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Esperanza y utopía

En un desesperado ejercicio de imaginación democrática, a veces parece casi una exigencia volcarse a la sola fragua del futuro. Dado que el presente venezolano luce tan complejo, doloroso, impenetrable; y estando el pasado reciente tan lleno de yerros y algunos aciertos que, por lo visto, no todos desean recordar (de allí, quizás, esa repetición incesante de ciclos, como si el aprendizaje nunca se hubiese registrado) lo más productivo, dirán algunos, será especular con escenarios que contrasten con eso que hoy desalienta. Una práctica comprensible, si se vincula a la oferta de lo que debería ser sustituido: esa anomalía que tantas veces desordena y mezcla el deber ser con lo que, simple y amargamente, es. Un refugio, también, para la psique de quienes no quieren salir heridos a la hora de aceptar los odiosos tramos que, a menudo, la política obliga a transitar.

Los tiempos electorales son perfectos para eso, por cierto, una etapa en donde todo se vuelve expectativa para el votante. Vinculada paradójicamente a la sensación de ahogo, desaliento o rabia, es entonces cuando la esperanza ciudadana se convierte en principal ficha de cambio. Ese humano, inagotable sentimiento de in-completitud, de eterna carencia, acá juega un rol esencial. El fracaso enseña al ser incorporado como experiencia tanto como “la ilusión permite el movimiento”, afirma Mario López Ramírez. Error e ilusión “parasitan la mente humana desde la aparición del homo sapiens”, arguye a su vez Edgar Morín (acá también habría que considerar las ilusiones de los autoritarios, el control total e imperecedero; cosa que temporalmente logran al reducir la cantidad y calidad de los participantes en el campo político).

Ilusión legítima, pues, mezcla de optimismo y fe cuasi religiosa en ciertos casos, podría acabar percibida como espada apta para cortar el nudo gordiano de la realidad. El problema es que, a merced de ese concurrido mercado de las ilusiones y disuadida por el espejismo del éxito definitivo, la política no pocas veces coquetea con la demagogia. He allí, sin duda, una indeseable deriva.  

Hay que admitir que en contexto signado por la mutilación de libertades y la insufrible incertidumbre institucional, esta brega desigual y azarosa, esta enorme fricción que (para decirlo con Clauzewitz) aparece en todas partes, no puede despreciarse el empuje de la pasión. Y esgrimir como propia, claro está, la fuerza de la razón. Sobre todo si se sabe que no se cuenta con esa razón de la fuerza que sí puede desplegar el dueño del poder, gracias a la capacidad de hacer, producir o destruir, según Aron; de superar toda resistencia o parte de ella para introducir cambios, a pesar de la oposición, según Amitai Etzioni; o “para hacer que sucedan cosas que de otro modo no habrían sucedido”, como corona Karl Deutsch. La supresión de nexos entre pasado-presente y futuro, la ausencia de sentido histórico, sin embargo, dejan un vacío difícil de llenar a la hora de anticipar estrategias que aseguren el éxito en medio de la mengua evidente. No somos ni estamos, no seremos ni estaremos por obra de un divorcio milagroso con lo ya recorrido.  

Los acontecimientos recientes, la administración de justicia sin ningún contrapeso, el ensañamiento oficial contra figuras que, como la abogada Rocío San Miguel, incluso han mostrado su compromiso público con fórmulas de solución pacífica y democrática, confirman que las simetrías propias del ajuste en la correlación de fuerzas no es lo que distingue al momento político venezolano. El miedo más básico, la vulnerable situación no sólo del crédito sino de la integridad corporal de los gobernados, compite con las expectativas racionales de cambio. Tampoco podríamos hablar, por ende, de empate catastrófico, esa tensión entre bloques en disputa por la hegemonía que se perciben equivalentes en términos de capacidad de movilización, atracción y seducción de fuerzas sociales. No hay (todavía) fuerza suficiente para concretar esa ambiciosa “reforma intelectual y moral” que preconizaba Gramsci, desafiando la imposición de paradigmas distintos al buen hacer republicano. Pero, ¿acaso hará falta recurrir a sofisticadas tesis para explicarlo? El restringido influjo del campo democrático, la desventaja que persiste en términos de dicha capacidad -la de poder revertir medidas propias de la sustitución personalista del Estado- es evidente, y sobre esa punzante realidad sería saludable trabajar.

Esto no significa, por supuesto, renunciar a la creación de expectativas de transformación democrática; a esa inspiración, ese gusto por el vuelo, el enthousiasmos que los griegos asociaban al “soplo interior de Dios”. O que ante el terror que se enseñorea y la consecuente desmovilización que le sigue, no se responda con el “will to figth”, un discurso que invite a la acción y persuada con planes sensatos sobre las posibilidades de la cooperación a gran escala. Todo ello debería ser factible, sin eludir lo que se asoma desde el retrovisor, tomando en serio los múltiples senderos que no se transitaron en su momento, cuando -tal vez- se tomó el camino equivocado, (Bauman) y lo que con mirada crítica nos ubicaría en las coordenadas de la tragedia en curso; conscientes, como avisa Irene Vallejo, de que “en tiempos de sobresalto, la política se vuelve sospechosa y las sociedades se fragmentan en archipiélagos de esfuerzos aislados, privados -de aliento colectivo- y desconfiados”. De nada sirve entonces la embriaguez de certezas, el monismo en la ideas que describía Isaiah Berlin: la premisa de que, para todas las preguntas genuinas, sólo puede haber una respuesta correcta.

Una advertencia vuelve para mortificarnos: la apuesta a un futuro sin condicionantes remite al camino siempre resbaladizo, siempre inacabable de las utopías, el no-lugar. Para pensar esos futuros alternativos apelando a la audacia de la imaginación, y no verlos naufragar una y otra vez en el bello intento, será preciso habilitar algunos puentes. Aunque ahora mismo algunos despachen la pertinencia moral de tales construcciones, cabe pensar que el cálculo responsable de riesgos por parte de jefes políticos, la capacidad para no arrastrar a sus seguidores a la catástrofe y quizás pagar por ello una razonable cuota de impopularidad, se someterá a prueba cuando llegue el momento. Mientras aguardamos activamente para saber a qué atenernos, persiste la íntima esperanza -el desliz de Pandora no nos dejó ilesos, después de todo- de que el desconcierto y la parálisis no serán la única respuesta.

@Mibelis

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