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Aristóbulo, es con Usted

Antonio José Monagas

Dar cuenta de las contradicciones que envuelve el comportamiento de un dirigente político cuya praxis de vida dista del discurso utilizado a manera de convencer incautos, es un problema que caracteriza la demagogia de la que se vale el populismo y sus secuaces para allanar los espacios políticos que su avaricia requiere. Es un tanto el arte de disimular lo que no se es. Pudiera decirse que este tipo de personajes, pertenecen al conglomerado de dirigentes a quienes la democracia ha degradado. Pues los ha transformado en vividores del pueblo. Sobre todo, cuando entienden al poder como la fuerza necesaria para conspirar contra las libertades y la justicia.

Pero si acaso ese dirigente ha sido o presume ser el educador de quien dijo José Miguel Monagas que “es un trozo del alma de un pueblo. Voz de su voz, Sentimiento de su espíritu. Expresión de la cultura. Carácter de su voluntad. Hechura de su tiempo y fragua para su tiempo”, el problema es mayúsculo. Y así puede considerarse, por cuanto un maestro implica la bondad realizada en respeto, tolerancia y amabilidad. Porque debe sentirse portavoz de un mensaje que exhorta los valores que determinan el desarrollo de la nación a la cual debe brindar sus sentimientos y aportarle lo que su intelectualidad anida.

Y el problema de ver confundido el papel de educador con el de gobernante soez, altanero y opresor, no tiene nada que ver con la ideología que comulgue el proyecto educativo que puede vivir en el pensamiento del maestro. Esto no significa que la práctica educativa deba ser neutra. Por lo contrario. Siempre ha de contener un sentido que la ubique en un cierto rango político-ideológico. Sin embargo, el problema no es ese.

Es esta condición la que exige del maestro la ética como canal conductor de lo que cabe dentro de la militancia política democrática a la cual puede entregar su vida política. Es, exactamente, lo que le imprime razón y honestidad, consciencia y dignidad, tolerancia y solidaridad, honradez y sabiduría, a la actitud educadora. Más, por cuanto es ahí donde luce la coherencia que debe darse entre el discurso y la praxis.

O como explica Paulo Freire, que “es inaceptable tener un discurso bien articulado, en que se defiende el derecho a ser diferente, y una práctica que niega ese derecho. Y a decir de muchos, especialmente en quienes descansa la responsabilidad de conducir u orientar los procesos educacionales en Venezuela, en el contexto del presente y mal llamado “socialismo del siglo XXI”, la educación venezolana tiene un compromiso con la “revolución”. Y mientras la educación se confunda con circunstancias que no tengan formal cabida en un proyecto ideológico desde el cual se hayan erigido compromisos que exalten libertades y derechos humanos, en un todo con una conciencia crítica tal como lo exige una educación asociada con el desarrollo económico y social de naciones que se precien de sus potencialidades para crecer y emerger, no se tendrá posibilidad alguna de que se establezca una relación sana entre política y educación. Tal como debe ser, desde una perspectiva ética y de moralidad.

En Venezuela, están ocurriendo cosas que dejan ver la magnitud del desbarajuste al cual están aproximándose decisiones insuficientemente elaboradas por autoridades educacionales nacionales. No hay una medida que haga ver con meridiana claridad el impase que está acentuándose entre excelencia y meritocracia con una inmediata ascensión social y promoción política sin que para ello medie una formación de mayor exigencia.

La educación se ha mermado en sus distintas manifestaciones. Especialmente, la que brindan las instituciones gubernamentales. Según las prioridades que el devenir educativo venezolano está asintiendo, se ven crasas brechas que lejos de cimentar una relación provechosa entre educación, desarrollo y planificación, lo que está observándose son decisiones que en desbandada desconocen lo que el maestro Prieto Figueroa inculcaba cuando planteó su teoría sobre la educación en América Latina.

Decía entonces que a la educación debía considerársele en función de lo que su desarrollo compromete. Por eso, afirmaba que debía comprenderse como una “función natural en proceso de vida para la coordinación y defensa de la nación que el Estado representa” Pero antes debía entenderse que ese Estado es el árbitro y defensor de las conveniencias y necesidades de la colectividad. Y enfatizaba que tales necesidades y conveniencias, son aquellas que están por encima de las conveniencias particulares de personas o grupos.

De ahí emanó lo que para la teoría educacional que concibió el Dr. Luís Beltran Prieto Figueroa, representaban los principios de la educación democrática. Una educación que descansara en valores de respeto, tolerancia, verdad, justicia y del Derecho.

Si bien esta disertación busca validar el pensamiento bastante olvidado de quienes fungieron como precursores de lo que convalida la Constitución Nacional cuando refiere “De los Derechos Culturales y Educativos” a lo largo de catorce preceptos, y que bien fueron conocidos por la plana ministerial que hoy dirige el curso de la fallida gestión gubernamental en la respectiva materia, igualmente quiere plantearse interrogantes que ponen en duda lo que señala el artículo 102 cuando deja ver que “la educación es un derecho humano (…) fundamentada en el respeto a todas las corrientes del pensamiento (…) consciente y solidaria con los procesos de transformación social consustanciados con los valores de la identidad nacional y con una visión latinoamericana  y universal”.

Por eso, este escrito tiene un propósito consignado. Pero que a su vez, tiene un destino cardinal y específico. Pero que desde acá puede adelantarse el contenido de la misiva. Así que para que se  sepa: Aristóbulo, es con Usted.

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