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El poder y la muerte

La revolución argelina fue uno de los grandes íconos de la lucha anticolonial en el siglo pasado, y alentó la rebeldía juvenil que hizo proliferar los frentes de liberación nacional como en Nicaragua, donde se fundó por esos mismos años el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Imperialismo, colonialismo, tiranos cipayos, venían a ser parte del mismo lenguaje aprendido en las páginas de Los condenados de la tierra de Franz Fanon, el profeta de aquellos tiempos incandescentes.

Abdelaziz Bouteflika, el actual presidente de Argelia, viene desde ese pasado que ahora parece tan remoto en el siglo veintiuno, sobre todo a los jóvenes. Se alistó a los 17 años de edad en aquella guerra que buscaba liberar a su patria de la égida colonial francesa, y tras la independencia conquistada en 1962 entró y salió de la cúpula del poder a lo largo de las décadas. Por fin llegó a la cúspide absoluta en 1999 al ganar las elecciones, para sumar ahora cuatro periodos.

Un total de veinte años en el poder, siempre triunfador por abrumadora mayoría de votos, tan abultada que desde lejos huele a fraude y engaño, en un país que lejos de los tiempos heroicos de la independencia, sufre la carcoma de la corrupción.

Ha envejecido, pero parece que no lo sabe, o no quiere darse cuenta. Ya tiene 82 años, más que suficiente para sentarse a contemplar el pasado de la propia vida. Pero desde su lecho de enfermo en un hospital de Ginebra, ya a las puertas del fin de su cuarto periodo, anunció que se presentaría por quinta vez como candidato.

Es la ambición del poder sin fin, hasta la muerte, o si se pudiera, más allá de la muerte. El asunto es que los jóvenes que llenan las calles en tumultuosas manifestaciones en su contra, como no se veía desde la primavera árabe de 2010, no quieren saber nada de él. Quieren que se vaya. Entonces, mandó decir que ya no se presenta, y que llamará a elecciones, pero sin poner un plazo. Es decir, siempre se queda.

Si la gente no quiere saber ya nada de él, tampoco su propio cuerpo. Bouteflika sufre de una ancianidad penosa, y la lista de sus males se vuelve profusa. Tras un derrame cerebral severo, ha quedado sin la posibilidad de darse a entender de voz, y lo que quiere decir debe ser explicado por los médicos que lo custodian; cuando traga la comida  el bocado suele desviarse a las vías respiratorias, lo que le causa infecciones severas en los pulmones; sus funciones neurológicas están deterioradas, y debe ser movilizado en una silla de ruedas.

Su condición clínica es de “riesgo vital permanente”, y  está lejos de hallarse habilitado para gobernar. Pero insiste. Se cree insustituible. Sufre el síndrome del poder para siempre, tan conocido entre nosotros, obcecado en su ambición aunque sea al borde de la tumba, o convertido en su propia fantasma mudo.

Pero por mucho que no pueda articular palabra, y se escape de ahogar cada vez que da un bocado, aunque tenga que ser asistido para realizar sus funciones fisiológicas, que su dormitorio haya sido convertido en un cuarto de hospital, que tenga una guardia médica veinticuatro horas al día, que deba acudir a una mascarilla de oxígeno, no cede, no se rinde. Prisionero de la enfermedad no la toma en cuenta, y si lo hace sopesa entre la enfermedad, que se queda en ilusión, y el poder, que se torna la realidad. El peor de los delirios.

En su balance, cada vez que abre los ojos rodeado de aparatos, tubos y batas blancas, se impone su amor malsano al poder aunque de verdad ya no lo ejerza, y otros se lo repartan para mandar en su nombre. No se reconoce como paciente geriátrico. El dolor, la incapacidad física, son prescindibles; lo que importa es no salirse de ese cono de luz que nunca va a apagarse aunque en el escenario lo que los reflectores alumbren sea su lecho. Una puesta en escena en la que atrás suena una fanfarria militar.

Y seguramente alguien le sopla al oído: usted es imprescindible, Excelencia, volverá a recuperarse, saldrá de nuevo al balcón para escuchar ese rumor inmenso de las multitudes, ese bramido que es como el del mar. Ese es su verdadero alimento, el único que no se va a las vías respiratorias. Y todo debe ocurrir como en sueños donde no se cuelan los gritos de verdad, los que exigen su marcha.

Pero Bouteflika y sus pares, porque los ejemplos sobran, tampoco conciben la muerte como algo que pueda afectarlos a ellos, en lo personal. La muerte es algo que ocurre a los demás. Un mal ajeno. Algo que le pasa sólo a los enemigos.

Es lo que consigna Oriana Falaci en su célebre entrevista  del año 1972 al emperador Haile Selassie, quien entonces ya tenía 80 años. Ella hizo una pregunta final que lo desconcertó: “¿cómo mira a la muerte? Él se mostró extrañado: “¿A qué? ¿A qué?”, preguntó a su vez. “A la muerte, Majestad”, insistió ella. Y eso desbordó la paciencia del soberano, que ahora sí parecía haber comprendido: “¿La muerte? ¿La muerte? ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde viene? ¿Qué quiere de mí? ¡Fuera, basta!”.

Allí, entre las paredes inexpugnables de su palacio de Addis Abeba, la periodista era para él la embajadora de la muerte, o la muerte misma que le recordaba lo indeseado, o lo que no existía del todo, o no debería insistir. Moriría tres años después, pero por supuesto no lo sabía, ni querría saberlo.

El poder para siempre, regalo de los dioses, o de la represión sangrienta y los votos falsificados,  es consustancial con la idea de inmortalidad. Y se convierte en una piel que jamás se arruga, recubre el cuerpo del que lo detenta renovándose una y otra vez, como las mudas de las serpientes.

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