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¡Adelante a luchar milicianos!

¡A luchar por la revolución, Venezuela en Acción Democrática debe ser Democracia en Acción! Ningún grito hoy en Venezuela puede ser más oído que este mensaje, que, en momentos de la duda razonable en el país de las revoluciones, nos obliga a remontarnos a poco tiempo después de Juan Vicente Gómez, cuando en 1941 se oyó ese grito tan esplendoroso, que hoy, 79 años después, nos obliga a sentir el equívoco de quienes creyeron que, cuando apenas cuatro años más tarde, el 18 de octubre, se puso término al gobierno de Isaías Medina Angarita y  quiso cambiarse el gobierno militarista surgido desde el inicio de la república separada de la Gran Colombia, pensamos que sin querer, pero era necesario el intento, fue llamado el grupo que jefaturaba el teniente coronel Marcos Pérez Jiménez, en quien vieron la figura civilista de entonces, pero lamentablemente se entronizó tres años más tarde para iniciar el ciclo morboso del militarismo, cuando en 1948, este militar de carrera, quien había ayudado a consolidar la apertura de la democracia, con Acción Democrática, se entronizó hasta  1958.

Vivimos la escalada militar de 1951-52, cuando los militares, fuera de sus cuarteles aupaban el proceso eleccionario del FEI y, a pesar del poder, por ser gobierno, manipulaban con los recursos del Estado los incipientes procesos eleccionarios; siempre con la mente puesta en el fraude, que al final se consumó en el ¿conteo? de los votos. No existían ni el Plan República, ni las máquinas ni las capta huellas, tampoco el “imparcial” CNE de hoy, pero eran los militares quienes manejaban “apolíticamente” el proceso. Era una República rural, mediatizada e ignorante, poco informada por la escasez y rudimentarios medios. Poco se leía la prensa controlada y censurada por el régimen. Más se leían los panfletos y pasquines. Pero, como hoy, el hambre del pueblo era mala consejera y había que apoyar al gobierno para mantener el “camburcito”, el zinc y los bloques para el rancho a fin de cambiar el de bahareque. En ese proceso resultó la trampa y Jóvito Villalba tuvo que abandonar el país para dar campo al “ganador”, el del continuismo.

Fue lamentable, pero nuestra juventud no atinaba a entender que era lo bueno. No existían los saraos ni las batallas de hoy, pero el nacionalismo militarista se cumplía con la “Semana de la Patria” y la reunión de los excedentes para el desfile militar. Era un militarismo de uniformes y desfiles, distinto al de hoy, que es la invasión de todos los espacios durante todo el tiempo, atentos a los constitucionales mal llamados servicios militar y civil para el desarrollo. Algo si hay en común, la conchupancia de empresarios, que, bajo la égida del apoyo al “proceso”, permitieron la discriminación entre tirios, y troyanos que no formaran parte o no estén de acuerdo con la “revolución”. Sin parodiar, eran y son los mismos golpistas y saboteadores enmascarados de nacionalistas y luchadores del pueblo. El pecado sigue siendo el mismo, ser adeco y antirrevolucionario.

¿Pero qué lección podemos sacar de este trance de los adecos y los revolucionarios? A la vista de hoy, tenemos que reconocer la gran equivocación con el llamado “chavismo”, que nosotros queremos denominar “ígneo y rancio militarismo equivocado”, e insistimos en que no es militar, ya que no podemos dar por pervertida una institución exageradamente vapuleada por la perfidia de líderes políticos, que creyeron que entronizando a Chávez podrían destruir la obra del que llamaron “Partido del Pueblo”, que sin ambages politiqueros, tenemos que reconocer que siempre ha resurgido como el Ave Fénix.

¡Adelante a luchar milicianos! Nuestro grato recuerdo a la boina negra de la juventud revolucionaria de esa década de los 40’.

@Enriqueprietos

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