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El silencio de la disidencia

La política siempre ha sido ávida en su ejercicio de gobernar realidades promisorias. Sin duda, Venezuela representa una de esas realidades. Sus potencialidades geográficas, avivan la codicia de quienes logran el poder político. Sobre todo, si acaso son individuos sin dignidad, pudor, ni honor.

Y cualquier análisis de la situación que reviste Venezuela, como territorio dotado de condiciones, potencialidades y capacidades que evidencian privilegios únicos en el contexto latinoamericano, hace verla a merced de quienes buscan alcanzar propósitos de retorcida maquinación. Y el ejercicio de la política, provee fórmulas que hacen viable allanar tan prometedoras realidades.

Ya Napoleón Bonaparte, militar y estadista francés, había referido que “nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen los hechos”. Tal cual, es la situación que caracteriza a Venezuela. Particularmente, desde 1999 cuando el ejercicio de la política comenzó a desnaturalizarse. Fue, cuando la crisis moral comenzaba a arrasar todo flanco de la vanguardia desde donde, por un tiempo, pretendió inculcársele razones de desarrollo, honestidad y de cultura política al país. Aunque sin demostrables resultados.

Tristemente, vale reconocer que entre tanto traspiés que hundió a Venezuela en el marasmo causado por una mentada revolución que sólo sirvió para insuflar el bolsillo de altos y medianos funcionarios del oprobio socialista, innumerables reveses fueron perfilando el horror que moldeó la gestión de aquellos militaristas enfermos de poder y corrupción.

La degradación del Estado venezolano, motivó la desorganización de la institucionalidad sobre la cual se edifica la ciudadanía. Pero en medio de los conflictos que se dieron a consecuencia de las protestas que levantaron sus voces contra el régimen, las realidades políticas se opacaron. Al extremo que las instancias que la población encontró para deslastrar sus inquietudes y avivar sus esperanzas de reconquistar la democracia robada por el mismo régimen socialista “a punta de pistola”, fueron apocándose.

Fueron apocándose a consecuencia de una “oposición” que, en principio, fue violentada por medidas y determinaciones que judicializaron sus derechos constitucionales. Oposición ésta representada por facciones políticas vistas como exponentes de la pluralidad política confiriéndole así sentido a la política. Dichas facciones, actuando en nombre de la “oposición democrática”, dejaron seducirse por acuerdos establecidos con las cúpulas del régimen. Ello dejó expuesta la traición que en el fondo fue develándose.

Abriendo la Caja de “Pandora”

Esa situación dejó abierta la “caja de Pandora” cuyo contenido guardaba crudas deformidades que al quedar libres, convertirían a Venezuela en una desgracia hecha país. Y gobernada por demonios instruidos para desfigurar, desacomodar y destruir el ambiente de pluralismo político alcanzado. 

Ahora, en la actualidad, no sólo pesa la carencia de una cultura política en dirigentes de facciones políticas vendidas al régimen saboteador. De ahí puede decirse que sobre Venezuela se ha extendido una gravada carga de actitudes dañadas por la codicia enfermiza que padecen buena parte de quienes ayer se arrogaban la fuerza para emprender su lucha a favor de la democracia.

Hoy se han invertido los papeles. La ausencia de políticas de Estado ha hecho que las instituciones del Poder Público tanto nacional como regional,  se torne en razón para alterar las misiones que rigen importantes organizaciones públicas. Por ejemplo, la Policía se convirtió en estamento al servicio de políticos o de intereses nacionales, regionales o locales,  malsanos. Las autoridades buscan violentar todo derecho humano con la excusa de revalidar el concepto de “patria” que mejor se adapta al ideario “revolucionario”. Un concepto, que ha quedado bastante maltrecho.

La situación que se vive está definida por organismos públicos que lejos de realizar lo que las leyes ordenan, se han dado a la tarea de usurpar funciones que no le competen o que improvisan, contribuyendo de esa forma a desordenar la institucionalidad trazada por la Constitución.

Al momento de buscar la  defensa en consonancia con las libertades y derechos humanos, cualquier oficina pública se sale con la suya para beneficiar los intereses del autoritarismo. O en todo caso, las finanzas de cualquier alto funcionario representativo de la misma. Tanto se ha desmoronado el país, que la educación, por ejemplo,  se ha replanteado.  Pero desde el dominio de la ignorancia y la incultura.

A la hora de buscar respuestas por parte de representantes de la manida “oposición”, no se encuentran por ninguna parte. Desaparecieron. No hay una voz de alzada que hable en resguardo de tantas desgracias que aquejan al venezolano. Por eso, el régimen se ha abocado a impedir que la gente hable.

Todo está puesto al  servicio de la mentira, de la inversión de la moralidad y la ética. Asimismo, de la radicalización de la violencia como recurso de “paz, tolerancia, conciliación y convivencia”. Por tanto, se deduce que la estrategia que le ha resultado expedita al régimen, reza: “divide y vencerás”. Pues al tener una “oposición” comprada y sometida, sólo podría pensarse en que el país está ante una realidad determinada por el acordado y totalitario asunto de procurar el silencio de la disidencia.

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