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Corta historia de las vacunas y la revolución de la medicina

Pocas personas saben, o se detienen a pensar, cómo era la vida antes de la invención de las vacunas, antibióticos y otros avances de la medicina. Solo por nombrar un ejemplo: antes del siglo XX no era raro ver mujeres que debían parir siete u ocho hijos para ver a tan sólo uno o dos alcanzar la edad adulta.

Si las vacunas y los antibióticos no cumplieran su función, que es la de curar y salvar vidas, la población humana no hubiera podido pasar de 1500 millones a casi 8000 millones de habitantes en los últimos 120 años. ¿Cuántos niños se han salvado de la poliomielitis gracias a la vacuna? ¿La viruela? ¿El sarampión? ¿Cuántos hubiesen fallecido o adquirido enfermedades y secuelas para toda la vida si no se hubiesen vacunado? Son preguntas que se deben formular los antivacunas.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la humanidad asiste a una colosal revolución de la medicina que ha derrotado a las más graves patologías, aquellas que habían tenido en jaque al mundo desde los más antiguos tiempos, abriéndose una inmensa puerta para la disminución de la mortandad.

Las bacterias fueron descubiertas en 1861, apenas hace 160 años, cuando Luis Pasteur realizaba experimentos sobre la fermentación, y accidentalmente desveló la existencia de estos seres vivientes microscópicos, causantes de una gran cantidad de enfermedades.

A partir de entonces tomaría fuerza la bacteriología, que ya no tardaría en hacer formidables avances en beneficio de la humanidad.

Antes de ello era más alta la posibilidad de morir de alguna leve infección, gripe u otra enfermedad que llegar a viejo. Antes del s. XX no era raro ver mujeres que debían parir siete u ocho hijos para ver a tan sólo uno o dos alcanzar la edad adulta.

Un apartado especial merece la historia de la tuberculosis, el padecimiento más mortal e irreductible de todos los tiempos. Ya Hipócrates habla de la phitysis, que luego deriva en tisis, “la enfermedad más frecuente de la época”. Galeno la define “ulceración de los pulmones, tórax o garganta, acompañado por tos, fiebre, y consunción del cuerpo por el pus”. Durante los siglos XVII y XVIII, 25 de cada cien adultos fallecen por causa de la plaga blanca. Léase bien: uno de cada cuatro personas moría a causa de la tuberculosis.

El 24 de marzo de 1882, una noticia le da la vuelta al mundo: Robert Koch anuncia que ha descubierto la bacteria que produce la tuberculosis, el bacilo de Koch o Mycobacterium tuberculosis. En 1890, el propio Koch descubre la tuberculina, un importante avance en el diagnóstico del mal.

En 1921, Albert Calmette y Camille Guérin, con increíble paciencia y dedicación, a partir de una cepa que sub cultivan cada tres semanas durante trece años y 231 pases, obtienen la BCG o vacuna contra la tuberculosis.

En enero de 1944, se produce el tercer hito en el combate del milenario padecimiento: el microbiólogo Selman Abraham Waksman aísla la estreptomicina, antibiótico que resulta muy efectivo para combatir la tuberculosis. Waksman, además, es quien acuña la palabra antibiótico.

En 1981 sucede lo inimaginable: aparece una nueva y terrible enfermedad, el SIDA, cuya principal característica es debilitar el sistema inmunológico de los infectados. Ello proporciona la condición ideal para el rebrote de enfermedades infecciosas que venían con sólidas probabilidades de erradicarse, entre ellas la tuberculosis. Esto hace que el Mycobacterium tuberculosis sobreviva una vez más, además de complicarse su tratamiento.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se inicia la era de las vacunaciones. En menos de 120 años surgen 24 vacunas, una cada cinco años en promedio. Entre 1879 y 1899 se desarrollaron las defensas contra el ántrax, la rabia, el tétanos, la difteria y la peste. En la primera mitad del siglo XX se crearon las vacunas de tosferina, tuberculosis, fiebre amarilla, tifus y gripe. En la segunda mitad, la de poliomielitis, encefalitis japonesa, oral para la poliomielitis, sarampión, paperas, rubeola, varicela, neumonía, meningitis, hepatitis B, haemophilus influenzae, hepatitis A y enfermedad de Lyme.

Pero unos cuantos años antes del descubrimiento de Pasteur, ya en 1796 Edward Jenner llevó a efecto su célebre experimento con linfa de “viruela vacuna”, en una fascinante historia que hunde sus raíces en las ancestrales China e India, de hace 2500 años. Es de acotar que la palabra vacuna se deriva de vaca, por tener este rumiante un papel central en aquellas primigenias experimentaciones.

En la década de 1940, Fleming aísla la sustancia clave de la inhibición bacteriana y la denomina penicilina, que demuestra ser exitosa en el tratamiento de males milenarios, como la sífilis y otras enfermedades de transmisión sexual, así como también contra la neumonía, la difteria, la fiebre recurrente y muchos otros síndromes de origen bacteriano, iniciándose así la era de los antibióticos.

También es de destacar la creación de los hospitales, las anestesias, la higiene en los partos, los rayos X, la información pública, la profilaxis, la farmacopea, las especializaciones, las nuevas técnicas de cirugía y traumatología, el psicoanálisis, los sofisticados equipos e instrumentos de diagnosis y tratamiento, las vitaminas, el desentrañamiento del ADN, la medicina preventiva, la lucha anti epidemiológica, las técnicas de células madre y muchos otros avances en el área de la salud.

Todos estos factores, cada vacuna, cada antibiótico y cada tecnología médica, ha contribuido a evitar muertes prematuras en el pasado, el presente y lo seguirán evitando en el futuro.

Las diferentes marcas de vacunas ya se han aplicado a cientos de millones de personas en todo el mundo, léase bien, cientos de millones, para defenderse del COVID-19, y no se han reportado porcentajes importantes de efectos secundarios o contagios posteriores.

Digan lo que digan los antivacunas, poder protegerse a sí mismo y a su familia es un éxito. No hacerlo es correr un riesgo innecesario. Póngase la vacuna y con ello ríndale homenaje a ese ejército de científicos que dedicaron sus existencias a proporcionar mejor calidad de vida a la humanidad y aumentar las expectativas de vida a los seres humanos.

Vacunarse equivale a comprarse un seguro de vida… y es gratis.

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