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Y nos dejó Bergman, Maestro de Maestros

(%=Image(4564010,»L»)%) Muchos cinéfilos sintieron la semana pasada una inmensa tristeza al conocer la desaparición física del gran director sueco Ingmar Bergman, quien nos ha dejado una filmografía sustanciosa de unas 60 obras de gran calidad artística y una profundidad sin paralelo en el Séptimo Arte. Con su partida se fue el último de los grandes maestros del cine de la posguerra, ya que junto con Akira Kurosawa y Federico Fellini –desaparecidos en la pasada década- era uno de los directores más influyentes del último medio siglo, con pupilos admiradores como el danés Bille August, el mejicano Alejandro González Iñarritu y el neoyorquino Woody Allen, cuyos estilos imitaron a veces el de Bergman, lleno de rostros meditabundos y pausas significativas, con un ritmo a veces exasperante para el espectador acostumbrado al más dinámico cine comercial.

Homenajes de admiradores

Al conocerse la noticia de su muerte Allen se excedió en loas del que considera su maestro, y a quien le hizo un homenaje en su filme “Interiores”. En efecto, Allen calificó a Bergman como “el director más importante de la historia del cine”, un concepto quizás exagerado, pero que refleja la trascendencia del cineasta sueco más allá de Suecia. Por otra parte, Gilles Jacob. quien dirigió varios años el Festival de Cannes, profirió un cumplido más preciso al afirmar que Bergman demostró que “con un buen guión y con imágenes precisas, el cine podía ser tan profundo como la literatura”. En efecto, Bergman era el arquetipo del “auteur” fílmico, ya que escribía sus propios guiones y luego los dirigía meticulosamente, acompañado de un grupo de devotos técnicos y actores suecos que toleraban su “dictadura artística” con paciencia.

Su primer gran éxito internacional fue “Sonrisa de una noche de verano”(1955), iniciando una hilera de èxitos de crítica. La Academia de Hollywood pronto se dio cuenta de la calidad de sus obras y lo premió por “El manantial de la doncella”, donde impresionó por las desgarradoras escenas de la violación de la joven y la venganza del padre. Posteriormente obtuvo nominaciones por “Fresas salvajes”, “A través de un cristal oscuro”, “Gritos y Susurros” y “Cara a Cara”. Pero fue en los festivales europeos donde sus filmes eran siempre muy admirados y premiados, si bien luego resultaban mayormente piezas para ser debatidas en cineforos por intelectuales.

Una accidentada vida sentimental

Su última película, hecha para la televisión en 2003, fue “Zarabanda”, donde se dio el gusto de reunir nuevamente a dos de sus actores preferidos, Liv Ullman y Erland Josephson, en la que sería una secuela de “Escenas de un matrimonio”, y donde mostró la vida de una pareja veinte años después de la relatada en “Escenas de un matrimonio”, una versión editada de una serie televisiva. En parte las dos cintas reflejaban su propia y accidentada vida sentimental, ya que se casó cinco veces y tuvo nueve hijos, algunos ilegítimos como la hija que procreó con la misma Ullman, su compañera durante cinco años.

También muy notoria fue su relación con la famosa actriz Bibi Andersson, quien trabajó en varios de sus filmes, notablemente en “Persona” (1966), también protagonizada por Ullman, y que resultó ser un desgarrador estudio de las erráticas personalidades del ser humano. En el fondo, sus obras eran complejas y no fácilmente digeribles por el gran público. Sin embargo, cintas como “Sonata de otoño”, donde reunió a dos grandes estrellas suecas como Ingrid Bergman (sin relación con Ingmar) y Liv Ullman disfrutó de un público más amplio, al igual que “Fanny y Alexander”, gracias a la fama que le generó sus cuatro Oscares.

Un ateo famoso

A pesar de ser considerado un autor poco taquillero, Bergman tenía muchos seguidores entre los cinéfilos serios, que esperaban con impaciencia sus filmes para adentrarse en sus reflexiones sobre la vida y la muerte, y la fragilidad de las relaciones humanas. Hijo de una estricta familia luterana, su rebeldía contra la misma se evidenció claramente en los zarpazos que le da a la religión en muchas de sus obras. En el homenaje que le hizo su pupila Liv Ullman en una especie de biografía novelada, donde su maestro y amante fue interpretado por Erland Josephson. El título de la obra fue muy apropiado, “Infiel”, pues refleja sus convicciones religiosas como un notorio ateo, al afirmar que “creía más en Bach y Beethoven que en Dios”. Una vez lo diría más claramente: “Dios no sólo está muerto, sino que nunca existió, de ahí que el hombre está solo, y es mejor que se dé cuenta para que justifique su vida sin excusas”, lo que sintetizaba su propia filosofía, muy influenciada por Kierkegaard, Nietsche, Sartre y Camus.

Aunque Bergman puso a Suecia en el mapa cinematográfico, el gobierno sueco lo amenazó con la cárcel por esquivar impuestos, lo que provocó primero un colapso nervioso y luego un autoexilio en Alemania durante años, reflejo de una ingratitud incomprensible de sus paisanos. Algo que le causó un fuerte resentimiento y lo hizo recluir luego en la solitaria isla Faro, donde murió mientras dormía, quizás soñando con algún intricado guión que proyectaba llevar a la pantalla de plata que tanto prestigió. La muerte finalmente le ganó en el juego de ajedrez que representaba la vida para el cineasta, tal como lo mostró en una memorable escena de “El séptimo sello”.

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