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El camino del recto y el fin del injusto

Uno de los retos más grande a la fe es la injusticia. Cuando damos una mirada a nuestro alrededor y nuestros ojos se encuentran con tantos hechos injustos nos vemos tentados a desesperanzarnos. De alguna manera, al no poder hacer justicia por nuestra propia mano, tendemos a hacer culpable de todas las situaciones adversas al ser Supremo. A pesar de caminar cada día bajo la libertad de nuestro libre albedrío, cuando nos topamos con verdaderas murallas, imposibles de mover por nuestros mecanismos humanos, entonces pensamos que hemos sido olvidados, maldecimos y despotricamos haciendo responsable de los actos humanos a Dios.

Uno de los llamados factores resilientes de los que habla la psicología hoy en día, es el hecho de tener la capacidad para evaluar las crisis. Por una parte, podemos ver las crisis como un peligro, una amenaza y finalmente como una destrucción. O podemos verlas como oportunidades. Oportunidades personales de aprendizaje y de desarrollo humano. En las crisis hay miles de factores de los que no podemos tener control, pero de los que sí podemos tener control es de nosotros mismos; de la manera como manejamos nuestras emociones y cómo podemos convertirnos en mejores seres humanos.

No es fácil mantenerse con la fe en alto, con la cabeza erguida y con esperanza en el futuro. Sin embargo, otro de los factores resilientes de los que nos habla la psicología es el de crear futuros emocionales de esperanza. Lo cual nos permite proyectarnos viviendo en un futuro construido con lo mejor que podemos pensar, sentir y sembrar en el presente; sabiendo que es en el día de hoy en el que sembramos lo que recogeremos en el futuro. 

Por otro lado, sin ignorar la maldad que nos rodea, podemos concentrarnos en Dios, en su amor, en su poder y confiar en Él. Existe un gran misterio en mantener nuestra fe; no solo en creer que Dios existe, sino en creerle a Él, en creer en sus palabras, en creer que es galardonador de aquellos que le buscan de corazón. Particularmente, en varias ocasiones he sentido una gran tristeza por la situación de nuestro país. En este sentimiento, una y otra vez he encontrado consuelo en la Palabra de Dios, además de verdaderas estrategias para lidiar con el mal.

De nuevo, al profundizar lo que dice la Biblia acerca de los tiempos en los que la maldad se exacerba, nos encontramos ante el conocimiento de que las armas de Dios no son, ni serán nunca las del hombre, pues en la justicia del hombre no obra la justicia de Dios. No obstante, al reconocer que no podemos controlar las circunstancias externas, pero sí podemos manejar nuestras emociones, nuestros sentimientos y la manera como reaccionamos, todos estos consejos de la Palabra de Dios nos permiten tener una perspectiva en la que la justicia se establece.

El Salmo 37 es una obra maestra escrita por el rey David, sin duda, un personaje que vivió en su reinado toda suerte de amenazas y ataques de parte de diferentes enemigos. Vamos a resaltar algunas de las sentencias más contundentes a las que este hombre llegó guiado por la sabiduría emanada de su relación con Dios:

David comienza exhortándonos a no irritarnos o impacientarnos por los que practican el mal. Nos insta a no tener envidia de aquellos que hacen prosperar su camino a causa de las injusticias que cometen. David nos revela que el fin de estos hombres ya está determinado. De la misma manera que la hierba está verde en la mañana y por la tarde se marchita, así veremos la vida de estas personas marchitarse, secarse y desvanecerse. Y no olvidemos que hemos sido testigos de este hecho.

Mientras esto sucede por voluntad divina, nuestra ocupación debe ser hacer el bien, hablar la verdad, ser honestos y deleitarnos en Dios. Si, literalmente, encontrar gozo en Dios. Aquellos que encuentran este deleite en sus vidas serán recompensados con el cumplimiento de los deseos de su corazón. Lo que más me impacta son los dos versos a continuación:

“Encomienda al Señor tu camino, confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía”. Salmo 37:5-6.

Es un reto a nuestra fe. En un mundo lleno de injusticias, Dios nos da esta preciosa promesa. No es un llamado a ignorar el mal, no es conformarnos con continuar el camino de brazos cruzados ante los horrores que vemos y escuchamos cada día. Por el contrario, es un llamado a caminar confiados en Dios, en la acción ineludible de su voluntad de bendecir a los que confían en El.

Esta es nuestra certeza, es nuestra confianza de la que nunca hemos sido defraudados. Como nos recuerda el Salmo 91, pueden caer a tu lado derecho mil y diez mil a tu lado izquierdo, pero a ti no llegará. Es un reto a nuestra fe. Te invito a caminar en ese reto; a creer, a convertir al bien en el fundamento de tus actos, y a encomendar a Dios tu vida.  Te aseguro que se cumplirá en ti lo que dice aquel hermoso verso de Proverbios: “Más la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. Proverbios 4:18.

El Salmo es como una respuesta que David recibió de Dios ante su clamor por haber estado rodeado de tantos enemigos que acechaban su vida. Dios le advierte que no ceda a la tentación de andar por los caminos torcidos. Pues, ellos no duermen si no han hecho mal, y pierden el sueño si no han hecho caer a alguno. Ellos maquinan la maldad, se sientan a diseñar estrategias perversas; pero la misma espada que desenvainan para hacer caer al recto los atravesará, dice el Salmo.

Una y otra vez este Salmo de David insiste en hacernos ver la diferencia entre el hombre que pone en Dios su confianza, actuando bajo el principio de la justicia y el hombre que practica el mal. Dice que aunque por un tiempo veas al hombre perverso extenderse como laurel verde, prosperar en su camino y cumplir sus propósitos, no olvides que su posteridad será extinguida y su descendencia será destruida. Sentencias que no nos alegran de ninguna manera, muy por el contrario, nos hacen esforzarnos más y más en levantar la lámpara en alto.

Jesús dijo que no son los sanos los que necesitan del médico sino los enfermos. También el apóstol Pablo nos recalca que Dios quiere que todos sean salvos, que todos vengan al conocimiento de Dios. Por esa razón, nos invita a interceder para que haya un verdadero arrepentimiento; a ver si tenemos una cosecha de hijos pródigos. Recordando, que el proceso de degradación del hijo pródigo es irremediable para aquellos que deciden vivir rodeados del brillo de las riquezas, amparados en la oscuridad del robo. 

Para los que escuchan, para los que creen, para los que deciden vivir conforme a los principios de Dios esta es la promesa, y Dios no es hombre para mentir, ni se arrepiente de sus decisiones.

“La salvación de los justos es del Señor. Y él es su fortaleza en el tiempo de la angustia. Dios los ayudará y los librará; los libertará de los impíos, y los salvará, por cuanto en El esperaron”.

Salmo 37:39-40.

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