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Thomas Mann

(%=Image(1039792,»L»)%) Cuando tenía quince años, y a pesar de que varias personas me advirtieron que “La montaña mágica” de Thomas Mann era de muy difícil lectura, decidí entrar de lleno en sus páginas, y lo logré con sorprendente facilidad. Me sentí encantado con los personajes, el ambiente, los diálogos, las discusiones filosóficas y, allá como un telón de fondo que se acerca y se aleja, la Guerra Europea. Muchos años después, en agosto de 1967, cuando por una auténtica gripe viral el médico me ordenó quince días de reposo, justo cuando acababa de llegar a Buenos Aires Frank Iturbe, que podía hacerse cargo del Consulado de Venezuela durante mi ausencia, aproveché para hacer una segunda lectura que me gustó aún más que la primera. Y la leí por tercera vez en Beijing, en China, en el invierno de 1991, para llenar las larguísimas noches en una ciudad en la que no podía leer televisión ni ir al cine o al teatro ni hacer otra cosa de noche que leer o dormir. La trama de la novela es sencilla: narra la visita de Hans Castorp a su primo, recluido en un sanatorio antituberculoso en las montañas suizas, que debía ser de tres semanas pero se convirtió casi en una vida, pues Castorp, a causa de unas fiebres, termina internado. Y allí emprende magníficas discusiones en las que trata temas como la política de su tiempo, la medicina, el pensamiento, etcétera. Hacia el final se queda solo porque el primo, a pesar de su enfermedad, decide abandonar el lugar para incorporarse a la Gran Guerra, en donde seguramente, o por una bala o por la acción de los bacilos de Koch, encontrará la muerte. En realidad se trata de un inmenso paseo por la civilización europea de su tiempo, realizado con la auténtica maestría de uno de los más grandes novelistas de la historia. Otras de sus obras, como “Los Buddenbrook”, “Muerte en Venecia” y “Doctor Faustus”, las leí en distintos sitios. En 1968, en el otoño, fui especialmente a conocer Lübeck, la pequeña y bellísima ciudad en donde nació Mann en junio de 1875, y me encontré con la sorpresa de que nadie sabía nada sobre el gran novelista. Descubrí la auténtica casa de los Buddenbrook, que era la sede de un banco y sobre la puerta principal tenía una gran placa en donde se decía que era una casa del renacimiento y que allí vivieron a lo largo de muchos años varias familias, entre las que citaban a los Buddenbrook y muy de paso a los Mann. Siete años después, también en otoño, vi que habían puesto una placa especial en la misma casa en homenaje a Mann, y que frente a donde estuvo su casa natal (destruida por los bombardeos americanos) también había un monumento de mármol indicando que allí había nacido el escritor. Eso fue por su centenario, y muy afortunado. Mann, que pertenecía a una familia importante, se fue de Lübeck todavía niño, a München en donde estudió historia, economía, historia del arte y literatura. Muy joven publicó varios trabajos en “Simplissimus”. Su primera novela fue “Los Buddenbrook”, que trata sobre la decadencia de la familia burguesa en cuya casa vivió parte de su infancia. Luego vendrían “Tristán”, “Muerte en Venecia”. Durante la Primera Guerra Mundial, inicialmente defendió las ideas de los nacionalistas, pero pronto se hizo ferviente defensor de la democracia, por lo que escribió y publicó “La montaña mágica”. En 1933, a raíz de la llegada de los nazis al poder, se exiló en Suiza, hasta 1938, cuando se trasladó a los Estados Unidos, en donde vivió hasta su muerte, que fue en agosto de 1955, justo en los días en los que yo leía su obra monumental por vez primera. Su “Doctor Faustus”, que trata de un músico que le vende su alma al diablo, explica los porqués de que Alemania cayera en manos de los bárbaros nazis. En 1929 recibió el Premio Nobél de Literatura.

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