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Notas sobre BORRADOR

Roco (Milton Quero Arévalo) se obsesiona en filmar «la película de su vida», «la gran película»; para ello se empeña en buscar, afanosa y agónicamente, a sus antiguos amigos y camaradas de travesuras y trapisondas juveniles: un profesor universitario corroído por la lujuriosa libidinosidad que le despiertan las lindas carajitas que tiene como alumnas en una Escuela de Arte cualquiera, un desajustado aspirante a budista zen que decide «aislarse» en algún recodo de la Península de la Guajira con el falso pretexto de «encontrar la luz del Tao» o el Bodidarma, cuando en realidad esa tracalera actitud seudobudista no más que una coartada para encubir sus ilícitas actividades de narcotraficante; Ignacio (Cacho) se desliza por los peligrosamente mortales abismos del alcohol tocando fondo de «esa normal» forma de vida que se ha instituido en nuestro país; los transhumantes, los sin hogar, los clochard sin patria ni cielo ni infierno que duermen donde los agarra la noche; un viejo argentino afectado por una incurable dolencia cardíaca que no le borra su grácil irreverencia transgresora es, en esta película de Jacobo Penzo, la típica personificación de la casi desaparecidad figura del cineasta iconoclasta que hoy, en tiempos de revolución, brilla por su ausencia: la paradoja es obvia: lo que promete al comienzo de la cinta ser una interesante herejía fílmica, poco a poco se va disolviendo en una lenta legitimación de lo existente. La película intenta insinuar una cierta vocación inicial de ruptura de los códigos cinematográficos tradicionales, pero se queda lamentablemente a medio camino y la intención inicial queda disuelta, así como en una atmósfera de suspenso sin que pase nada después a lo largo de la cinta. No obstante, no todo es intento fallido en «BORRADOR»; el hilo narrativo del discurso fílmico exhibe unos inigualables planos visuales donde cohabitan diversos tiempos vitales de la memoria ficcional y ello debe ser aplaudido por el observador. El drama que recorre esta cinta de producción nacional no está muy distante de retratar la esencia de una identidad cultural que no termina de dibujarse plenamente ni de asumirse con todas sus virtudes y taras morales: tal el sedimento ético-cultural de la amistad entre unos habitantes de una nación llamada Venezuela. Hay escenas en esta película muy dignas de recordar: particularmente me enternecen las imágenes que aluden a esas “otras iglesias” donde se reúnen poetas, bebedores de toda laya y prostitutas a escanciar innumerables frascos de alcohol hasta perder la conciencia o hasta degradarse sin más límites que los que impone la delirante lógica del burdel y la poética de la ebriedad.

Es singularmente perturbadora la escena que, en magistral travelling, resume el “modus vivendi” de los zamuros de la noche caraqueña o marabina “hermanados” por la tragedia de ser tan sólo unas piltrafas ambulantes narcotizadas por la estulticia y la desesperanza: el fracaso existencial es la cifra que signa esas vidas decapitadas que nos obsequia Jacobo Penzo en su más reciente película.

(%=Link(«http://analitica.com/va/arte/dossier/6169171.asp»,»BORRADOR la nueva película de Jacobo Penzo»)%)

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