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Frontera tricofóbica, avión de lona

En abril de 1970 viajé con una pareja casada, heterosexuales, en una camioneta Land Rover que había adquirido usada en una subasta de vehículos militares, al norte de Inglaterra, por supuesto con el volante a la derecha, pues los del Reino Unido y la Commonwealth conducen por el canal izquierdo. Ya habíamos hecho algo de turismo interno en Inglaterra y Gales, pero esta vez el tour nos llevaría a atravesar el canal de Dóver a Calais en Hovercraft, una nave inmensa que traslada vehículos en el primer nivel, y pasajeros en butacas en el segundo nivel, haciendo el mismo trayecto que los ferries pero sobre un colchón de aire (tiene poderosas hélices debajo, que la hacen levitar a pocos centímetros del piso de concreto por donde ingresan directamente a sus entrañas los vehículos y pasajeros, y del agua que separa a la isla británica del continente firme con el cual conforma Europa. Otras hélices, sobre cubierta, soplan hacia atrás, impulsando la nave hacia delante. La travesía, que en ferry duraba dos horas y media, en esta maravilla, el Hovercraft, podía reducirse a 45 minutos, con la ventaja de que no ocurre el bamboleo de arriba abajo, que para quienes somos propensos al mareo, puede ser molesto.

Recorrimos Francia de Noroeste a Sureste, visitamos París que bien vale mucho más que una misa, ingresamos a España por San Sebastián, fuimos a Pamplona, Madrid, Toledo, giramos a Portugal, nos deleitamos con Coimbra, Lisboa, Faro, y reingresamos por el sur hacia Andalucía y sus maravillas, Sevilla, Granada, Córdova, Málaga. Allí nos embarcamos en un ferry hacia Ceuta que, con Melilla, son territorios de ultramar de España, colindantes con Marruecos, al extremo NW de África. La aduana en la frontera marroquí estaba en una pequeña oficina a la izquierda de la angosta carretera de dos canales, bajo un enorme techo de unos 12 x 12 metros. Estacioné a la derecha de la vía, y los tres veíamos con asombro que el piso bajo aquel alto techo, además de estar sombreado, estaba cubierto de mechones de pelo de gran variedad de color y textura, como el piso de una barbería tradicional en horas de mucha actividad. Mis dos acompañantes le dieron sus pasaportes al funcionario, a través de una pequeña ventana, y este procedió a sellarles la entrada sin mediar palabra. Pero cuando yo me coloqué frente a la ventanilla y le entregué mi pasaporte, el tinterillo con muy malas pulgas me lo devolvió diciéndome en mal tono que yo no podía entrar a su país porque tenía mi cabello demasiado largo. Al protestar por lo que supuse era una arbitrariedad del empleado, me dijo que era una orden del rey de Marruecos, Hassán II. Entonces comprendimos la razón de aquellas docenas de mechones de pelo cubriendo todo el piso en el área destinada al trámite aduanero.

Imaginen ustedes, en el año final de la década de los 60, con los Beatles causando furor en Europa, América y buena parte del resto del mundo, su música, su vestimenta y sus peinados marcaban la pauta para los varones que cayeron hechizados bajo su potente influencia cultural, y un monarca absolutamente anodino y retrechero, impone la prohibición de ingreso a SU reino, para quienes no lleven su cabello corto, lo que involucra a la mayor parte de los jóvenes que en ese entonces hacían turismo por el planeta.

Ante la disyuntiva de tener que devolverme, perder el viaje en ferry y la oportunidad de conocer Marruecos, opté por pedirle a mi amigo (cuyo corte era casi militar) que de manera disimulada se agachara en el piso peludo y recogiera mechones de pelo parecido al mío (negro y lacio entonces, hoy con nieves perpetuas), y a ella que hiciera con sus tijeras (toda mujer lleva en su cartera 128 artículos, incluyendo 23 totalmente inútiles) como si estuviera cortándome el sobrante que rechazaba el estúpido y anacrónico monarca, mientras yo embutía mis cabellos bajo la gorra. Luego de la ruidosa parodia, con sonidos y ademanes tijeriles muy obvios para el obediente súbdito en la nómina aduanera, y un montón de pelo negro en mi mano, fui hasta la taquilla y le lancé al abusivo empleado el pasaporte y el pelero. Él reaccionó disgustado llamándome “irrespetuoso”,a lo cual yo respondí: “Irrepetuoso es su rey, que impone esta caprichosa medida a quienes vienen en plan turista. Y no me haga perder más tiempo, que ya perdí demasiado pelo con este ridículo trámite”. Aparentemente eliminado el motivo para negarme el ingreso, aquel empleadillo tuvo que sellarme el pasaporte, y pudimos conocer Rabat, Tetuán, Casablanca, Tánger, Fez, sus callejuelas y bazares, siempre manteniendo mi cabellera oculta bajo la gorra, evadiendo un segundo desagradable encuentro con algún funcionario ansioso de cometer un mini atropello para complacer al caprichoso en el trono y, quizás, ganarse alguna felicitación por mantener en alto cánones obsoletos, reñidos con los avances de la civilización y las directrices de Los Beatles (que a pocos días de llegar a Londres, en septiembre del 68, me recibieron con su lanzamiento del video en el que ofrecían su “Get back” desde una terraza en un 4º piso, mientras los peatones en la avenida se paraban y volteaban hacia aquel espacio del cual emanaba esa deliciosa canción. Habría sido interesante que visitaran Marruecos en esa época, a ver si en el aeropuerto se hubieran atrevido a exigirles que mutilaran sus cabelleras, para complacer a Hassán, o serían deportados de inmediato).

Los ingleses en formalidad están en las antípodas de nosotros, que podemos conversar con cualquiera y en cualquier parte, como si nos conociéramos de años. Si no ha ocurrido la formal presentación, difícilmente un inglés conversará con un extraño, y eso abarca los espacios comunes que comparten los miembros de un College, que es el multiespacio que ofrece   residencia, capilla, comedor, Junior common room, canchas de juego, áreas verdes, en el cual convergen estudiantes de pregrado y postgrado (Research) de todas las especialidades, cuyo común denominador es ese Colegio al que pertenecen y con el cual deben identificarse en términos sociales, deportivos, culturales, académicos, etc. El príncipe Carlos (luego casado con Diana por arreglo morganático y convivencia catastrófica) fue asignado al King´sCollege en 1969, al Enmanuelle College iban los hijos de la “nobleza”. A mí me asignaron al Saint John´s College, que tenía un edificio llamado el “new building” porque era dos siglos más joven que el resto de las viejas edificaciones, pero habiendo sufrido durante 7 semanas los rigores del frío propio del invierno boreal en enero y febrero del 69, desesperado exigí que me ubicaran en una residencia con mejor calefacción, y tuve la suerte de que estaban desocupando un apartamentito del Cripps Building, por el que yo babeaba a diario, pues había ganado el primer premio de Arquitectura el año anterior, y sus instalaciones eran modernas, con calefacción suficiente como para suspender el curso intensivo de pingüino que yo estaba realizando, contra mi voluntad y mi naturaleza tropical, en mi primera residencia, fuera del campus.

A quienes han visto alguna de las películas de “Harry Potter” les aclaro que esa arquitectura no es exclusiva de Hogwarts, pues la absoluta mayoría de los comedores y capillas de las antiguas universidades de Inglaterra son de ese estilo, de piedra labrada con extrema sobriedad. La toga es de obligatorio uso para la cena, y se diferencian en el largo de las mangas, cortas para los alumnos de pregrado (cuyas mesas están en el centro), a media distancia entre codo y muñeca para los de postgrado (con mesas al lado izquierdo de la nave), y tapando parte de la mano para los profesores, que se sientan al fondo, donde está el altar en las iglesias.

Si mal no recuerdo, sería en mayo de 1970, cuando uno de los research students con quienes había compartido muchas cenas, se levantó y, con cierta solemnidad, porque formalmente no había sido “introduced” a todos los allí presentes (yo no lo conocía), nos preguntó; “¿Alguno de ustedes querría volar conmigo una hora por dos libras y media de costo? (a Bs 10,80 que se cotizaba la libra esterlina entonces, eran 27 bolívares, una ganga por una hora de diversión y turismo aéreo). Al unísono levantamos las manos Bernard (inglés, amigo mío) y yo. El joven que había hecho la propuesta simplemente nos dijo: “Nos vemos mañana a las 9 am en la puerta principal del College”. Y aquel sábado, muy puntuales, estábamos Bernard y yo esperando al piloto que nos había obligado a morder su anzuelo con sólo mencionar que volaríamos. La aventura comenzó casi de inmediato, pues resulta que Bernard y nuestro Saint Exuperi local eran motociclistas, y compitieron en velocidad en el trayecto al aeropuerto, aferrado a Bernard, conmigo de chivo expiatorio de aquel exceso en dos ruedas, que felizmente no tuvo incidente que lamentar.

En el pequeño y sencillo aeropuerto de Cambridge, llegamos a un galpón mediano, y nuestro piloto preguntó quién iría en la primera hora de vuelo. Lógicamente señalé a Bernard y recibió un raído traje de una pieza que cubría las cuatro extremidades y el tórax, que se usaba sobre la ropa que uno llevaba. Nuestro anfitrión de aventura aérea se fue por unos minutos, al cabo de los cuales apareció con un avión biplano forrado en lona obscura, con hélice en la proa  y dos compartimientos, no techados, con nuestro piloto en el asiento trasero, y al delantero fue a dar el pionero Bernard. Aquella obvia reliquia de los años 30 se alejó muy lentamente, y luego los vi despegar, tan despacio se elevaban que parecía una proyección en cámara lenta. Al cabo de lo que debe haber sido un lapso correspondiente a una hora, reapareció el biplano frente al hangar donde yo esperaba. Bernard, con la hélice girando, se bajó y se quitó el overall, entregándomelo, y haciendo señas de que me apurara. Mientras me vestía de copiloto de la entreguerra, le pregunté tímidamente cómo había sido el vuelo, y Bernard, con picardía, se limitó a mostrarme sus dos puños con el pulgar hacia arriba.

Ocupé mi puesto entre la hélice y el piloto, observé que también tenía volante, palancas y una manguera negra corrugada, que mediante señas a un espejo retrovisor a mi izquierda, el piloto me indicaba que me la pusiera al oído. Era nuestro equipo de comunicación, un extremo en mi  oreja y el otro extremo en la boca del capitán, y cumplía su propósito a pesar del ruido del motor a poca distancia frente a mí. Maniobró hasta la cabecera de la pista, y suavemente nos deslizamos por ella hasta que aquel armatoste pareció comenzar a flotar, tan lenta era nuestra elevación que casi daba la impresión de que estábamos en un globo de aire caliente. Cuando aquel avión estuvo a unos trescientos metros de altura respecto del aeropuerto y la cercana ciudad de Cambridge, seguimos desplazándonos en línea recta, y el espectáculo que ofrecían todas las porciones que yo reconocía de la ciudad universitaria, era tan maravilloso, y aquella especie de suspensión imperceptible desde la cual disfrutaba de la mejor pantalla de cine que jamás hubiera conocido, que, lo juro por mi madre, durante esos diez minutos que nos tomó alejarnos de áreas pobladas, pensé que yo repetiría aquella vivencia cada sábado, por extremadamente placentera y barata. El avión ascendió a unos 800 metros y entonces vi que el piloto, con la manguera en la boca, me hacía señas para que pusiera mi extremo en la oreja, y me hizo la pregunta de las 64.000 lochas: “¿Are you ready?”. Confundido, sin entender  por qué me preguntaba si estaba listo, cuando ya llevábamos más de diez minutos volando, no tuve otra opción más que mostrarle mi puño con el pulgar hacia arriba. De inmediato el avión se dirigió en perfecta vertical hacia tierra, para girar 180 grados en sentido contrario y subir a toda velocidad, conmigo convertido en alguien congelado por la sorpresa y el miedo. Arriba, el angelito con quien pensaba compartir cada sábado -antes de que la situación diera ese vuelco inesperado-, se dedicó a hacer maniobras de giro en vuelo horizontal, loops  y giros laterales, por unos 15 minutos, durante los cuales yo sufrí mi vía crucis personal, intentando no tocar ninguno de los controles correspondientes al asiento delantero, no fuese a empeorar involuntariamente aquel caos, mientras vomitaba hasta residuos de comidas de hacía semanas, que mis ahorrativos intestinos seguramente guardaban para una ocasión como esta.

Nuevamente el piloto en el retrovisor, con aquel revoloteo mi pierna izquierda se había enredado con la bendita manguera corrugada y la saqué de su ubicación regular, quedando Saint Exuperí 2 y yo a merced de las señas en el retrovisor. Agradecí la utilidad de aquel overall que recibió buena parte de mis restos digestivos, salvando a mi ropa y evitándome la humillación de regresar al College embadurnado y oloroso, no precisamente a Channel Nº 5. Opté por darle al retrovisor nuevamente un “thumbs up”, ya que suponía que no me quedaba nada que expulsar de mi cuerpo, el mareo ya me ocupaba al 100%, y no era apropiado interrumpir su diversión al Ingeniero, estudiante de postgrado, que apenas olvidó mencionar que en sus fines de semana se dedicaba a su afición por las acrobacias aéreas, y como le cobraban 5 libras por el alquiler del avión durante una hora, averiguó que podía incorporar a otro en el asiento delantero, pues alquilaba todo el avión, y con ese acompañante él podía volar dos horas con las 5 libras que pagaba antes, para volar una hora, solo. Bernard luego me confesó que por nada me hubiera informado sobre las maromas aeronáuticas, a él le fascinaba el efecto que esas locas volteretas provocarían en mí, y eso era un plus en aquella experiencia. ¡ El mareo me duró tres días !. Aquel frenesí acrobático fue mi debut y despedida.  

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