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El club de los defensores

Según Jorge Wagensberg, intelectual catalán de indiscutibles aportes al debate de las ideas, las cuatro pasiones humanas fundamentales se obtienen por la combinación simple de dos pares de conceptos: Lo propio (y lo ajeno) con la alegría (y la tristeza). Las cuatro combinaciones resultan así: La primera es la empatía, que es la alegría propia por la alegría ajena; la segunda es laenvidia, que es la tristeza propia por la alegría ajena; la tercera es el placer morboso, que la alegría propia por la tristeza ajena, y la cuarta es la compasión, que es la tristeza propia por la tristeza ajena. Wagensberg sostiene que la alegría empática está en la raíz del progreso social (qué contento me da tu contento), que la envidia está en la base de la resistencia del progreso creativo (cómo me duele tu contento), que el placer morboso está en la resistencia del progreso moral (qué contento me da tu pena) y que la compasión es el motor del progreso moral (qué pena me da tu pena). El progreso moral resulta, entonces, de un tenso compromiso entre dos grandes fuerzas en la que prevalece la compasión que empuja a favor cuando es derrotado el placer morboso que empuja en contra.

Los pasados días de asueto con motivo de la Semana Santa contribuyeron a que pasara un poco inadvertido un fenómeno importante que está en franca expansión; una iniciativa que, sin duda alguna, se inscribe dentro de los actos que contribuyen al progreso moral de la sociedad y que, para fortuna nuestra, se refiere específicamente a una situación que afecta a ciudadanos venezolanos: Me refiero a la conformación de un grupo notable y experimentado compuesto por varios ex presidentes iberoamericanos, de muy diversos signos ideológicos, que han decidido incorporarse como equipo a la defensa de Antonio Ledezma, Leopoldo López y otros presos políticos venezolanos. Como es obvio, se trata de un acto que desborda completamente el alcance de la mera defensa técnica, y que debe catalogarse en un rango de mayor trascendencia tanto política como moral.

El equipo de estos defensores lo conforman, hasta ahora, Felipe González; José María Aznar; Fernando Henrique Cardoso; Andrés Pastrana; Felipe Calderón; Alan García; Alejandro Toledo; José María Sanguinetti; Luis Alberto Lacalle; Sebastián Piñera, y Ricardo Lagos, cuyos años de experiencia acumulada y conjunta hacen particularmente significativas sus declaraciones cuando éstas demuestran un conocimiento perfecto y una opinión formada sobre el fondo del asunto que mantiene detenidos a estos disidentes del régimen que impera en Venezuela.

El gran fundamento jurídico y moral de una iniciativa como ésta guarda cierta relación con una institución de arraigo en todo el mundo (introducida, por cierto, en Venezuela en el juicio contra el ex presidente Carlos Andrés Pérez y sus ministros) llamadaamicus curiae, que consiste en la emisión, por parte de juristas de relieve, de una opinión legal, no solicitada, acerca del contenido de un juicio, sea por la inexistencia de fundamentos para sostenerlo, o sea por causa de la violación de derechos fundamentales de los procesados.

El gobierno venezolano está perfectamente consciente del duro golpe que representa para la credibilidad de sus secuestradas instituciones este acto de compasión y solidaridad, cuyo contenido y envoltorio hacen prácticamente imposible su descalificación. Y como sabe perfectamente cuán mínimo es el margen de maniobra con el que cuenta para combatir esta iniciativa, ha optado por desarrollar, con el mayor grado de habilidad posible, las siguientes tácticas:

1)             Ignorar la existencia de los ex presidentes como grupo, así como la unidad de propósito que los ha motivado a organizarse para combatir la criminalización de la actividad política.

2)             Abstenerse de atacar al conjunto de ex mandatarios, pero arremeter contra las individualidades que, dentro del grupo, el régimen considera -con razón o no-, como más vulnerables y propensas a la descalificación y el descrédito.

3)             Evitar las inevitables alusiones a la naturaleza del grupo para sumirlo en temas de orden doméstico como la defensa técnica, los requisitos para actuar en un litigio, el pago de honorarios profesionales, la necesidad de contar con una visa de trabajo y cualquier clase de nimiedades, todo esto con el objeto de minimizar en lo posible el impacto que deriva de la jerarquía del grupo, su rol fuera de estrados y el verdadero alcance de esta iniciativa.

Todo ello explica las tristes declaraciones del Defensor del Pueblo, que ha sido el vocero específicamente escogido por el régimen para cumplir con el lamentable rol de desaprobar y tratar de convertir en impopular una iniciativa que él debería ser el primero en aplaudir, dada la naturaleza de su cargo (ya devenido en carga, ante cada papelito que le está tocando representar).

Varias décadas de experiencia profesional en el área me han ayudado a reconocer cuáles son las características y señales que terminan haciendo insostenible una causa penal por más «amarrada» que esté. No hay duda de que, en los casos de Ledezma y López, el hecho de que los ex presidentes asocien sus nombres a estas defensas es más que un simple ejercicio de compasión y solidaridad; se trata del aporte que están haciendo de su prestigio, su autoridad moral, su experiencia y la malicia que les ha dado el ejercicio de las funciones más importantes y complicadas de sus respetivos países, para contribuir a la disolución de una infamia.

La actuación de este club de defensores no sólo hará un aporte invaluable a las causas a las cuales se ha sumado. Será una iniciativa esperanzadora en favor del progreso moral, que aún podemos esperar de nuestras sociedades.

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