora mexicana famosa por sus piernas lo acaparó y a la buena palabra pocos entendedores.

Es un escritor clásico. Serio. Elegante. Viste de negro. Hablamos un poco de Nelson Mandela y de los sobrenombres en África. Le dije que Svetan Todorov afirmaba que eran un género literario. Le brillaron los ojos, su cara afilada se relajó, desde luego que ha hecho trabajo de lingüista, de crítico y articulista. La de la minifalda guardó un silencio forzoso. Lo corroboró. Nos confió que había algunos extraordinarios como: el hombre que corrió una semana sin comer, el que mata los tigres de noche y otros que contienen similar carga metafórica. Nos explicó la forma primigenia en que muchos sudafricanos ven los fenómenos naturales sin alarmarse. Si ven venir una víbora no se mueven porque ella responderá de inmediato al movimiento. Conocen las costumbres de los animales y saben que no cambian en siglos. Hablaba emocionado. Después de pocos minutos hizo una pausa en que la conversación cayó de nuevo en una sola voz. La comida era rica, sin embargo, Federico y yo nos fuimos a ver a un comerciante en granos que estaba reconstruyendo La Merced.

Coetzee ha escrito una obra neutral en cuestiones políticas. Sin embargo, las obras de que se dice eso luego resultan la más filudas. Después de leer algunas de sus novelas es inevitable pensar en África, en las guerras, en la forma tan miserable en que la mayoría de sus habitantes lleva su vida. Hambre y sida amenazan acabar con ellos. Coetzee, educado en Estados Unidos, posee la visión, no del trasterrado, todo ese asunto del outsider no me convence, sino la del ojo sin párpado que observa el difícil devenir del pueblo que lo vio nacer. Tal vez digan que es neutral porque su postura no se circunscribe estrictamente al ámbito africano, sino que trasciende el contexto físico para ocuparse del contexto humano, visión importante en estos tiempos en que el colonialismo no es de tierras sino de mentalidades, y más cuando los habitantes del tercer mundo tendemos a convertirnos en remakes de los que viven en el primero casi sin darnos cuenta. Donde las guerras parecen no tener ni siquiera los justificantes tradicionales. Tal es su postura en Vida y tiempo de Michael K, cuyo personaje principal, después de una posición confusa se niega a ir a la guerra.

Eso sí, la obra de Coetzee es una obra templada, digamos que no estimula pasiones ni establece lineamientos de ningún tipo. Tiene una existencia en sí misma. Los adhesiones que incita siempre serán leves, producto de una reflexión equidistante. No obstante el lector es otro mundo. Sobre todo el lector entrenado que lee lo que quiere porque posee un repertorio para encontrar, que no teme interpretar las entrelíneas y los simbolismos más exclusivos. A ese lector le llegó el tiempo de la alegría. Ahora conseguirá los libros de John Maxwell Coetzee en todas partes.

Una vez más, el premio se prestigia distinguiendo a un escritor de primer orden.

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ELMER MENDOZA ha publicado libros de cuentos: Trancapalanca, Cuentos para militantes conversos, El amor es un perro sin dueño; y las novelas Un asesino solitario y El amante de Janis Joplin en Tusquets editores. Maestro universitario y creador de un novedoso curso de formación de escritores.

Fuente: Librusa

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