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El huracán Trump

Una mirada a la política exterior de Washington en América Latina.

«Quiero comprar Groenlandia», dijo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a un grupo de asesores en una reunión en la Oficina Oval de la Casa Blanca, en la primavera pasada del hemisferio norte, y les ordenó que indagaran al respecto. «De ninguna manera», fue la respuesta de las autoridades de Dinamarca y de su territorio autónomo de Groenlandia cuando en agosto se filtró la información en la prensa. «Entonces suspendo el viaje (previsto en septiembre a Dinamarca por invitación de la reina Margarita II)», reaccionó un ofuscado Trump.

Fue un episodio real de relaciones internacionales que asombró al mundo; es tan delirante la propuesta —y trasnochada en términos históricos— que la esencia del hecho parece ser el guion de una película de Peter Sellers, como insinuó un editorial de The New York Times. Pero es una tragedia muy reveladora de los pasos toscos de Trump en un campo minado, de un estilo sin filtro que hace muy difícil ver un pensamiento revelador de una doctrina. La actitud destemplada que echa leña al fuego hasta en lugares insospechados como en la sosegada Groenlandia, terminan desacreditando al jefe de la Casa Blanca.

Una doctrina es una cosa seria y mucho más si estamos hablando de la primera potencia del mundo; es un conjunto de ideas razonadas por parte de un líder o pensador que se deberían reflejar con cierta coherencia en los vínculos de un Estado con el mundo y aceptar, aunque sea de mala manera, el principio realista de la interdependencia.

Una doctrina en materia de relaciones exteriores es una hoja de ruta de largo plazo sobre cómo llevar adelante un conjunto de ideas —con determinados objetivos—, que tiene en cuenta los vínculos con los potenciales socios o amigos, y las alianzas necesarias, las prioridades para hacer efectivas las metas establecidas y las medidas para llevarlas adelante.  Objetivos políticos que se reflejan en una agenda y con un estilo que debería cautivar, en particular a los aliados.

En la historia de Estados Unidos ha habido diferentes doctrinas; cada una de ellas, adecuadas a su tiempo, unas más flexibles que otras, que, en el acierto o el error, marcaron un camino propio de relacionamiento internacional.

Un repaso rápido a la política exterior de Estados Unidos desde la Doctrina Monroe de la década de 1820 hasta el presente, muestra que, con buenos o malos resultados, más o menos inteligentes, hubo políticas pensadas en función de la realidad geopolítica y al papel dominante de Estados Unidos.

Algunos expertos creen que la política exterior de contención, que viene dada desde la guerra fría, sigue en la cresta de la ola, adaptada a las circunstancias, pero hace tiempo que no se advierte una gran doctrina que incluya el conjunto de los intereses de Estados Unidos en la compleja realidad del mundo y de una geopolítica en movimiento.

En ese sentido, el plan o la política de America First de Trump, ¿puede calificarse de una verdadera doctrina de asuntos mundiales?

No parece que defina una doctrina, sino un concepto ideológico que nos habla de una visión conservadora-nacionalista en política exterior que supone una obviedad: los intereses del país están por encima de todo. ¿Hay alguna doctrina en la que el interés del país, directamente o indirectamente, no sea la meta principal?

Aún falta más de un año para que termine el primer mandato de Trump y nadie podría decir que la puesta en marcha de America First en las relaciones exteriores ha tenido siquiera un atisbo de resultado tangible para la vida de los estadounidenses.

El lema America First ha resquebrajado la arquitectura mundial concebida luego de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, en esta era Trump, las definiciones de aliado, amigo, adversario o enemigo son complejas. Nada es muy claro.

A la lucha contra el terrorismo, pergeñada en la Administración de George W. Bush, la política exterior de Trump sumó tres capítulos inéditos: el proteccionismo económico como arma de guerra; una estricta política antiinmigrante; y una lucha más severa contra los países que alimentan el narcotráfico.

Y los capítulos enteramente trumpianos golpean a América Latina.

El látigo de Trump sobre América Latina, después de un año en la Casa Blanca, parece estar siempre extendido sobre los países de la región que a su juicio hieren el America First. Todos ellos son víctimas de su furia. La usual estrategia de poder blando —como la practican Rusia y China para seducir a los latinoamericanos— ha sido reemplazada por amenazas, advertencias y escarmiento, un trípode autoritario que en algún momento deviene en resentimiento.

El America First cuyo blanco son los inmigrantes que llegan a EEUU, hiere a México y hoy mucho más a los pobres del Triángulo Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras) que escapan de la violencia y de los males de la economía hacia el país del sueño americano, pero en el camino sufren todo tipo atropellos hasta en la más mínima dignidad de las personas.

El desaire a la reina Margarita II, también lo sufren en carne propia los mandatarios latinoamericanos y de una manera descarnadamente dañina. El presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador no tuvo más remedio que poner en marcha un severo plan regulatorio cuasi policíaco ante la amenaza de Trump de colocar o subir aranceles al comercio que provocarían un enorme daño a la economía. Los países del Triángulo Norte enfrentan millonarios recortes de programas estadounidenses que habían contribuido a ciertas mejoras sociales, hasta que no le demuestren a Trump resultados concretos en la lucha contra los migrantes en sus fronteras.

Hasta la amigable Colombia, uno de los principales aliados históricos de Estados Unidos en la región, ha recibido el rezongo público de Trump por el aumento del negocio del narcotráfico que está haciendo estragos, pero sin reconocer Washington la responsabilidad que le cabe en este complejo problema. El pasado 29 de marzo, Trump dijo que el presidente Iván Duque es «muy buen tipo» [pero] no ha hecho nada por nosotros», una frase que descolocó al joven mandatario colombiano.

Al mismo tiempo, la política exterior estadounidense parece influida por las simpatías personales de turno de Trump que se refleja, por ejemplo, en el trato que le dispensa a su colega brasileño Jair Bolsonaro, con quien tiene un excelente feeling. Un vínculo aceitado por una música populista de derecha y una evidente coincidencia en el ejercicio de la política. Sin embargo, los mutuos mensajes de elogios en las redes sociales y promesas de alianza, todavía están en la órbita de las buenas intenciones.

Si no fuera porque la imagen menoscabada de China por la crisis en Kong Hong, uno se animaría a creer que el régimen de Xi Jinping tiene el campo algo despejado en América Latina como para hacerse sentir aún más en la región. Hay una evidente tendencia a la baja en la inversión estadounidense, e incluso hasta en los programas de asistencia, que deja una rendija abierta que puede ser aprovechada por Pekín, animada incluso por la guerra comercial de un final incierto.

A medida que China emerge como un rival más serio, las reacciones ásperas de Estados Unidos representan un riesgo.

«Vivita y coleando»

Un capítulo aparte merece el triángulo del terror conformado por el cáncer de Cuba y las metástasis en Venezuela y Nicaragua, el eje del mal que la Administración Trump ansía derribar a influjo de los halcones que rodean al jefe de la Casa Blanca.

Tres países, pero el mismo problema de dictaduras de izquierda que tiene como aliados naturales a China y Rusia, dos enemigos de EEUU en el marco de una incipiente nueva geopolítica en la que está en juego cambios en la hegemonía mundial.

Trump intenta evitar que ello ocurra, pero nadie sabe hasta dónde estaría dispuestos a llegar, y mucho menos luego de la sorprendente salida de John Bolton, como consejero de Seguridad, el pasado martes 10, un halcón combativo que se hacía sentir por sus recomendaciones de mano dura en Venezuela, pero también en Afganistán, Irán y Corea del Norte, que inquietaba a otros asesores del presidente. Muy sugerente es que la dimisión ocurra en un momento en que el jefe de la Casa Blanca está intentando abrir una ventana diplomática con algunos de sus demonios.

Hay que esperar los próximos pasos de Trump —el primero de ellos, conocer quién será el cuarto consejero de Seguridad— para saber si «la doctrina Monroe está vivita y coleando», como llegó a decir un entusiasmado Bolton, promotor de una guerra sin cuartel contra los enemigos de Washington, una postura extrema que hasta hace 48 horas el presidente decía que lo ayudaba en las negociaciones con sus enemigos.

En América Latina, los consejos de Bolton pudieron avanzar hasta la máxima comprensión de los torniquetes que asfixian a Cuba y Venezuela, pero que no han sido suficientes para la caída de ambas dictaduras. En el caso de Venezuela, peor aún porque cada día que Maduro sigue en Miraflores, significa un día más de frustración y de fracaso para Trump.

Es muy difícil proyectar el rumbo del barco que timonea un presidente temperamental que parece tomar decisiones impulsivas. Lo único que es seguro es de que existe una marca Trump en política exterior que está dejando huellas en un incierto mundo nuevo, de una feroz puja entre Estados Unidos y China por el poder económico y tecnológico, y que libra una pelea en solitario. Es un controvertido protagonista de una guerra fría del siglo XXI en la que América Latina, como ocurrió con la versión más ideológica del siglo XX, está quedando atrapada.

Es un presidente que no invade países como quisiera Bolton, pero está dispuesto a hacer una oferta para comprarlos.

Diálogo Político es una plataforma de difusión de ideas del Programa Regional Partidos Políticos y Democracia en América Latina de la Fundación Konrad Adenauer

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