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Selfies, los cimientos de la sociedad del “yo”

Seamos francos: vivimos en una sociedad en la que un compartir entre amigos pierde su sentido si no se sube a las redes; una sociedad en la que se publican miles de autorretratos que tienen pensamientos “profundos” de leyenda; una sociedad en la que una cámara frontal y un monopod son algo así como “la combinación perfecta”; en definitiva, vivimos en la sociedad del “yo” –véanme a mí, contemple mi mundo–, la cual tiene entre sus cimientos a los apreciados selfies.

Ojo, y no se trata de criticar. Quien escribe este texto también se ha tomado su buena cantidad de autofotos y solo ha subido las mejores a las redes. Digamos que todos tenemos nuestra dosis necesaria de narcisismo, la cual nos permite funcionar con normalidad en esta generación. Sin embargo, es tiempo de reflexionar en el nivel de importancia que le damos a una autofoto y hasta dónde somos capaces de llegar por alimentar nuestro ego.

El 21 de junio se celebró el Día Internacional del Selfie, un momento idóneo para celebrar a ese amigo que ha ayudado a promover el “yoísmo”, o como diría la revista colombiana 070, la “coolture”: “Parecer inteligente es tener estilo y ser hipster es una actitud crítica contra el consumo, que se expresa consumiendo (…) Hoy el yo ya no se divierte, sino que se hace selfies que aparenten diversión”.

Es tan grande el valor que los selfies han cobrado en esta sociedad, específicamente en los millennials (aquellos que nacieron entre los ochenta y finales de los noventa), que se estima que en los 27.375 días que vive una persona promedio, un miembro de esta generación se habrá tomado 25.700 autorretratos. Esto, prácticamente, equivaldría a un selfie diario. Así lo hizo saber un estudio realizado por Luster Premium White.

Según destaca la investigación, las personas dedican 54 horas al año en tomarse estos autorretratos digitales. Eso explica por qué diariamente se publican 1.000 selfies en Instagram cada diez segundos y que el 74% de las imágenes compartidas en Snapchat son, precisamente, autofotos.

Tal parece que son muchos los que sienten al selfie como su razón de existir. Lo triste es que se han presentado ocasiones en las que esa obsesión ha llevado a algunos a cruzar el umbral de la muerte. Solamente en 2015 fallecieron más personas intentando realizar un selfie que por ataques de tiburones.

El año pasado, la web de periodismo de datos Priceonomics cifró el número de decesos relacionados con los selfies desde 2014 en 49. De este número, la media de edad es 21 años y, aunque parezca paradójico, la mayoría de las víctimas (75%) son hombres, a pesar de que encuestadoras como Selfimetric aseguran que las mujeres se hacen muchas más autofotos que los hombres.

La razón es que, aunque la mayoría de los autorretratos femeninos resaltan aspectos como la belleza, los que se toman los hombres suelen estar relacionados con la valentía y el coraje. Es decir, son selfies más enfocados en escalar rascacielos o coronar más montañas. Tienen que ver más con la muerte.

La vanidad del siglo XXI está llevando a muchos a cometer errores por amor a un selfie. Pero todo se puede hacer con prudencia. No se trata de irse al extremo de olvidar por completo lo que es un selfie porque es un “terrible asesino”. No. Es más bien estar conscientes de que una autofoto no lo es todo, y que más allá del “yo”, mejor sería el “nosotros”.

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