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Variaciones sobre el tema de los libros

(%=Image(9456791,»L»)%)Hay una creencia estúpida la cual tiene como verdad que eso de leer en cantidad trastorna los sentidos. Miguel de Cervantes se valió de ella para motorizar su novela y hacer creíble su personaje. Alonso Quijano, un cincuentón, quien luego de leer muchas novelas de caballerías pierde el equilibrio mental y se asume caballero, imitando a los héroes de sus lecturas. Armado caballero sale a los caminos a vivir (y hacernos vivir) su anhelo, su pasión por darle un sentido de aventura a su vida agrisada por los años. Como es lógico su decisión le acarrea muchos reveses. Su peripecia, nada convencional, le insufla nuevo ímpetu, le revitaliza. Su parodia nos alcanza porque representa ese mundo perdido de lo amable, del sueño adquiriendo la carne trascendente de la realidad. Para mi uno de los pasajes más doloroso es ese en el que el barbero y el cura arrojan al fuego los libros de Don Quijote, como una medida de profilaxis.

Sin embargo leer libros conforma no es un encuentro con la locura, sino con la imaginación. Borges escribió: «De todos los instrumentos creados por el hombre el más asombroso es, sin duda, el libro que no es más que una extensión de la memoria y de la imaginación». El poeta André Breton sentenció: «Lo que más me gusta de ti imaginación es que nunca perdonas». La imaginación es una especie de desorden espiritual que permite a los individuos sentirse vitales, iconoclastas, a contracorriente, carentes de humildad para con los sueños y sus excesos, obligándolos, por supuesto, a reinventar el mundo desde la palabra que se escribe o que se lee. Quizá por ese motivo la lectura sin medida se asocia a una particular locura que permite al hombre salir de ese túnel que no es otro que el tedio de vivir.

Quienes se aproximan a los libros tratando de hacerse de una cultura, o procurando educarse, pierden, sin querer ser sarcástico, su tiempo. O en todo caso sólo lograran hacerse, con eso que llamó Monterroso, una cultura lacustre, es decir una cultura llena de lagunas. En mi caso particular los libros de aventuras, poéticos y románticos que leí, con voraz desorden en mi adolescencia, más que educarme (o culturizarme) matizaron las asperezas de mi hiperquinético espíritu. Como se comprenderá este beneficio en mi caso resulta bastante subjetivo y borroso. Lo que puede quedar claro es que leer buena literatura es una actividad no utilitaria y que requiere de tiempo. Para nuestra sociedad el tiempo lo es todo y la rutina diaria de producir nos subyuga con imágenes y un montón de recreaciones antiintelectuales que a la postre se vuelven rutina, pero la lectura puede rescatarnos de lo rutinario, de la opinión ágrafa que se conforma con lo que ve; nos salva de ese mundo resuelto en imágenes.

José Antonio Marina ha escrito: “La imagen se vive cálidamente pero sólo se comprende leyéndola mediante la palabra. La palabra “inteligir” procede de “intus legere”, leer dentro de las cosas. Tengo frente a mí una fotografía que ganó el premio Pulitzer. En diagonal se ve una columna de tanques, y delante del primero de ellos la figura de un hombre con una bolsa de la compra en la mano. La imagen es bella y muda. Sólo gracias al pie de foto sabemos que representa un acto de heroísmo. Cuando los tanques se dirigían a aplastar las protestas de la plaza de Tianamen, en China, un desconocido peatón se colocó delante de ellos, para intentar detener su marcha, sin saber si lo conseguiría o si sería arrollado.” Leer/escribir comporta un actividad del intelecto imprescindible para salirnos del recuadro, para expresar y entender que sucede a nuestro alrededor. Al leer las grandes obras de la literatura cruzamos, sin saber, los espejos de la imaginería literaria adentrándonos así en nuestra esencia humana donde, de seguro, ondea nuestra alma, y a la que es menester darle un uso más ético que religioso.

Ray Bradbury en su novela futurista «Farenheit 451» describe una sociedad donde los libros están proscritos. Los encargados de quemarlos, ironía aparte, son los bomberos. Los hombres y mujeres de esta sociedad son como autómatas. Viven como en la superficie de las cosas, son seres planos y su única distracción es la TV. El temor a los libros se ha registrado en tiempos pretéritos. En el «Orlando Furioso», el grandilocuente poema de Ariosto, el libro adquiere vicisitudes de arma terrible. Algunos libros como el Corán o la Biblia constituyen pilares fundamentales de lo religioso. Otros por su parte se vuelven manuales de política como «El capital» de Carlos Marx. Los hay también que marcan pautas intelectuales de un determinado periodo histórico como la Enciclopedia, empresa intelectual comandada por Denis Diderot. El Quijote desnuda la condición humana y se convierte en un paradigma de la grandeza y minusvalía del hombre que confía en sus sueños y en su imaginación. Algo mágico encierran los libros y su sola lectura es un exorcismo, un milagro.

Somos criaturas forjados en el metal maleable de las palabras. Necesitamos hablar, comunicarnos., escribirnos. Nuestro habitad, como lo acota Marina, es esencialmente lingüístico. En tal sentido es imprescindible revitalizar el lenguaje, magializarlo sin límites. Simplificarlo, destrozarlo, mutilarlo va en detrimento de nuestra esencia. George Steiner aduce que el raquitismo del lenguaje ha condenado a la mediocridad a buena parte de la literatura moderna. La tarea del escritor, en tales circunstancias, no es vana. Para el escritor el silencio no es una opción. Steiner escribe: “El santo, el iniciado, no sólo se aleja de las tentaciones de la acción mundana; se aleja también del habla. Su retiro a la cueva de la montaña o la celda monástica es el ademán externo del silencio”. Leemos para acercarnos al poder lúdico de las palabras, queremos acercarnos a todas las tentaciones, a ese ruidoso florecimiento de la metáfora.

De muchas maneras se ha anunciado el fin del libro. Por supuesto que en esta transición de cambios teleinformáticos el libro sufrirá mutaciones drásticas, pero no desaparecerá. La lectura tampoco ya que leer es un hábito distinto a mirar y escuchar. Leer es la posibilidad de acceder a la aventura y como se sabe la aventura se contrapone al adoctrinamiento estático. Creo que sin el ruidoso aroma de los libros vivir es sencillamente vegetar y comparto a plenitud lo escrito por George Steiner: «Un gran poema, una novela clásica nos acometen; asaltan y ocupan la fortaleza de nuestra conciencia. Ejercen un extraño, contundente señorío sobre nuestra imaginación y nuestros sueños más secretos. Los hombres que queman los libros saben lo que hacen».

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