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Conversar con el otro Yo

“Agradezco la invitación del Presidente Gustavo Petro. Acudiré a la reunión en representación del Centro Democrático. Son visiones diferentes sobre la misma Patria” Álvaro Uribe.

“Bienvenido a la era del diálogo que es la base de la humanidad. Agradezco la respuesta del Presidente Uribe y estoy seguro que Colombia agradecerá el que encontremos puntos comunes para una Patria común” Gustavo Petro.

La invitación formulada por el Presidente electo, Gustavo Petro, al ex presidente Álvaro Uribe si bien es un acto de cortesía política, no deja de ser un mensaje auspicioso y debemos recibirlo con mente abierta, libre de prejuicios. Sin embargo, es menester tomarlo con cautela, conociendo la capacidad y reciedumbre de los actores, así como la dureza en el combate exhibida, cuantas veces hubieron de intervenir en debates parlamentarios, en concentraciones públicas o ante los medios de comunicación. Nunca evadieron el enfrentamiento. En ocasiones  usando la palabra a modo de estilete que  cruzaba el espacio buscando la yugular del adversario y en otras como cabalgantes de briosos corceles, lanza en ristre tal como si reeditaran combates por los favores de la dama pretendida, pero armados del talento cultivado durante años de estudio y quehacer político.

De manera que, a pesar de la auspiciosa oportunidad, es aconsejable  tomarlo con cautela, o con soda, según el gusto de cada quien. Porque ambos van a jugar un topo a todo, según la jerga ludópata. Ellos no son negociantes de medio pelo. Por tanto siempre dispuestos a tomar ventajas, para hacer mesa limpia y obtener todos los beneficios. Lo señalado, de ninguna manera quiere decir que esos “gladiadores”, elevados por sus conciudadanos a la cúpula política de Colombia, con la esperanza de enterrar el pasado y que  los conduzca por la ruta del desarrollo económico-social, ignoren esa realidad y enceguecidos por históricas rivalidades reinicien el mismo e inútil combate que desde los comienzos de la República ha venido desangrado a su país.

Ahora bien, los resultados de las votaciones que otorgaron la carta de triunfo a Gustavo Petro no es, ni con mucho, una entrega a discreción para que adelante políticas y cambios que coloquen al país fuera del sistema democrático y satélite de tiranías. De tal manera que  ambos deben andarse con mucho tino, porque con el Acuerdo de Paz, firmado en La Habana, no terminó la conflictividad social.  La guerra aun cuenta con devotos y  armamento encaletado.

La violencia en Colombia, generada por la indignante desigualdad social,  es más antigua que la iniciada a raíz del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. La reacción ante el hecho criminal tuvo y tiene raíces profundas en la marginación y negación de oportunidades a los desposeídos; en el trato desconsiderado que se da a los trabajadores del campo y la ciudad. Y el vil asesinato cometido por un infeliz desconocido, tal vez y hasta sin el tal vez, fue cumpliendo lo convenido con algún o algunos hombres de poder, quienes seguramente le entregaron, junto con el arma homicida, algún dinerillo para que se emborrachara y para que la familia comiera un poco de arroz con frijoles.

 Por tan gigantescas razones, los colombianos en particular y los latinoamericanos en general, debemos abonar el campo para que geminen las buenas intenciones, a la vez reclamar el cumplimiento de las promesas de redención social. Así, con la sumatoria de esfuerzos, podrán sin temor pero mucha sensatez, adelantar las reformas indispensables para elevar las condiciones socioeconómicas de los marginados.

Colombia reclama de sus líderes, Petro y Uribe, mucha sensatez y un gigantesco esfuerzo para comenzar a inspirar el oxígeno de la paz y cambiar la trocha por el camino real, libre de guerrillas y soldados. Entonces, solo  entonces la guerra será derrotada y el colombiano podrá cantar con alborozo. ¡Oh Gloria inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal!

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