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Cuervos de la democracia

Forjada a punta de sacrificios y apuestas riesgosas que no pocas veces comprometen la vida de quienes contribuyen con su advenimiento, la conquista de la democracia resulta todo un desafío. Penosamente y a despecho de quienes vieron en la tercera ola de democratización una señal decisiva de evolución blindada por la razón civilizatoria, ello no marca el fin de un camino lleno de idas y vueltas, corsi e ricorsi. “Ni lejanamente se me hubiera ocurrido pensar que Italia se dejaría quitar de las manos la democracia que le había costado tantos esfuerzos y que su generación consideraba conquistada para siempre”, admite Benedetto Croce al repasar los estragos de la deriva fascista; tal vez recordando que antes había apuntado contra esa misma democracia cuando advertía en ella alguna amenaza para la libertad individual de la que era vigoroso defensor.

El choque entre el ideal de la democracia y lo que acaba siendo en la práctica -nunca perfecta ni ajustada a los crecientes apetitos que, paradójicamente, va alentando la estabilidad- complica el enfoque. De allí la tendencia a atribuir cualquier malestar económico, social o político a fallas imperdonables del sistema, a atacar sin advertir el riesgo de traspasar los límites impuestos por la lógica relacional, el espacio inter-sujetos.

Es ese el instante que aprovecha el agitador populista para hurgar en el pathos, en la rabia del “niño viciado” y trocar eso en adhesiones. En nombre de la democracia, se erige así en fustigador del estancamiento que endosa al “pacto de élites”; presto a desacreditar a las instituciones y sustituir su mediación, hábil urdiendo cismas tan insalvables entre “ellos” -la casta, los traidores- y “nosotros”, que hagan imposible imaginar una sociedad plural y obligada, por tanto, a pactar para coexistir.

Víctimas de la desilusión respecto a una democracia siempre insuficiente, los venezolanos podemos dar fe de tales asaltos. Pero lo cierto es que lo que nos ocurrió al trajinar con la insatisfacción que abrió las puertas a Chávez, no deja de asomarse en países incluso con democracias funcionales, donde personas azuzadas por las expectativas de mejora que alienta la sociedad abierta comienzan a demandar reacomodos. Una dinámica que no tendría que ser traumática, de hecho, que también debería formar parte de las previsiones de todo sistema inspirado por la interpelación constante entre gobernantes y gobernados; pero que no siempre logra esquivar los bandazos de los enemigos íntimos que esa misma sociedad incuba y cría incesantemente, sin poder evitar que prosperen como cuervos resueltos a picotear los ojos de sus bienhechores.

“¿Sabrá la democracia resistir a la democracia?”, se preguntaba Giovanni Sartori, quizás acuciado por el barrunto de que esos desleales actores suelen escudarse en el derecho al cuestionamiento que avala un régimen como este, para ir minando la confianza en sus posibilidades. El manoseo caótico del malestar, sin duda, agudiza la contradicción entre el ser y el deber ser, origen de la desafección ciudadana que el traficante de espejitos nota y estruja. La cabriola minada de pasión, vendida como exigencia de reivindicación popular, como virtuoso afán de conjurar desarreglos que la inequidad acumula en forma de resentimiento, seduce por su apariencia próvida, refundadora. El populista irrumpe así con un traje de “demócrata radical” que acaba legitimando sus métodos, siempre justificados por la urgencia “general”.  

Triste es confirmar que, apremiados por el pinchazo del todo-o-nada, solemos ser arrollados por la nada. A santo de esto, luce revelador el testimonio que Peter Keup -testigo del proceso que condujo a la caída del muro de Berlín- ofrecía recientemente en Venezuela: “como si se nos hubiese olvidado lo que pasamos hace 30 años”, hoy Alemania sufre también por el surgimiento de extremismos cuyo discurso se vuelve popular entre jóvenes. Hijos de la globalización y su incertidumbre, hijos en muchos casos de la desmemoria, parte de esas nuevas generaciones a menudo omite que “mejorar el sistema pasa por hablar entre sí, por escucharse unos a otros, para generar cambios que aun siendo pequeños, puedan ser útiles”.

No en balde el propio Croce entendía la civilización como «vigilancia continua» contra la barbarie. El “fin de la historia” no es una garantía: cuervos agazapados, las fuerzas regresivas inhiben constantemente los avances, democratización y des-democratización son marchas que viven forzosamente vinculadas. De allí la importancia de reconocer los límites de lo realizable, de definir con propiedad con qué contamos, de entender qué puede esperarse razonablemente de la democracia y sus fortalezas. Una reflexión que, de paso, no deja de repicar cuando el autoritarismo hinca su pezuña y la convicción democrática resiste. En nuestro caso, saber reconocer ventajas que efectivamente se tienen cuando se lidia con la regresión instalada, podría ayudarnos a sacar el jugo a cada oportunidad que surja para rehabilitar lo perdido.

@Mibelis

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