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Lecciones de El Padrecito

Las amenazas contra el sector privado anunciadas recientemente por el presidente, las cuales han ocasionado que todo tipo de disparate circule por las redes sociales divulgando revolcones de naturaleza muy diversa, al menos han tenido la virtud de recrear a la población con situaciones imaginarias que la distraen un poco del cataclismo cotidiano en el que vive. Por supuesto, sabemos muy bien que, como la desesperación es muy mala consejera y este gobierno luce como desesperado ante la magnitud de los problemas que no sabe cómo enfrentar y resolver, podemos esperar cualquier desatino.

Una de las amenazas pronunciadas con mayor cólera fue esa donde le prometió a FEDECAMARAS  que no habría ni un dólar para ellos, lo cual, por supuesto, no nos dice nada nuevo porque jamás ha habido un dólar para esa institución; en todo caso, se habrá referido a las empresas en particular, y aquí tampoco hay novedad alguna pues la mayoría de ellas están excluidas de tal privilegio. En el fondo, lo que revela toda esta situación es que los pocos dólares con los que cuenta el gobierno tienen otros destinos, como el de la cancelación de las deudas financieras y, si queda algo, pues bancos como el de Andorra puede ser el destino final de esos sobrantes.

Quizás la angustia imperante en la cúpula gubernamental haya tenido como consecuencia que los grandes teóricos de la revolución tuvieran que devanarse las neuronas para tratar de encontrar alguna salida al laberinto en el que se encuentran. Se deben haber presentado discusiones muy serias, y aquí me viene a la memoria una célebre anécdota que el irreverente filósofo eslovaco Slajov Zizek contara en alguna de sus obras.

Relata Zizek que a mediados de la década de los treinta, en una reunión del Politburó de los bolcheviques se libró un candente debate en el que el tema central era una interrogante difícil de responder: ¿existirá el dinero en el comunismo o no? Los radicales trotskistas inmediatamente negaron su existencia con el argumento de que sólo era necesario en sociedades donde exista la propiedad privada. Por el contrario, los partidarios de Bujarin, considerado más de derecha, aducían que sí existiría el dinero en el comunismo, puesto que toda sociedad compleja lo necesita para regular el intercambio de productos. Finalmente intervino el camarada Stalin, el padrecito, quien rechazó tanto la desviación izquierdista como la derechista, afirmando que la verdad es siempre una síntesis dialéctica superior de los opuestos. Ante tal afirmación, difícil de comprender para muchos, uno de los presentes le pregunta cómo sería esa síntesis. Stalin, con toda calma, le explica: «Existirá el dinero y no existirá. Algunos tendrán dinero, y otros no.»

Tengo la sensación de que algo parecido debe haberse planteado en el pequeño círculo de los agudos filósofos y economistas gubernamentales. A la hora de efectuar el arqueo de las divisas disponibles, es muy posible que más de uno se iluminara con la síntesis dialéctica «estaliniana» y concluyera algo parecido. En virtud de la escasez de la divisa maldita, pues lo que haya habrá que repartirlo sabiamente: primero que todo, al pago de las obligaciones externas, pues un default nos daría una pésima imagen ante el mundo, cuando tantos inversionistas están ya desesperados para invertir sus recursos en esta potencia en la que se está convirtiendo este país. Algo habrá que destinar a la adquisición de ciertos productos que satisfagan las necesidades básicas de nuestras clases populares, esa que mayoritariamente nos apoya con fe; alguno que otro medicamento habrá que traer y el resto, ah, ese resto tan deseado y perseguido con furor, pues cumplirá con los lineamientos del camarada Stalin: habrá dólares, pero algunos los tendrán y otros no. Los que los tengan, los pondrán a buen resguardo: Andorra, HSBC Suiza, exquisitos paraísos fiscales y pare usted de contar; siempre habrá lugares confiables… hasta que alguna crueldad los alcance.

Los que sí pueden estar seguros de que no los tendrán son esos bandoleros «raspacupos» que han tenido la desfachatez de haber dilapidado la bicoca de algo así como ocho millones de dólares, por lo cual han sido perseguidos con fiereza por nuestro implacable sistema judicial,  por cierto, bastante indiferente en relación con los veinte mil millones de dólares que denunciara el maestro Giordani, o con los depósitos encontrados en Andorra y Suiza, por sólo mencionar casos en los que el monto de las cifras exceden la capacidad de una calculadora normal. La lección es obvia. Si usted defrauda en forma solitaria y en poca cantidad, será perseguido, enjuiciado y, muy probablemente, condenado. Pero si se reúne con la gente apropiada para adelantar algún negocito que requiera algo de imaginación, como los recientemente delatados que involucran a empresarios ecuatorianos hábiles y creativos -y las cantidades envueltas sean de gruesas proporciones-, puede descansar tranquilo y disfrutar de sus bien ganados dólares. Usted, entonces, pertenecerá al grupo de los que el padrecito Stalin describía como los que sí tendrán.

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