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La Salsa Condimento para los Oídos

(%=Image(4330688,»L»)%) Juré, en vano, que no escucharía jamás lo que se ha dado en llamar música tropical. Nunca digas nunca, me vine a acordar después. Además, con cierta alevosía me fue ganando ese género que transmina por nuestros países y que peleándose certificados de origen nos llega desde el caribe, baja por la culebra centroamericana, monta los andes, envolviéndose en Colombia y Venezuela, se empantana en Brasíl y se remata en algún rincón entre Perú y Ecuador. El vigor de esa música es una de las constantes; el ingenio de sus letras, otra. Es cierto, a veces cansa lo machacón de una melodía que se repite sin cesar hasta durante quince minutos. Pero la mayoría de las veces estamos frente a un prodigio de la naturaleza latinoamericana, donde los ecos de la madre África llegan intactos para confundirse con la creatividad y el talento de gente de la talla de Tom Jobim y Joao Gilberto, en las tierras bajas de la selva amazónica; con Bola de Nieve en el país del gran Nicolás Guillen (toda música negra su poesía); con Rubén Blades, en el canal interoceánico; con Willie Colon y Daniel Santos en Puerto Rico y más recientemente, con Juan Luis Guerra, en la antigua isla de la Española. Claro que me dejo en el tintero a los “Niches” colombianos, a Oscar de León en Venezuela y a muchos miembros más de esa familia emparentada por una pasión musical sin freno.

Muy cerca de Santiago de Cali (fundada en el Valle del Cauca colombiano en 1536), donde una canción dice que sus mujeres “son como las flores” y no miente, hay un reducto de bella negritud que se llama “Juanchito”. Me costó mucho trabajo convencer a nuestro cónsul honorario para que me llevara a ese templo de la “salsa”. Aducía nuestro representante que subsistían peligros, los mismos que ya corremos en cualquier ciudad de nuestro continente. Vencidas las resistencias, llegamos a la hora en que todo comienza allí, a la medianoche. Otra canción caleña habla de “Pa llá del puente” como de tierras inhóspitas y nosotros ya lo habíamos cruzado. Por esos días corría la voz de que el propio diablo se había presentado en uno de los bailaderos públicos, con todo y su rastro de aromas compuestos de azufre. “Juanchito” entonces gozaba de una sola calle sin pavimentar, que asomaba a las aguas del río Cali. El sitio fiestero lo constituían enormes pabellones de madera y techo de lámina, a los que se accedía por pequeñas puertas. Abrí una. Me llevé una de las más intensas emociones estéticas. Más de cien parejas bailaban sincopadamente, en un orden perfecto. La mayoría eran mujeres y hombres mulatos de todas las edades. Damas y caballeros danzaban vestidos con la elegancia discreta de los recursos escasos. Las melodías se ejecutaban en vivo y eran dignas de cualquier escenario de capital cosmopolita. Allí se iba a escuchar música energética y las parejas se dejaban contagiar por ritmos intensos, que desarrollaban en una suerte de perfección coreográfica. La noche fue perfecta. Yo, que no se dar un paso de baile y eso desde chiquito, me mantuve sumido en un paroxismo ajeno, ayudado por el maravilloso aguardiente de una de las regiones más fértiles del mundo. La enorme franja geográfica del Valle del Cauca goza de uno de los climas más extraordinarios del planeta y toda planta crece allí de manera superlativa. Entre tantas benditas humedades se desarrolla altísimo un frondoso bambú que se denomina “Guadua”. Con esas varas tan resistentes y maleables se construyen las estructuras de las casas de la región. Ese producto agrícola sembrado en 51,000 hectáreas ha sobrepasado la economía de subsistencia para convertirse en un elemento fundamental en las edificaciones de la gente rica.

Recuerdo que también me deslumbraron los “bosques asiáticos” de guadua, durante la primera vez que viajé a la región, porque lo hice en un helicóptero artillado. Había sido invitado por el ministro del interior de la época (1990) a presenciar la entrega simbólica de las armas del M-19, el movimiento guerrillero del “comandante papucho”, como se le llamaba de manera frívola a Carlos Pizarro, un líder por el que suspiraban muchas jóvenes, progresistas o no. Pizarro terminaría asesinado poco tiempo después, en manos de un sicario que le disparó durante un viaje de un avión comercial en pleno vuelo. Su movimiento insurgente había nacido en medio de un acto simbólico. En enero de 1974 sustrajeron la espada del “Libertador” de la Quinta de Bolívar en Bogotá, pretendiendo reivindicar las palabras que Simón Bolívar pronunciara en su discurso del 2 de enero de 1814: « No envainaré la espada mientras la libertad de mi patria no esté completamente asegurada». Para los registros correspondientes, hay que precisar que dicho objeto, de tanto peso histórico, ya se encuentra a bien recaudo en un cofre del museo del oro en Bogotá.

Vuelvo a los temas musicales que nos ocupan y que derivaron en el paréntesis anterior merced a la intensidad humana, de vegetación y de talentos notorios de esa región maravillosa de Colombia, donde Álvaro Mutis sitúa algunas de sus más bellas historias y Jorge Isaacs, su “María”. Me contaron que durante una de las giras siempre exitosas de don Pedro Vargas, su hotel se había quedado sin agua y faltaba poco para la función del gran tenor romántico de México. Don Pedro cogió su toalla y se sumergió en la frescura del río Calí, para sorpresa general y consolidación de una leyenda de un hombre que conquistó tantos afectos para nuestro país con su enorme talento y su bonhomia.

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