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Cuando la intolerancia se hizo política

No siempre resulta fácil reconocer una realidad en su verdad más evidente. El ejercicio de la política ha contribuido a hacer de las verdades, una burda manipulación de mentiras. Camilo José Cela, decía que “lo malo de quienes creen estar en posesión de una verdad, es que cuando tienen que demostrarla no aciertan ni una”. Sobre todo, cuando por apegarse a intereses que presumen de su resguardo, siempre quedan mal. Porque la susodicha “verdad”, es parte de una mera narrativa. O porque la utilizan como “bandera política”. Como si dicha verdad, justificara el dominio desde el cual pretende instaurarse un esquema de dominación. 

De esa manera la política se ha valido de amañadas circunstancias para hacer de una verdad, “su verdad”. O sea, la razón de ser de una ideología en particular. O a la cual suscribe su praxis. Tanto ha sido la confusión que se anima bajo posturas de esta índole, que ni siquiera vale como el asidero conceptual que pudiera validarla. Pero sí, como el desolladero utilizado para desgarrar argumentos contrarios a la dirección que la aludida  “verdad”, busca presentarse como única. Cuestión ésta que provoca un horroroso revoltijo que ni siquiera sirve para zanjar las diferencias que se dan en su medianía.

Según el filósofo inglés John Looke, la intolerancia ha sido “(…) indudablemente la causa principal de nuestras miserias y confusiones”. (Carta sobre la tolerancia). Esta frase tiene cabida a la hora de dar cuenta de lo que sucede cuando se trata de entender y atender los problemas que se fraguan en la intolerancia. Ni porque pretenda justificarse. De hecho, sus defensores u oficiantes de la politiquería (politiqueros) no terminan de situarla en su exacta dimensión. Tampoco tienen conocimiento de si su antónimo (la tolerancia), es una actitud o un valor. Mucho menos, saben de la intolerancia. O si es una confusa conducta, la degradación de un valor o el encierro de una cualidad. Sólo saben aplicarla sin juicio alguno.

La testarudez de la política siempre ha buscado justificar los entuertos cometidos. Por tan discordante razón, la intolerancia concuerda con cualquier práctica de crueldad. En el fondo es expresión de una pobreza de espíritu. En ese oscuro ejercicio de la política, se hace fácil lucir algún argumento que reivindica su manejo como recurso de opresión. Además, por el hecho de ser carente de convicciones, se convierte en una manifestación para embestir contra quien descubre la infamia oculta en el fondo de una “verdad manoseada”. He ahí el meollo de la intolerancia.

Sin embargo, a todo esto hay que agregar que el afán por detentar el poder y el dominio sobre los demás, se constituyó en intrigante razón para contrariar al otro. Asimismo, para despotricar contra cualquier razón diferente. Y por eso, gobiernos identificados con esquemas abusivos, recurren a formas directas o indirectas de violencia. Así hacen posible acusaciones, aunque infundadas, a quienes se atreven a protestar en contra de las absurdas decisiones e indecentes acciones empleadas como criterio gubernamental. 

La intolerancia se convirtió en criterio de gobierno

Es ahí cuando una gestión de un gobierno, de signo autoritario o totalitario, emplea la intolerancia como recurso de acción. Pero reunida con crueldad, opresión e injusticia. Incluso, con estupidez, odio, resentimiento y fanatismo. De ese modo, logra impedir que la libertad de pensamiento, tanto como de prensa, de información, de expresión y de comunicación, lleguen a consolidar una estructura social-política que preceda y presida la potestad de un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia. 

El ejercicio de la política mal concebida, o la devoción fetichista por una verdad fabricada en los postrimerías de regímenes de tal calaña, corrompió el concepto de política. Sus torcidas praxis, degradaron ideales que burlaron la conciencia humana y el respeto a la dignidad del hombre libre. Justo en medio de tales situaciones, en complicidad con en adulterados procesos de votación, emergen gobiernos que pretenden ahogar la voz soberana de los pueblos. Y en ese contexto, poco o nada se entiende que la política, más que una verdad, es la aplicación de ideales propugnados desde la moralidad. Y que solamente pueden construirse en espacios ocupados por el pluralismo político, la ética y los derechos fundamentales del hombre. 

Pero nada de lo que puede enfrentar la intolerancia, entendida ésta como renuencia a escuchar o conocer opiniones o actitudes diferentes a las propias, ha sido debidamente comprendido. Sobre todo, cuando la tentación del poder asalta el sentido común de gobernantes cuya intransigencia los hace rechazar interpretaciones que desmientan sus discursos. Es ahí cuando no toleran que alguien desarme o limite sus disertaciones, verborreas o declaraciones en torno a “verdades” arregladas.

Y es que toda dictadura como régimen político, no es otra cosa distinta de lo que puede semejar a una “tiranía de la intolerancia”. Es así que sus prácticas siempre resultan en una terca ceguera. En consecuencia, esos gobernantes no han comprendido que una vez alcanzado su objetivo de reprimir libertades, las mismas realidades se convierten en sus verdugos. Más, porque son provocadas por el silencio cómplice y la inmovilidad obligada. La historia es demostrativa de todo cuanto ocurre en medio de tales situaciones. 

Por más que un autoritarismo se aclame “democrático”, en su fondo guarda importantes cantidades de intolerancia que administra sin discreción alguna. Su aplicación le imprime estabilidad, condición y fuerza a su hegemonía. Le resulta un recurso político conveniente a su conducta represiva. Así sofoca libertades. Todo régimen opresivo practica la aplicación de imposiciones sin escatimar la violencia como conducto. La intolerancia la emplea como el instrumento que mejor se presta para evitar el pluralismo político. Y de esa manera, logra asfixiar necesidades que le imprimen aliento a la democracia.

En fin, cuando el ejercicio de la política advirtió que con la intolerancia podía cerrarle el paso a quienes adversaban propuestas revestidas con mentiras, o defendidas  en nombre de una u otra concepción del hombre, de la vida y del mundo, consiguió en la intolerancia un provechoso recurso de gobierno. En la intolerancia halló la violencia necesaria y solapada para atentar de modo visceral, contra quienes podían atreverse a demostrar la falsedad de criterios políticos empleados para arrasar contra todo lo posible. Y que casi siempre muestran como su “verdad verdadera”. Fue el momento cuando la intolerancia se hizo política.

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