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Algo que ha pasado inadvertido

Es muy probable, en realidad es mucho más que probable, que lo que entre nosotros ha pasado inadvertido también haya pasado, o esté pasando de ese modo, en otros países. Me refiero al cambio en el discurso político de quienes dedican su vida a esa actividad y a quienes incursionan en ella habiendo sido catapultados a la fama por alguna actuación singular, o por una vida exitosa.  Hay dos cosas que han influido en ese cambio que se refuerzan la una a la otra, sin que pueda precisar cuál de las dos precedió en el tiempo a la otra, o si más bien son una misma cosa que se manifiesta con dos formas.

Una se llama a sí misma, o es llamada, “lo políticamente correcto”; la otra es más compleja pues es el resultado de lo que “el pueblo quiere oír” obtenido, o definido a través de ese instrumento de uso indispensable en la política y en muchas otras actividades, que es, o más bien son, las encuestas de opinión.

En otros tiempos, quizá cuando era joven, el discurso político venía del líder hacia sus seguidores y era tal su contenido que los atraía y atraía a no seguidores cuando lo oían. Hoy siento que, encontrado o descubierto por una encuesta lo que el pueblo quiere oír, el discurso del líder le viene no digamos que impuesto, pero si sugerido por todo lo que nos rodea y en particular nuestras carencias, que desde luego son mayores en la escala de la población entre aquellos que menos tienen. Esto conduce, si no se toma la política como lo que es “un servicio público”, o como la definiera hace más de medio siglo Pío XII como el obrar humano más próximo a la caridad, a lo que los griegos definieron como la demagogia. Y apenas terminado de escribir este párrafo, constato que no digo nada novedoso, si recuerdo que el dramaturgo noruego (que seguramente renegaría de los noruegos dedicados a “colaborar” en la solución de la crisis política venezolana) Henrik Ibsen, nos advirtiera “que la mayoría nunca tiene la razón”.

Desde luego las encuestas son un instrumento valioso e indispensable para establecer cuáles son las necesidades más sentidas de la población de cualquier país, pero no para definir el mensaje de un líder a su pueblo; y abusando de la imposibilidad de que mis lectores me rebatan lo que digo y desde luego muy lejos de querer simplificar lo que hoy padecemos y atribuir culpas singulares a lo que fue una desviación originada en lo que señalé en el primer párrafo, voy a tomar el caso de las elecciones de 1988.

La campaña publicitaria ofreció el “regreso a la Gran Venezuela” imposible de alcanzar y desde luego más imposible aún pretender alcanzarla, porque si el objetivo era irrealizable, todo lo que se hiciera para lograrlo era esfuerzo perdido. Se pueden contar muchas otras cosas durante los cuarenta años de los gobiernos civiles, desde luego menos importantes hacia más graves con el correr de los años, o más bien digamos de período en período.

Hasta ahora no les he dicho nada que haya pasado inadvertido. He contado lo que todos los que me lean conocen. ¿Debo entonces agregar a lo ya dicho algo que se me haya quedado en el tintero sin haberme percatado, sin haberlo advertido?

Lo único que puedo decir es que la lucha por llevar a Venezuela a la recuperación de la democracia no depende únicamente de los aciertos que en su peregrinar tengan quienes lideran las actuaciones opositoras. No son los líderes de la oposición a quienes les reclamamos “el éxito”,  somos todos los que no solo adversamos el régimen, sino que estamos comprometidos hasta que la muerte que en algún momento llamará a nuestra puerta, no descansaremos hasta ver recuperada la libertad.

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