OpiniónOpinión Nacional

El reinicio de clases presenciales en tiempo de pandemia

El papel de la docencia es un duro debatir diario por brindar orientación y mostrar los elementos de la realidad en su razón adecuada y no adecuada, para la toma de decisiones por parte de las personas que les toca la inmensa responsabilidad de decidir. Me preocupa que en el mundo civilizatorio contemporáneo, en la mayoría de los Estados Nacionales modernos, el espíritu del hombre-masa se proyecta  a buscar a complacer a sus líderes políticos, y no en hacerlos parte de un proceso racional de toma de decisiones, donde prevalezca la cordura, lo ético y la protección expresa de la humanidad.

En el caso de Venezuela, país que a diferencia de los cables internacionales, no es un país que se está desmoronando bajo el Gobierno de inconscientes y apátridas, sino un país padeciendo una crisis económica, social, política y cultural, inducida por grupos de presión que aspiran más que liberar a un país, llegar al poder. Si la oferta de los grupos de oposición fuera sincera, auténtica, real y sobre todo ausentes de la misma corrupción que le acusan al Gobierno, entonces se podría hoy hacer mención de un movimiento de oposición con oportunidad de llegar al poder en legitimo consenso.

En esa realidad venezolana el Presidente Nicolás Maduro, ha planteado la necesidad de comenzar una consulta nacional sobre lo pertinente o no de comenzar las actividades escolares en la modalidad presencial en todos sus niveles del sistema educativo. El planteamiento del Presidente fue: “Pudiéramos estudiar una modalidad para el mes de octubre, pero quiero que ustedes me estudien las opciones que tenemos…Creo que es necesario, creo que lo podemos hacer de manera segura, equipando las escuelas, los liceos, y pudiera ser estableciendo franjas. Si un salón de clases tiene 40 estudiantes, van 20 estudiantes a clases el lunes y martes, y 20 estudiantes miércoles y jueves, por ejemplo. Estoy pensando en voz alta…”

La propuesta es necesaria que sea abordada con seriedad y responsabilidad, y no con la postura burlona de grupos académicos que siguen apostando a la división y al desprestigio de nuestro sistema político. Antes que nada es importante identificar la conducta social del docente y de los estudiantes: ¿somos una sociedad disciplinada para acatar las instrucciones de cuidado y protección, bajo la figura del aislamiento social voluntario?  La sociedad venezolana  cultiva la fraternidad y la camaradería, pero descuida su horizontalidad en el cumplimiento de instrucciones y mandatos; es una sociedad sin disciplina social activa, porque no se puede negar que es una sociedad apegada a las instituciones democráticas, pero no pone en práctica un cuidado permanente en su interacción social, siendo imprudentes y descuidados en ese tipo de acción, lo que los coloca en un plano de vulnerabilidad desde el punto de vista del cuidado a contraer infecciones virales.

Revisando algunos referentes acerca de la situación de vulnerabilidad de docentes y estudiantes universitarios venezolanos en esta condición de riesgo de contraer el coronavirus (tomando estadísticas de varias Universidades nacionales autónomas y experimentales, en sus registros de seguridad social), se muestra para el 2019, un porcentaje entre el 45% y 55% de afecciones diversas que colocan en situación de vulnerabilidad inmunológica a docentes y estudiantes; este tipo de afecciones es la que tiende a complicarse al contagiar de coronavirus y en un porcentaje del 1 al 2%, llegan a ser fatales.

El estudio titulado “Efectos de la crisisdel coronavirusen la educación” (España, 2020), cuyo grupo de investigación lo conformó   Ismael San (Departamento de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlo), Jorge Sainz (Departamento de Economía Aplicada de la URJC) y Ana Capilla (Universidad Francisco de Vitoria), con auspicios de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), llegaron a la conclusión de que la “…pandemia provocada por el coronavirus ha impactado en todos los ámbitos de la actividad social, económica y, por supuesto, educativa. Los niños y adolescentes pueden ser vectores de contagio del virus y todos los países afectados han optado por el cierre de las instituciones educativas…” Ahora bien: ¿cuáles pueden ser los efectos académicos del cierre de los colegios? ¿Cómo afecta al abandono educativo? y ¿Qué medidas son necesarias para reducir el impacto? Son medidas que no solamente recaenen los responsables políticos o en las autoridades educativas, sino también en los propios representantes y estudiantes, demostrando que la lucha contra el Covid-19, es una responsabilidad compartida; tal como lo expresa Antonio Cabrales (Department of Economics University College London), los docentes “…de todo el mundo, da las clases por Internet. Da igualcómo, pero dadlas. Estudiantes, id a esas clases. La curva de capital humano hay que doblarla, pero hacia arriba…”

El asunto no es la modalidad en que se ofrezcan los planes de prosecución, sino que los actores sociales involucrados, docentes y estudiantes, participen activamente en las estrategias pedagógicas virtuales ingeniadas para mantener activas las clases. La realidad es que un 70% de estudiantes activos deUniversidades, en el primer semestre del 2020, estuvieron ahí, batallando con el internet, con las herramientas telemáticas para poder cumplir los objetivos instruccionales de cada disciplina de formación. La tarea no ha sido sencilla pero se ha estimulado el músculo educativo para alcanzar lograr la meta de prosecución y culminación de los períodos escolares respectivos.

Ha habido una crítica aguda a la idea de la prosecución del sistema educativo, pero no ha sido una crítica solamente en Venezuela, sino en el mundo. Han coincidido en que la educación virtual no cuenta con una sólida plataforma para encarar los retos de la formación de profesiones universitarias que exigen actividades prácticas, como la ingeniería y el área de ciencias de la salud, en las cuales se trabaja con simuladores pero requieren del trabajo de cátedra, de interacción con la praxis para una formación holística e integral.

En este sentido, hay voces especializadas que han expuesto, como es el caso de Douglas Harris, del Brookings Institution, que  el cierre de los centros educativos ofreció una valiosa oportunidad para impulsar actividades especiales de tipo académico que exija la contratación de nuevos docentes para apoyar a los estudiantes rezagados y así favorecerlos y crear la probabilidad de quedarse en entornos que no son ideales para el aprendizaje. Si esta modalidad brinda más o menos formación, no se discute, es un asunto personal, donde cada estudiante, con su docente, va recreando las acciones que les conduzcan a un logro de los objetivos instruccionales.

Ahora bien: ¿Estamos en condiciones de activar un regreso a la modalidad de clases presenciales en Venezuela en todos los niveles educativos? De querer estar en condiciones, estamos; hay una revisión adelantada de los contenidos curriculares que nos adecuan a un proceso formativo bajo condición especial que lleva la modalidad presencial a ser dosificada en pequeños grupos y en tareas dirigidas para la casa, puede entenderse esta realidad como la semi-presencialidad en su máxima expresión; donde estamos débiles, y no entiendo por qué (ya que hay alianzas estratégicas con países que están adelantados en el manejo de tecnología de punta y de redes telemáticas de información), es en las plataformas educativas vía internet y en el servicio eléctrico. Esto último, hay acciones que se pueden comenzar hacer, pero para ello es necesario coherencia en las solicitudes que como Estado se puedan se haga a países que han mostrado interés en ayudar a Venezuela a mejorar su generación y distribución eléctrica. La oposición ha jugado un papel muy triste en esta historia, pretendiendo poner contra la pared al Gobierno, aniquilando las condiciones de vida de los venezolanos en servicios y calidad.

Según expone Joshua Goodman (de la Universidad de Harvard), cuando evaluemos a los estudiantes “…dentro de un año, descubriremos que las brechas de rendimiento por nivel socioeconómico se han ampliado. Diferencias en el acceso a la tecnología, apoyo de los padres, seguridad económica”. En la realidad venezolana, los estudiantes que han estado atentos a cumplir sus actividades de clases en la modalidad virtual lo han logrado a través de una inversión personal importante, el Estado ha puesto condiciones muy generales, las cuales no son suficientes. Se necesita equipar las instituciones educativas para ponerlas a tono con la capacidad de clases semi-presenciales, y no pensando en una aparente normalidad que nos devuelva al aula de clases pero que descuide nuevamente la experiencia virtual.

En Venezuela la Universidad Nacional Abierta, con modalidades a distancia y virtual, tuvo su experiencia exitosa en la década de los ochenta y noventa del siglo XX, pero no alcanzó levantar vuelo para el siglo XXI; lo arcaico de su plataforma tecnológica y la ausencia de una planta profesoral formada para entornos virtuales de enseñanza y aprendizaje, lo está llevando hacia la semi-presencialidad de manera inevitable. Esta realidad hace necesario que el Gobierno, como regente del Estado, internalice que lo que podemos hacer en lo inmediato es fortalecer la prosecución académica mejorando las plataformas de comunicación en los planos informático y telemático. Dotando a las Universidades de equipos de tecnología que le aseguren a los docentes contar con un espacio o con herramientas de apoyo, donde puedan dar sus clases y orientaciones de manera integral, y no dependan de condiciones individuales que les hacen endebles anta la poca capacidad adquisitiva que hoy tiene el funcionariado público asalariado del país.

He manifestado, en diversos foros y espacios de debate público, el apoyo que se le puede dar a los docentes que cuentan con tecnología informática y que la usan como herramienta de trabajo, y es en lo concerniente a un bono especial para que ayude a cubrir los costos del internet privado (el de CANTV, tiene renta solidaria pero no todos tienen acceso a él), para que ese incentivo coadyuve en el logro de los objetivos instruccionales de sus subproyectos o materias. Lo que intento hacer ver es que si el Gobierno, como política de Estado, no interviene en dotar al sistema educativo de condiciones para la prosecución, ésta terminará dando traspiés y terminará devastada en su intención, buena y sana, de mantener la actividad educativa a pesar de las condiciones duras de la pandemia mundial.

Por otra parte, la posibilidad de bajar el listón de flexibilidad en el aislamiento social voluntario para minimizar contagios de corona virus, es un asunto donde se valora que el venezolano es “obediente”, pero no “disciplinado”, la posibilidad de disparar la línea de contagios hasta índices descontrolables, está a la vuelta de la esquina. Eso funciona para sociedades como la alemana, la china y la japonesa, pero no para nuestra idiosincrasia. Somos un pueblo caliente, de mucha interacción, de mucha piel y amapucheos; eso está en nuestro ADN, difícil de dominar y controlar, así tengamos los mejores argumentos del mundo para actuar de manera contraria. No basta campaña publicitaria y amenaza, para limitar la capacidad de amar y de ser fraternal de nuestra gente, por ello hay que implementar medidas impositivas y mantener el distanciamiento, por duro y robusto que sea, porque de eso depende nuestra supervivencia como país y como sociedad.

Ya la UNESCO, ha alertado del posible incremento del abandono escolar como consecuencia del cierre de las escuelas; se hace difícil lograr que algunos estudiantes regresen a las instituciones educativas y permanezcan en el sistema cuando la situación de riesgo de la pandemia pase; este efecto se ha visto en ciudades como Filadelfia, donde los docentes de la University of Pennsylvania Steimberg y MacDonald, han detectado que más allá de los efectos académicos, el cierre de los espacios educativos tiene efectos sobre el comportamiento de los estudiantes, incrementándose las ausencias injustificadas, lo que a largo plazo afectará al abandono de la actividad educativa entre los estratos más desfavorecidos, argumentando que las necesidades y la posibilidad de puestos de trabajo que no exijan formación profesional avanzada, es el mejor aliciente para ganarse la vida.

Un ejemplo alegórico a esta realidad son las pocas empresas agro-industriales del país que pagan en moneda dura a sus trabajadores, llegando a fortalecerse su capacidad adquisitiva entre un 80 a un 85%, en contraste con los profesionales universitarios que viven de un salario integral y que reciben bonos especiales como parte de la política social del Gobierno. Esos empleados de la agroindustria con solamente tener habilidades y destrezas básicas pueden asegurar la subsistencia en este tiempo de crisis, mientras que profesionales con  dos o tres títulos de postgrado, terminan haciendo trabajos que no exigen mano profesional calificada, deteriorando su valor productivo en la sociedad y siendo un ejemplo para la justificar acciones de deserción estudiantil.

Esta realidad lleva a la sociedad a una  reducción en el nivel educativo de los estudiantes que experimentaron el cierre de las instituciones educativas,  aumentando su desempleo y reduciendo los niveles decualificación de las ocupaciones en las que están empleados cuando llegaron al mercado laboral con respecto a otras generaciones que no experimentaron esos cierres; el efecto, expresa el estudio de San, Sainz y Capilla (2020),  sobre “…el desempleo será algo inferior, dado que toda la población joven se ha visto afectada por esta interrupción de la formación. Adicionalmente, su repercusión no ha sido sólo en un país, sino en todos los países. Es decir, que ninguna nación no sufrirá una pérdida de competitividad en relación con el resto a los que esta crisis haya afectado de una forma similar.

En un aspecto puntual, según informe de la Organización Mundial de la Salud (junio, 2020), el daño ocasionado por el confinamiento será mucho mayor que cualquier daño del covid-19 que se haya evitado; sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar en la segunda mitad de mayo hasta casi duplicarse el número de nuevos casos, de 800 hasta 1.500 en menos de 30 días. En varios países o regiones donde ha habido un relajamiento de las restricciones sanitarias los casos de contagio se han disparado de manera superlativa; los más grandes han sido detectados en América y Medio Oriente; la epidemia de covid-19 difiere según la región. Entonces, una segunda ola en un país o Estado podría verse diferente de la de otro; estaría indicada por un pico en los casos después de un período de disminución constante tras el pico inicial.

Para que haya un levantamiento seguro de las medidas de cuarentena y se pase a una etapa de ampliación y flexibilidad en las actividades educativas, se necesita la activación efectiva y comprobada, de una vacuna que detenga los contagios; de allí que se dé un tiempo de erradicación total del virus y que se alcance a vacunar un 60% de la población en una primera oleada, para luego ir por el otro 40% que termine de erradicar la posibilidad de esa situación de pandemia mundial. Los expertos dan como fecha aproximada para esta realidad, el primer semestre del 2022; pensar que antes de esta fecha puede haber normalidad en las actividades de clases del mundo es muy temerario. Lo que hay que hacer es fortalecer la modalidad de educación virtual y proyectar, después de pasar esta situación de excepción, la formalización de la semi-presencialidad como la regla de oro a seguir en la construcción de los contenidos curriculares de todo el sistema educativo venezolano. Esta visión de semi-presencialidad ampliará la oferta académica y mejorará la capacidad de respuesta de las Universidades a los objetivos y metas académicas que se plantea alcanzar.

Tomar el camino correcto no es hacer las cosas de manera atropellada, no podemos plantear en las actuales condiciones sociales y de salud, un retorno a la academia presencial; no hay excusa que justifique esa decisión, porque así exista el 1% de vulnerabilidad inmunológica de docentes y estudiantes, ya es un riesgo que no se puede correr. No es un asunto de miedo o de temores infundados, es un asunto de racionalidad, de sentido común y de asumir que se debe invertir en dotar a las instituciones educativas de las condiciones para que los docentes articulen la virtualidad de manera efectiva, y no se espere que la buena suerte lleve las actividades a buen término. Los docentes necesitan de apoyo directo del Estado para cumplir lo que su vocación y sus principios formativos le llaman a realizar, que es una formación holística e integral, donde todos se vayan formando acordes a los principios curriculares y estratégicos de la pedagogía moderna.

Es útil conocer las experiencias de otros países que han ido experimentando el levantamiento de las restricciones producto de la cuarenta por el coronavirus. Según describe José Ángel Plaza López (El País, mayo, 2020), en su ensayo “La escuela después de la pandemia: del aula huevera a la hiperaula”, el cierre de todos los centros educativos derivó en un ensayo forzoso de nuevas formas de enseñar, aprender y evaluar; no “…estábamos preparados para transformar de una manera tan brusca un sistema educativo que, salvo excepciones concretas, es presencial por definición y que solo en sus etapas obligatorias involucra a millones de alumnos y a un contingente importante de  profesores…(Durante) los últimos 20 años se ha insistido en el impacto de la tecnología en lo educativo y se han definido marcos teóricos sobre las competencias digitales de estudiantes, docentes y los propios centros, el confinamiento ha revelado que no existían tantos avances como se presuponía en pedagogía digital a la vez que evidenció la persistencia de tres grandes brechas digitales vinculadas a la escuela…La primera es la conectividad, dado que siguen existiendo hogares sin Internet. La segunda, la del acceso a dispositivos adecuados para la formación en remoto, puesto que es difícil contar con un ordenador para cada miembro de la familia. Y la tercera es la relacionada con el uso adecuado de la tecnología, es decir, la capacidad para aplicar los recursos y habilidades más idóneos para resolver cada tarea. Atajar estas brechas y potenciar las competencias digitales de alumnos y docentes son dos retos que urge resolver para encarar con todas las garantías el curso lectivo 2020-2021, en el que podría darse un mestizaje entre educación presencial y virtual propio de esa nueva normalidad que obliga a seguir tomando medidas de seguridad como prevención ante posibles repuntes del coronavirus…Hay que hacer los espacios más flexibles para reorganizar grupos cuando sea necesario…”

Ahora bien, valga preguntarnos: ¿cómo educar a los alumnos para que sepan desenvolverse en una sociedad cambiante? Una de las claves es saber aprovechar la tecnología material que tenemos junto a las tecnologías sociales que se desarrollan sobre ella, entiéndase redes, grupos colaborativos, cooperación entre personas con independencia del espacio físico, entre otros; para organizar un contexto de aprendizaje más útil, eficaz y eficiente.

En este sentido, explica Plaza López (2020), el docente apuesta por romper con la rigidez del aula huevera tradicional, “…donde el profesor predica desde la tarima a un conjunto de alumnos en pupitres inamovibles (dispuestos y alineados como huevos en una huevera), y evolucionar hacia la hiperaula, un concepto que impulsa nuevos modelos de aprendizaje gracias a la reorganización del espacio, del tiempo y de las relaciones entre docentes y estudiantes”.

Esto consiste en abrir los espacios, ampliarlos y hacerlos más flexibles con un mobiliario que permita reorganizar grupos en función de las necesidades del momento y que facilite la co-docencia, es decir, la presencia de dos o más profesores en la misma aula para trabajar de manera multidisciplinar.La co-docencia y multidisciplinariedad, afirma Plaza López (2020), “…de la hiperaula fomentan la resolución de retos de manera colaborativa, lo cual ayuda a desarrollar habilidades blandas como la autonomía en el aprendizaje, la empatía o el pensamiento crítico con las fuentes de información, destrezas muy útiles para enfrentarse a momentos de inseguridades, incertidumbres y cambios constantes. La reflexión importante es cómo trasladar a un contexto online estas metodologías activas para responder de manera eficaz a un escenario futuro que puede mezclar enseñanza presencial y virtual…”

En el caso de experiencias en el levantamiento de las restricciones de cuarentena, valga la de Uruguay que al igual que sucede en Japón, las clases presenciales se han reactivado, pero no volvieron todos los días ni durante todo el horario habitual. Lo que tenemos hoy en día es un ecosistema de semi-presencialidades muy diverso; los protocolos vigentes, acordados entre las autoridades de la educación y sanitarias más los docentes, indican que las jornadas no pueden extenderse por más de cuatro horas diarias; y cuando los salones no permiten los dos metros de distancia social, los compañeros de clase son divididos en dos grupos, unos concurren lunes y martes, por y otros jueves y viernes; los recreos son escalonados y sin juegos que habiliten el contacto físico; respecto a la sanidad en particular, los salones se higienizan, desinfectan y ventilan después de cada jornada, pero la toma de temperatura a los alumnos quedó librado a la voluntad de cada centro. Los tapabocas son obligatorios, una costumbre que se ha extendido en la sociedad uruguaya a pesar de tampoco estar reglamentado. Pero:¿por qué se le ha dado con bien esa flexibilización en Uruguay y en qué nos diferenciamos de esa sociedad para esgrimir que no nos puede ir igual? Porque somos una sociedad obediente, no disciplinada; los uruguayos son más dados a la vida sin prejuicios y abierta, sin tanto peso a la tradición conservadora y menos a la idiosincrasia cultural de la vida social, pero atienden con disciplina las instrucciones y son un país cuyo nivel de vida les ha permitido tener acceso a una información más directa y permanente para comprender los riesgos de no acatar de manera absoluta las disposiciones sanitarias al respecto. Es el tipo de persona que usa la mascarilla con el rigor y la técnica, y cuida no poner en riesgo su entorno social activo. El venezolano es entendido de las instrucciones y las internaliza, pero le cuesta cumplirlas con rigor; usa la mascarilla en razón de su comodidad, no de la técnica, y fácilmente descuida cuidar su entorno, algún estornudo, alguna indiscreción sobresale y rompe el cerco de seguridad. Esa es la realidad, y otro factor que le da peso específico a esto es que somos más gente en Venezuela que en Uruguay. En concreto, debemos asumir con responsabilidad esta decisión de abrir o no la presencialidad en el sistema educativo, está en juego la vida y la salud de todos.

[email protected]

Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de analitica.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal
Fundado hace 24 años, Analitica.com es el primer medio digital creado en Venezuela. Tu aporte voluntario es fundamental para que continuemos creciendo e informando. ¡Contamos contigo!
Contribuir

Publicaciones relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te puede interesar

Cerrar
Botón volver arriba
Cerrar