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Bendiciones

El ser humano es característicamente distinto al resto de la creación debido al lenguaje. A través de la palabra somos y dejamos registro de lo que hemos sido. Por medio del lenguaje le damos forma a nuestras emociones y sentimientos. A través del lenguaje se han logrado las grandes conquistas del pensamiento y la voluntad humana. La lengua ha sido la vía y el instrumento de la comunicación que establece puentes y acuerdos; así como también ha sido el canal de sentencias que ocasionaron guerras, trayendo destrucción de toda clase. 

En la doctrina cristiana el apóstol Juan relata al principio de su evangelio la importancia de la acción de la palabra, esto es, el verbo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Si pensamos que el verbo es esa palabra que expresa la acción del sujeto en la oración, entendemos entonces que Dios es el verbo, es decir, la acción por medio de la cual las cosas han sido hechas, como lo señala el verso 3: «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». Llama poderosamente la atención que después de esta aseveración Juan expresa que Dios, el verbo, es la vida y la vida es la luz de los hombres.

Una declaración que nos lleva de la mano a la profundidad del significado del verbo, de la palabra en la conformación del lenguaje, en la cual la acción de la palabra se convierte en vida. La génesis de la vida ocurre en el silencio que reinaba en el principio, interrumpido por la Palabra de Dios, cuando Dios por medio de su verbo la crea. La vida es luz y la luz resplandece en las tinieblas: «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella». He aquí una verdad liberadora: Dios es el verbo, Dios es la palabra, por la acción del verbo las cosas son hechas. En el verbo, en la palabra está la vida, la vida es luz y esa luz resplandece en las tinieblas, porque las tinieblas no pueden dominarla.

Cuando hablamos creamos bendición para la vida que ya existe por medio del verbo de Dios. Sin embargo, el poder de la lengua no solo produce vida, con la lengua también podemos maldecir a otros, herirlos profundamente, como si la lengua fuera la ametralladora más potente. Como dice el Proverbio 18:21. “En la lengua hay poder de vida y muerte; quienes la aman comerán de su fruto”. Por esa razón, creo que siempre me han impresionado la diversidad de salutaciones que podemos encontrar en diferentes idiomas, porque las palabras de salutación abren puertas al corazón, a la amistad, a la armonía y la paz.

Cuentan las Sagradas Escrituras, en las diferentes narraciones de los evangelistas,  que Jesús saludaba con esta frase: “La paz sea contigo” (con vosotros, con ustedes). Frase que fue repetida una y otra vez por el Maestro. Relata el apóstol Juan, el discípulo amado, que después de la muerte de Jesús, cuando resucitado se apareció  en diferentes escenarios a sus discípulos; estaban ellos reunidos en secreto, debido al miedo que tenían por la persecución de los judíos. Entonces, Jesús se les apareció saludándoles con estas palabras: Paz a vosotros. Y luego de mostrarles sus heridas, de nuevo les dijo: Paz a vosotros.

Como judío, Jesús saludó a los suyos con el tradicional “Shalom Aleichem”, saludo que expresa el deseo de salud, paz interior, tranquilidad, calma, bienestar entre las personas. Además, entre el ser humano y Dios. Como todas las cosas que se repiten constantemente, sin poner en ellas el corazón, la trascendencia de este saludo podría pasar desapercibido, ya que era la costumbre. No obstante, para los que creemos, para los que apreciamos la paz como un bien de un valor incalculable; para los que a veces nos sentimos angustiados ante las demandas de la vida; para los que otras veces somos invadidos por el miedo, pensar en el impacto y la trascendencia de estas palabras en la vida de los discípulos, nos llena de un sentimiento hermoso y muy profundo. 

Por esa razón, cada vez que podemos saludar a alguien expresando nuestro sincero deseo de paz para su vida, lo hacemos tratando de tocar el Cielo, poniendo en las palabras todo el amor posible de nuestro corazón. Pensando en aquellas palabras de Pablo a los Filipenses, cuando les aconseja no afanarse o preocuparse por las cosas de la vida, sino llevárselas a Dios a través de la oración con ruego y acción de gracias. Entonces: “La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6-7). Así como Jesús, una y otra vez, les saludó, deseándoles la paz, dándoles Su paz.

En el primer capítulo de Génesis podemos darnos cuenta que Dios creo al hombre y a la mujer e inmediatamente los bendijo. La bendición de Dios significa que la luz de su rostro está sobre aquellos que El bendice. Y ¿qué bendición más grande que estar bajo la luz de la mirada de Dios? En los últimos años se ha hecho cada vez más popular saludar diciendo: Bendiciones.  Un saludo bonito, amable, el cual indudablemente, expresa la buena intención de nuestro interlocutor. Sin embargo, cada vez que escucho este saludo, me pregunto: ¿Bendiciones, de quién? Es decir, ¿quién es el dador de las bendiciones? Cuando Jesús decía: Paz a vosotros, estaba otorgando la paz, la cualidad de la paz que Él posee. Él es el príncipe de paz. Isaías 9:6.

También, es bueno recordar que en el Antiguo Testamento el Señor le ordenó a Moisés: Diles a Aarón y a sus hijos (quienes eran los sacerdotes) que impartan la bendición a los israelitas con estas palabras: “ Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor te mire con agradoy te extienda su amor; que el Señor te muestre su favor y te conceda la paz”. Y termina diciendo esa escritura: “Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré”.

A nosotros nos ha sido dada la capacidad de desear la bendición, de pedirla a Dios, de convertir el deseo de que el otro sea bendecido por Dios, en una oración. Porque es Dios quien bendice. Dios es, en definitiva, quien tiene la potestad de bendecirnos. Por esa razón, pienso que al decir: BENDICIONES, no deberíamos obviar el nombre de Dios en la afirmación, pues no somos nosotros los que bendecimos, no es el Universo el que nos bendice, ni ningún otro ente etéreo del mundo espiritual, es DIOS quien nos bendice.

De tal manera que, la próxima vez que quieras desearle una bendición a alguien, dile: EL SEÑOR, te bendiga. DIOS te bendiga y te guarde. Con estas palabras, reconociendo al autor de la bendición, conviertes tu deseo en una oración. Y la bendición de Dios será sobre la vida de esa persona. No se trata de dónde te encuentras geográficamente, no se trata de la bendición del Universo (creado por Dios), se trata de dónde te encuentras espiritualmente, y la Biblia dice que los que aman a Dios estamos sentados “espiritualmente” en los lugares celestiales con Cristo. No se trata de lo que tienes o careces. Todo se trata de conocer al autor de la BENDICIÓN.

Me despido con un profundo sentimiento de amor fraternal…

¡La Paz sea contigo!

¡Que Dios te bendiga y te guarde!

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Un comentario

  1. Hermoso y muy importante resaltar que el que nos bendice es El Verbo, porque “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”; y, el verbo, es la vida y la vida es la luz de los hombres… Qué belleza, Qué grandeza como Dios siempre lo que ha querido es nuestro bien! Dios bendiga siempre nuestras vidas!

    La Paz sea contigo, Rosalia M. de Borregales!
    Que Dios te bendiga y te guarde!

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