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Avanzar paso a paso

En Venezuela, como también en el escenario mundial, algunos defensores de la libertad muestran gran impaciencia en el sentido de querer derrotar a todos los enemigos opresores en una sola operación de corto plazo. Tal actitud es contraproducente, pues puede conducir a acciones temerarias destinadas al fracaso, y puede desprestigiar la limpia causa de la democracia.

No obstante el hecho de que el régimen chavista en su actual etapa muestra un autoritarismo sin límites, que ya no tiene nada que ver con la “democracia imperfecta” de tiempos pasados, la Unidad Democrática está resuelta a mantener su lucha dentro de parámetros constitucionales y legales, y centrar sus esfuerzos en las elecciones del 6 de diciembre, confiando en que la correlación de fuerzas y circunstancias políticas y económicas, nacionales e internacionales, forzarán al régimen a acatar los resultados comiciales y aceptar la idea de que deberá compartir un poder que ya es incapaz de ejercer solo. El sueño de una inmediata “caída” o “salida” de las autoridades chavistas nacionales no es realizable institucionalmente y no es deseable: el chavismo no merece una puerta de escape fácil a sus tremendas responsabilidades, sino debe verse obligado a compartir la dura tarea futura de deshacer sus horrendos entuertos políticos, económicos y administrativos, sin posibilidad de lavarse de culpas como lo logró el peronismo en Argentina.

En el vasto escenario de la estrategia global, igualmente se observa la preocupante tendencia de algunos conservadores o liberales militantes del bando occidental, de querer enfrentar de un solo golpe a todos los factores que los adversan dentro del mundo musulmán y el ámbito de Eurasia.

La “revolución árabe”, que se inició en diciembre de 2010, provocó en el Occidente grandes esperanzas de democratización regional efectiva, y el deseo de apoyar activamente esa corriente y llevarla al triunfo. En esas esperanzas coincidían liberales idealistas con factores de poder en busca de provecho.

Estos “cruzados” de la democratización carecían de visión histórica. No recordaban que el mundo árabe ha tenido muy poca experiencia democrática y que en su mayor parte permaneció bajo dominación patriarcal o feudal que impidió la formación de burguesías nacionales dinámicas. Sus ensayos de liberación nacional y de modernización más enérgicos y esperanzadores después de la segunda guerra mundial –en Egipto, Irak, Siria, Argelia, Túnez, Libia y Sáhara Occidental- quedaron truncos porque no lograron superar su etapa inicial de dictaduras militares nacionalistas, social-reformistas y laicas.

Sus líderes (Nasser, Kadafi, Husein, Asad y otros) sofocaron toda democracia interna y con ello decepcionaron profundamente a sus respectivos pueblos, cuyas esperanzas de redención fueron captadas entonces, parcialmente, por una fuerza aun mucho más opresora y reaccionaria: el islamismo yihadista y cruel, empeñado en restaurar el orden social de hace 1400 años.

Los “impacientes” occidentales anhelan derrotar al yihadismo del “Estado Islámico” o “Califato” en Siria y al mismo tiempo combatir también al otro “villano” del país, que es el presidente Asad (hijo), dictador pero al menos laico y modernizante. A tal efecto, han pretendido apoyar a una “tercera fuerza” que parece haber fallado. El apoyo de Rusia y de Irán a Asad les inspira recelo y rechazo. Sin embargo, ya parece que también en el Medio Oriente se impone la necesidad de adoptar una nueva política de distinción entre males “mayores” y “menores”, y de negociar incluso con adversarios ingratos para poder avanzar “paso a paso” hacia un porvenir de mayor paz, respeto y libertad.

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