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Del líder y su circunstancia

Hay que dar la razón al profesor Ángel Álvarez cuando afirma que “la idea de que la política es ´el arte de lo posible´ puede significar muchas cosas, pero difícilmente se refiere a la facultad taumatúrgica de hacer posible lo imposible. Más bien es una máxima realista, pragmática, que invita al político a hacer lo que puede, no lo que fantasea”. En efecto, importa distinguir esto en momentos en que obstáculos como la inhabilitación que aplica un gobierno impopular a un actor relevante, a un liderazgo con amplia pegada en todos los estratos sociales (misma arbitrariedad que, potencialmente, podría aplicar a otros) resultan dolorosamente evidentes, difíciles de ignorar. Ante la opacidad estructural (A. Schedler) sería una simpleza esperar por alguna ordenación metafísica, una elipsis providencial a favor de la “gente de bien” que cancele la brega con esta realidad mediante la fortaleza y con los recursos que, efectivamente, se tienen. Esto último no significa, por cierto, que tales recursos no podrían ampliarse sobre la marcha, o que la asimetría en la correlación de fuerzas no pueda reducirse gracias a decisiones y acciones estratégicas impulsadas por un liderazgo tan esclarecido como responsable. Uno que, idealmente, esté apasionada y racionalmente comprometido con la compleja creación de condiciones para la democratización, en fin.

Saber qué hacer y cómo conducirse exitosamente -sobre todo cuando muchos otros no lo sabemos- en medio de los dilemas que desata la violación del derecho democrático a la disidencia, es lo que se espera de ese liderazgo. Esto es, claridad para anticipar soluciones políticamente eficaces, y que más que consignas entrañen tareas concretas, organización y construcción de redes, movilización, foco en objetivos cuantificables y claros para todos. No cualquier rey tuerto, sino el dueño de múltiples y hábiles sentidos para detectar tramas y texturas de esa realidad diversa, es capaz de ver, guiarse y guiar a otros a través de un campo minado y oscuro, privilegiar variables de forma consistente y decidir sin costos significativos para sus seguidores.

Pero recordemos a García Pelayo cuando habla de las condiciones que todo político debería dominar, y que bien podemos endosar al líder: 1) saber qué se quiere o conciencia de finalidad; 2) saber qué se puede o conciencia de posibilidad; 3) saber qué hay que hacer o conocimiento de la instrumentalidad; 4) saber cuándo hay que hacerlo o sentido de oportunidad y 5) saber cómo hay que hacerlo o sentido de la razonabilidad. Al margen de la romantización “forzosa” de promesas en aras del supremo objetivo de alcanzar el poder -y aun sabiendo que la comunicación política no puede prescindir de la emoción, del pathos; que es afín a la persuasión y, por tanto, tampoco resulta ajena a la manipulación-, tener consciencia de los posibles efectos de sus audacias construye un saludable nexo con ese contexto que constriñe al político, pero que también lo desafía e impele a operar sobre aquel. En este punto de la confluencia entre reflexión y pragmática, y aun cuando partan de la misma base empírica, es donde el político se separa del científico, del analista, del técnico; de los determinismos que pudiesen salpicar al sofisticado u ocasional observador, y que más bien espolean la voluntad del hombre y mujer de acción.

Podemos decir que el liderazgo siempre es contextual, que no puede desligarse de las circunstancias que lo alientan. Entonces convengamos con otros en que las primarias sirvieron como plataforma de legitimación de un liderazgo para una circunstancia específica, no sólo de una candidatura (vía afín a esa autoridad racional-legal de la que habla Weber, por cierto, posicionada dentro de organizaciones en virtud de ciertos protocolos y reglas). Eso no significa que la candidatura sea un elemento que pueda desagregarse de la ecuación amplia: al contrario. Ante la inminencia de las presidenciales, y con 80% de evaluación negativa para la gestión de Nicolás Maduro (Datincorp, febrero), tal designación supone sobre todo un medio para hacerse de un recurso cuantificable, el apoyo de la mayoría electoral, de cara a un hito concreto y una (¿exigua?) posibilidad: derrotar/desafiar con votos al rival, agudizar la contradicción dentro del bloque de poder al introducir mayor incertidumbre democrática sobre los resultados. Separar un propósito de otro sería no sólo una rectificación alejada de la propuesta que compró ese sector del electorado, tan decepcionado del mediocre desempeño de los partidos como animado ahora a transitar una ruta de cambio institucional. También asomaría la posibilidad de un desvío que no necesariamente acompañarían todos los ciudadanos, en especial aquellos que suman sus apoyos no tanto por motivos de índole afectiva o personal, sino por economía del voto. (Según el citado estudio de Datincorp: en caso de que no se revierta la inhabilitación, 70% de encuestados aconsejan a Machado buscar un candidato unitario viable). De producirse el retroceso, la división de los apoyos por incompatibilidad de expectativas sería una promesa.

Acá topamos con una extravagancia que encaja nuestro perverso contexto, los matices que algunos omiten en relación al poder y el liderazgo. He allí lo que polariza. Nos referimos, por un lado, a la probabilidad de imponer la propia voluntad sobre otros y lograr obediencia, contra toda resistencia de esos otros -justo lo que el gobierno detenta y exprime-. Esto, versus la ascendencia socialmente reconocida, útil para convencer y aglutinar voluntades en torno a un proyecto particular, capaz de enlazar con un ethos colectivo. Fuerza de la razón (una suerte de poder no vinculante) versus razón de la fuerza; Auctoritas y Potestas.

Se entiende así que el liderazgo (que no suele presentarse en forma pura, dice Weber, sino mezclando rasgos de lo carismático, tradicional y burocrático) remite a la facultad para influir sobre los demás, de modo que a la hora de avalar cierta visión, cierto credo, su predominio se aceptará de buen grado. Pero para que esa autoridad prevalezca necesita contar con medios suficientes y adecuados a sus fines. Acá entra esa conciencia de posibilidad que menciona García Pelayo, ese sentido de la realidad que preconiza brillantemente Isaiah Berlin. Si faltan, de poco servirá invocar la lealtad personal e interpersonal propia de la relación con caudillos, o satanizar la búsqueda de opciones, la voz y la salida, Hirschman dixit. A pesar de esa impronta romántica que signa nuestra cultura política, de la admiración por la coherencia heroica del agente y la defensa de una libertad que esquiva los límites de un conocimiento objetivo, incluso la personalidad más arrolladora o amorosamente tratada por la diosa Ocasión requerirá de victorias oportunas, de avances nítidos hacia la meta. El timing puede ser guillotina de la popularidad, de la efervescencia colectiva (Durkheim).

Algo nos consta: contra un autoritarismo electoral que anticipa los infinitos costos de perder el poder, comprometido con el deseo de perpetuarse y sabiendo que cuenta con medios para lograrlo, no existen estrategias infalibles ni certezas absolutas. Costaría aceptar, sin embargo, que la respuesta política a la estrechez sean evasión y abandono de la arena; que al examen crítico, sesudo y hasta deontológico de la realidad, sigan la inhibición de la acción y del despliegue de la voluntad, la cancelación de la imaginación al servicio de la posibilidad objetiva. ¿No sería ello la negación de la propia sustancia de la política? “Allá ellos, que no entienden nada”, ha dicho Machado al referirse a “analistas, encuestadoras, dueños de medios”; y sería un alivio pensar que hay quienes sí entienden. Entretanto llegan esas incontestables señales, lo responsable y lo útil sería no desmerecer esfuerzos por modificar lo modificable, debatir alternativas y reconciliarse con la mejor imperfección, a fin de evitar que un malquerido gobierno se reelija cómodo y sin competencia en la presidencial. Eso, aun cuando el escepticismo instruya a trancar todas las puertas.

@Mibelis

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