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La mano negra

Han pasado tantas cosas, y se ha enredado tanto la situación en torno a la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, que vale la pena hacer un recuento más, para poder entender las protestas que ahora parecen tener al país de cabeza.

En un estado perredista, el alcalde perredista de una de las ciudades principales decide un día cualquiera ordenar la ejecución de más de cuarenta personas. El gobernador perredista lo deja escapar, y es localizado posteriormente cuando se ocultaba, a salto de mata, en una delegación perredista que es uno de los principales bastiones perredistas de la capital del país, gobernada también por perredistas.

El alcalde en cuestión había sido apoyado para llegar a su cargo por otro antiguo alcalde perredista, quien a su vez fue destapado como precandidato a gobernador por quien en su momento llevó, con éxito, en dos ocasiones a los perredistas a la derrota. Por su parte, el gobernador perredista que dejó escapar al alcalde perredista, recibe el apoyo total de sus compañeros perredistas para continuar en el cargo. Sin embargo, cuando la presión comienza a incrementarse, dimite para ser reemplazado por otro perredista que, según algunas fuentes, podría tener nexos con grupos criminales en el extranjero.

La esposa del alcalde perredista tiene, en apariencia, vínculos hasta lo más profundo de uno de los grupos criminales más violentos del estado, cuyas actividades florecieron al auspicio del gobierno perredista de su marido. Esta mujer rendía su informe de actividades al frente del DIF municipal cuando su esposo decidió dar la orden fatal.

El relato es escalofriante por donde se le vea. Habla de corrupción, de impunidad, de una metodología que fue ejecutada con precisión ante la certidumbre de que los crímenes jamás saldrían a la luz. Habla, también, de los intríngulis de una clase política en la que, si atendemos a sus dichos, los perredistas se apoyan unos a otros sin hacer preguntas ni cuestionamientos. ¿Es realmente creíble que nadie hubiera sabido nada, en el gobierno estatal o en la cúpula partidista, sobre las actividades y métodos de José Luis Abarca?

La indignación es natural y necesaria. Es preciso protestar, es menester asegurarnos de que una tragedia como la que vivimos no vuelva a ocurrir. Lo que es sorprendente es que la indignación se centre en la actuación del gobierno federal, y no en la actuación de un gobierno estatal bajo cuyo regazo creció políticamente el Idi Amin Tropical cuyos horrores hoy son del dominio público y de los que convenientemente nadie sabía.

Es increíble, asimismo, que nadie cuestione con seriedad la actuación de un partido político que ha dado muestras de su honestidad valiente al postular criminales, encubrir diputados relacionados con el crimen organizado y mantener históricamente una actitud de confrontación que, después de tantos años, nada ha logrado.

¿Alguien, que no se cuente entre su dirigencia, puede percibir los beneficios que han traído los gobiernos perredistas? ¿Hay menos pobres, mayor igualdad, mayor justicia? ¿Qué hemos ganado, como sociedad, con los bejaranos, los ponces, los godoys y tantos otros de quienes supuestamente nadie sabía nada?

En política no hay coincidencias. Las protestas en contra de la administración actual han arreciado, y se han tornado cada vez más violentas y mediáticas, desde la detención de Abarca. Los resultados que comienzan a arrojar las investigaciones del gobierno federal son desvirtuados de inmediato, y tal parece que actos como la quema de la puerta de Palacio Nacional tienen como objetivo las páginas internacionales de opinión, más que ayudar a la resolución de un conflicto que cada día se enrarece más. ¿Por qué la violencia ahora? ¿Por qué el intento de desestabilización, justo cuando ha sido aprehendido quien seguramente dispone de la información que podría descubrir muchos de los nexos entre la política y el crimen organizado? ¿Quién sigue tratando de enredar cada vez más un embrollo que debería de resolverse por los cauces de la legalidad? ¿A quién le conviene desvirtuar los dichos de Abarca desde antes de que salgan a la luz?

Hace algunos días comentábamos, en estas mismas páginas, que la situación nacional se parece a la de un barco en el que los tripulantes, ante una fuga de agua, prefieren amotinarse en vez de contribuir a su propia salvación, mientras alguien aguarda, en la costa, lucrar con los restos del naufragio.

Hoy, sin embargo, con Abarca bajo custodia y seguramente deseoso de utilizar la información de la que dispone para negociar con las autoridades, la situación es muy distinta para quien espera sacar réditos de la tragedia. Y más aún, la circunstancia de que el Presidente se encuentre de viaje, prácticamente al otro lado del mundo, lo pone lejos del alcance no sólo de los micrófonos y reflectores incómodos, sino también de cualquier negociación que pudiera tratar de realizarse en estos días.

El demiurgo de la catástrofe debe encontrarse preocupado ante cualquier posible anuncio, ante cualquiera que sea el siguiente movimiento de su adversario y, al mismo tiempo, dispuesto a jugarse el todo por el todo y seguir enrareciendo el ambiente mientras suben las apuestas, en un gambito que tiene como objetivo, sin duda alguna y como ya es costumbre, la siguiente elección presidencial. ¿O acaso alguien cree que en realidad se trata de otra cosa?

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