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Desarrollo y subdesarrollo dependen de los ciudadanos

Las naciones y sus pueblos son como las familias, con diversas orientaciones de los miembros que las integran que tienen diversos intereses, orientaciones, esperanzas, éxitos y fracasos. En su interior, como los hermanos en la familia: las sociedades nacionales se caracterizan porque sus integrantes tienen orientaciones de vida diferentes, según sean sus intereses, sus aspiraciones y sus capacidades que diferencian los caminos de vida, esperanzas y propósitos por realizar a lo largo de sus existencias. De manera que una Sociedad, en general, es el resultado o producto de las relaciones entre las personas que coinciden en la comunidad que es la Sociedad. El progreso de la Sociedad es, como lo expresó Bergson, «un salto adelante que solo se da cuando la Sociedad ha resuelto hacer un experimento«, porque «de algún modo» algo, (o alguien) la ha conmovido a realizarlo. (1).

La anterior reflexión tiene mucho que ver con la historia de las naciones y sus pueblos. Si nos detenemos unos minutos a recorrer la historia de nuestra Venezuela, tenemos que comenzar por recordar ¿cuánto tiempo tenemos de existencia conocida en el mundo? El día 4 de agosto del año 1498 fue descubierta la existencia de nuestra costa marítima por la expedición de Colón con sus llamadas «Carabelas». De ese día al 5 de julio de 1811, cuando fue declarada nuestra Independencia, van 500 siglos y casi 14 años Pero entre 1830, que bien podemos considerar como el inicio de nuestra verdadera independencia, hasta el día cuando esto escribo, tenemos apenas 185 años, es decir, un siglo y ochenta y años como Nación independiente.

Hay factores que, incorporados a la vida de los pueblos y de las civilizaciones, explican varias de sus circunstancias.  Arnold J. Toynbee, por ejemplo, en su denso, conocido y famoso «Estudio de la Historia», expresa  –refiriéndose principalmente a Europa, pero sin excluir naciones de otras latitudes–  que ninguna nación o Estado «puede presentar, aisladamente, una historia que se explique por sí misma«.  Mucho más reciente que el referido e inmenso estudio de Toynbee que data, por lo menos, de 1946, menciono a la obra escrita por Daron Acemoglu y James A. Robinson, con el título «Por qué fracasan los Países», subtitulada «Los orígenes del poder, la prosperidad y el progreso», publicada en Nueva York el 2012, y en Barcelona de España, en el mismo año, por el Grupo Planeta. Y aunque las dos obras referidas, la de Toynbee y la de Acemoglou y Robinson son de naturalezas diferentes, éstas parecen sumarse para converger hacia resultados que, siendo distintos, son muy similares.

Como este escrito no es más que eso, un escrito, y no un libro ni una conferencia, me permito incorporar una reflexión personal que solía explicar a mis alumnos de las universidades y que se refiere a nuestra Venezuela amada, pero que bien puede extenderse  a todo el  subcontinente Latinoamericano, así como al resto de las naciones de este planeta llamado Tierra.

Cuando en dadas circunstancias como las del presente que vivimos en nuestra adorada Patria, así como las actuales de nuestra América Latina, –aunque la mayoría sean menos graves que las nuestras–  se generan, que oiga uno, quejas, rechazos, negaciones y pesimismos acentuados en bocas de no pocos de nuestros conciudadanos. Pregunto también a éstos lo que anteriormente señalaba: ¿Cuánto tiempo tiene este país como Nación independiente? Muchas veces no hay respuestas por desconocimiento, pero es: poco más de los dos siglos transcurridos entre el cinco de julio de 1811 y este enero de 2015, esto es: un siglo y ochenta y cinco años…

Y pregunto de nuevo:  ¿Es que un siglo y ochenta y cinco años, son suficientes para un país que era dependiente de la Corona Española, resultan suficientes para que este País nuestro, así como todos los demás que constituyen el sub-continente Latinoamericano, para alcanzar niveles de desarrollo como el de la vieja Inglaterra, que era y sigue siendo una de las Naciones más adelantadas de este mundo?   ¡Generalmente no hay respuesta a la pregunta,  sino silencio! Pero es que es verdad. Una verdad como si se le pidiera a un niño o a una niña de casi dos años de edad, insólitamente, que escriban un libro como el de Toynbee, o que expliquen filosóficamente el contenido y significado teológico de las obras de Santo Tomás de Aquino.

Y, por cierto, nuestra querida «Madre Patria», España, tampoco escapa de no poder explicar muchas de sus dificultades. ¿Por qué? Pues porque hasta el siglo VI, posterior al sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, lo que hoy es España estuvo bajo el dominio de los visigodos, y a mediados del siglo VI se liberó de aquellos y vivió la «Madre Patria» algo más de dos siglos de libertad –en medio de sus fragmentaciones y divisiones–  pero en el siglo VIII cayó en poder de los musulmanes, lo que duró hasta muy avanzado el siglo XIV y hubo de recomenzar España su desarrollo, por lo que ahora apenas nos aventaja en poco más de tres siglos, descontados nuestros tiempos como países no libres en el subcontinente.

Después de sus poco más de dos siglos, Venezuela y, en general, América Latina, hemos avanzado sin duda alguna. ¿O es que acaso no estamos muy por encima de lo que, por ejemplo, fue para este país ya libre en el siglo XVIII?

Venezuela cambió mucho con el gobierno tiránico de Juan Vicente Gómez. Fallecido éste, su sucesor, por él designado, Eleazar López Contreras, organizó el país y estableció instituciones que nos abrieron las puertas de un entonces inexistente desarrollo. Medina Angarita abrió caminos para la democracia, lo que se frustró por la trágica enfermedad del doctor Escalante, pero a pesar de los conflictos generados durante el llamado trienio adeco, tuvimos elecciones legítimas y una nueva Constitución que abrió puertas a un futuro mejor.

Gómez, con su tiranía feroz, sin embargo, se había rodeado de las mentes más ilustradas de su tiempo y muchos de ellos formaron y organizaron brillantemente su gobierno. Pérez Jiménez, también tirano, modificó el país con obras públicas de importantes naturalezas. Cuando dejó el poder el 23 de enero de 1958, una Junta Militar, presidida por el Almirante Larrazábal, devolvió al país la democracia que tuvo como piezas fundamentales a hombres como Rómulo Betancourt, que había abandonado radicalmente su anterior pensamiento marxista, a Raúl Leoni, persona muy honorable y a Rafael Caldera, político de gran honestidad y entrega.

Vivimos en el presente tiempos muy difíciles, nacidos de errores y conflictos que se desarrollaron posteriormente a los tres primeros gobiernos antes señalados. La injusta destitución de Carlos Andrés Pérez abrió puertas que facilitaron el acceso al poder del fallecido Hugo Chávez, cuya sucesión después de su muerte agravó aún más la pésima situación que se había desarrollado en su gobierno. El presente momento que se vive en nuestra Patria es, sin dudas, lo peor de nuestra agitada historia. Pero esta misma nos enseña que la voluntad de los venezolanos y la ayuda del Todo Poderoso siempre nos favorecen para superar las dificultades. Por eso, ciertamente, no perderemos la República que va a continuar, de nuevo, avanzando hacia un futuro cargado de esperanza y de valores.

¡Si! Como cristiano, no dudo que nuestro Redentor y su Santísima Madre, también nuestra, meterán su mano, pero nosotros, hijos de esta Patria, no podemos cruzarnos de brazos y no hacer nada, sino actuar, como reza el vulgo, aquello de que «a Dios Rogando y con el mazo dando», por lo contrario sería proceder como el hijo malo que no ayuda a su madre para que sane.

Cuando regresé del exterior con mi familia, por estar fuera de Venezuela por razones diplomáticas, conversé con amigos personales y miembros de la entonces llamada «Coordinadora Democrática» que encabezaba Enrique Mendoza, pero la gran mayoría no aceptaba aún que la orientación del gobierno de Chávez tenía intenciones claramente comunistas, y esa mayoría se resistía a aceptar eso, así como creían  –inocentemente—que no se habían realizado fraudes electorales, etc.  No dudo que la naturaleza personal y simpática de Chávez les haya convencido, aunque ya para entonces los hechos mostraban claramente los propósitos del gobierno.

Hoy en día, más del 80% de los venezolanos, partidarios del «proyecto» y no partidarios, muestran su rechazo al régimen. Por supuesto, quien ejerce el gobierno está muy lejos de la habilidad y personalidad del fallecido presidente y, hasta las trampas electorales que nacieron con los primeros comicios para elegir la Asamblea Constituyente en 1999, fueron rechazadas por muchos venezolanos, partidarios y no partidarios del régimen, como «falsas».

Ha llegado la hora, como decía Andrés Bello, «de la conciencia y el pensar profundo». A cada venezolano le corresponde obrar para defender lo que podemos perder si nos abstenemos de actuar con coraje, sin violencia, pero también sin miedo. ¡O salvamos la Patria o la perderemos!  ¡En Dios y en nuestras responsabilidades confiamos! Es menester actuar sin violencia de nuestra parte, ¡pero si con coraje!

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