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Mirándote a los ojos

Era la tarde de un día soleado, las expectativas de los discípulos iban en aumento a medida que el día transcurría. No habían dejado de sorprenderse ante tantos acontecimientos, la inmensa multitud que los seguía, y sobre todo, los paradigmas rotos por el maestro en una sola jornada; pues, cada día a su lado significaba romper con antiguas estructuras mentales. Sus almas habituadas al vicio, ahora vislumbraban una dimensión totalmente nueva en sus vidas; una dimensión que el maestro denominaba: “El reino de los cielos”.

Ese día, al otro lado del Jordán, habían comprendido que ante cada reto de los fariseos, los religiosos de la época, Jesús les demostraba que no solo había venido a cumplir la ley judaica sino que les enseñaba el camino del nuevo pacto. Ante la pregunta del divorcio les enseñó que Moisés les había permitido a los israelitas darles carta de divorcio a sus cónyuges sólo por la dureza de sus corazones. Más tarde, cuando trataban de quitar de en medio de él a un grupo de niños que habían traído para que orara por ellos, los regañados fueron los discípulos. En una sociedad en la cual los niños no tenían más que el valor que representaban para sus padres, Jesús les enseñó que solo de aquellos que eran como niños era el reino de los cielos.  

Todas estas escenas se repetían en sus mentes. De forma tal que, la inquietud junto a tantas interrogantes iba en aumento. No obstante, el momento más impactante del día fue, sin lugar a dudas, cuando aquel joven a quien ellos tanto admiraban, de quien tantas veces habían escuchado hablar, había venido a verse con Jesús, pero se había ido muy entristecido por causa de la respuesta del maestro a su pregunta sobre qué debía hacer para ganarse la vida eterna. El joven rico había cumplido con todos los mandamientos, pero no comprendió el llamado de Jesús ‘para tener tesoro en el cielo’. No comprendió que el amor al dinero era lo que el maestro le reprochaba.

Cuando los discípulos vieron al joven partir cabizbajo y triste, comenzaron a preguntarse entre ellos quién podría ser salvo. Si este joven que cumplía con todos los mandamientos, era apreciado por la comunidad y además era rico, necesitaba desprenderse de sus riquezas para tener participación en el reino de los cielos; entonces, qué podrían esperar ellos que eran simples pescadores, hombres sin fortunas, con carencias de toda índole. Pero Jesús entendió lo que había en sus corazones. “Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.” Mateo 19:26.

Aquel instante fue el momento cumbre de ese largo día de enseñanzas profundas, de carácter eterno. Quizá después de esas palabras, cada uno pensó en su imposible, en aquello que lo separaba de Dios, en lo que no podían alcanzar con sus propias fuerzas. Cada palabra retumbaba en su mente, más la mirada de Jesús era inolvidable, había traspasado sus almas y había traído a la luz la respuesta. Ahora, cada uno sabía que esa imposibilidad ante la cual se habían enfrentado con gran decepción muchas veces en sus vidas, era posible para Dios. Ese día, la mirada del Señor les hizo comprender que su imposibilidad era posible para Dios.

Para aquel joven eran las muchas posesiones, para otros es la soberbia y el orgullo, la mentira y el engaño, la vanidad y la ambición. Quizá un poco de fama, conocimiento, belleza o títulos te impiden mirar con humildad a los ojos de Cristo, la luz de la vida. Cualquiera que sea tu imposibilidad, me parece ver al Señor mirándote a los ojos y diciéndote: Para ti, esto es imposible, mas para Dios todo es posible.

“La importunidad del hombre es la oportunidad de Dios para hacer sus milagros”. Corrie Ten Boom.

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