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El “trumpazo” del 4 de febrero de 2020

El “Trumpazo” del 4 de febrero del 2020 fue un golpe maestro. De un sonoro taparazo destruyó el largo y paciente trabajo de los cubanos que venían reclutando idiotas desde hace varios años, idiotas o tontos útiles que disparaban contra Juan Guaidó y le dificultaban el trabajo que conduce a la caída de Maduro y el cese de la usurpación. Esos idiotas o tontos útiles lo estaban haciendo muy bien, o creían que lo estaban haciendo muy bien, y daba la impresión de que pronto lograrían acabar con Guaidó, lo que habría significado un duro descalabro para quienes queremos el retorno de la democracia a Venezuela. Hablar pestes del joven guaireño, poco a poco, se había convertido en una manida y falsa demostración de independencia y libertad. Los que lo hacían ejercían un derecho inherente a la democracia, el derecho a disentir, y con ese ejercicio iban minando poco a poco la fuerza de la Asamblea Nacional legítima y la posibilidad de acabar con la usurpación. No era sencillo para quienes defendemos la democracia contrarrestar la acción de los que criticaban a Guaidó sin dar la impresión de queríamos coartar el derecho a disentir de los “rebeldes”. Los que se “rebelaban” de buena fe no entendían que le estaban haciendo el juego a los cubanos y a los chavistas, o que habían caído en un juego perverso incitados por los cubanos y los chavistas. Creían que se trataba de algo legítimo e importante y hasta noble. Estaban convencidos de que criticar a Juan Guaidó era demostración de independencia. Y eso pareció estar a punto de triunfar con la gira del joven Presidente interino a varios países del mundo, que ellos calificaron de efectista e inútil, especialmente cuando en Estados Unidos, el más poderoso de los países que adversan a Maduro, se dio la impresión de que la presencia del Presidente legítimo no cuajaba, no lograba respuesta alguna por parte de las autoridades norteamericanas. Los gringos no suelen improvisar ni responden a simples emociones: su política exterior se apoya por lo general en hechos reales e intereses muy concretos y suele ser fríamente planificada. Y en este caso no era imposible que actuar contra Maduro se tuviera como inconveniente para sus relaciones con Rusia y con China. De modo que esa falta de respuesta bien podría haber sido la demostración de que los que criticaban a Guaidó tenían razón. Guaidó no tenía porvenir, carecía de fuerza, era una ilusión condenada al fracaso. Pero lo que no sabían ni los cubanos ni los chavistas ni los tontos útiles era que el gobierno de Washington sí tenía una respuesta, contundente y definitiva, a la presencia del joven Presidente Encargado de Venezuela en territorio de los Estados Unidos. Una respuesta que hará historia. Porque eso de que el Presidente de los Estados Unidos de América, en su Discurso del Estado de la Unión, se desviara de los temas usuales y saludara con entusiasmo la presencia de Juan Guaidó en el lugar, y de que todos los que allí estaban, republicas y demócratas, se pusieran de pie y ovacionaran al que en ese instante se convirtió en el verdadero invitado de honor y coprotagonista del momento, es algo que ni el más optimista de los que apoyan a Guaidó hubiera podido esperar. Los tontos útiles se habían regodeado con una campaña apoyada en que Trump no quiso recibir a Guaidó, lo que demostraba que Guaidó no tenía fuerza. Hasta se llegó a decir que al no recibirlo, Trump demostraba que estaba negociando con Maduro y los que lo apoyan, y, por tanto, Maduro es el que tiene las riendas del país. Pero el gesto de Trump acabó de un plumazo con todo lo que se había dicho. Recibir a Guaidó, sentarse cada uno a un lado de una mesa en un salón con las banderas de los dos países, darse un apretón de manos con la palma de Trump hacia arriba y la de Guaidó hacia abajo, y con sonrisas acartonadas, sería, en opinión de mucha gente, algo importante, pero si a ver vamos, bastante menos importante que el “Trumpazo”. El “Trumpazo” fue algo único, inusual, y lo vio y lo oyó el mundo entero. Fue una manifestación de apoyo y respaldo como pocas veces se ha visto. Los rusos, los chinos, los cubanos, deben estar sopesando muy bien su apoyo a Maduro, que de repente se volvió tóxico. Trump se resteó con Guaidó, y lo hizo ante la mirada del mundo entero. Con su gesto destrozó el trabajo de años de la llamada “Mesa situacional” y del G2 cubano. A los idiotas o tontos útiles no les queda más remedio que tragar fuerte, revisar sus ideas y retirarse en silencio del escenario. Muchos no lo harán, por soberbia, por no reconocer que cayeron en una trampa como idiotas, como lo que son. Pero habrán perdido por completo la credibilidad. Con el “Trumpazo” el joven Juan Guaidó y sus consejeros los derrotaron por Knock-Out, los aplastaron, los dejaron en ridículo. Además de que le quitaron al 4 de febrero su connotación de fiesta chavista. El “Trumpazo” fue un mensaje clarísimo, para el mundo entero, pero en especial para los que impiden que los chavistas dejen de usurpar el poder, muy especialmente para los que no usan sombreros, sino rígidas gorras con viseras. Y como para rematar la faena, el día siguiente el Presidente Trump recibió al Presidente Guaidó en la Casa Blanca, con banderas, con apretón de manos y con toda la parafernalia del caso. En todo eso veo la mano inteligente de quienes en los últimos días han asesorado a Guaidó. Creo que no es difícil saber a quiénes, o a quién, me refiero. Manos que no se van a quedar quietas. Y Maduro, Diosdado, los Rodríguez y todo ese grotesco zoológico de vendepatrias, ineptos y corruptos, que preparen sus maletas, porque se van. O como diría Luis Herrera: a ponerse las alpargatas, que lo que viene es joropo.

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