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No Había Pretendido Abusar…

Maritza Meszaros

Habíamos cuadrado para ir a la playa por dos días durante Semana Santa.  El plan surgió a última hora.  Mis amigos se pusieron de acuerdo acerca del menú.  No participé en los planes de quienes estaban organizando el tema de las comidas.  La noche anterior a la salida me asignaron comprar, entre otras cosas, un kilo de cazón y medio kilo de guacucos.  Una de las integrantes del grupo prepararía pastel de chucho y haríamos pasta con guacucos.  Salí en la mañana a cumplir con las tareas que me correspondían.  Decidí pasar por uno de los camiones que venden pescado y que se paran en la calle.  La cola de gente esperando para comprar era larguísima. Me acerqué a donde estaba el camión para preguntar si tenían cazón y guacucos.   Me contestaron que sólo tenían cazón.  Cuando me estaba dirigiendo a mi carro para determinar si me iba a otras pescaderías hasta encontrar una que tuviera tanto cazón como guacucos o si yo me quedaba haciendo la cola para el cazón mientras mi compañero se iba a tratar de encontrar guacucos, la tercera persona de la cola me llamó por mi nombre con afecto.  Era una querida compañera de bachillerato con quien me había reencontrado recientemente.  Conversamos unos minutos y me dijo que ella y su amiga tenían como una hora y cuarenta minutos haciendo cola.  Fue en ese momento, pensando en que aún teníamos que comprar varias cosas, cuando le pregunté si ella me podría comprar el kilo de cazón cuando le tocara su turno.  Me contestó que sí.  Cuando me voltee para dirigirme de nuevo al carro, la señora que estaba detrás de mi amiga me dijo algo parecido a ¨Haga la cola y no abuse¨.  Me tomó totalmente desprevenida este comentario.  No había pretendido abusar.  En todo momento había pensado hacer la cola o irme a otro lugar a comprar.  Igual, si no hubiera conseguido cazón, hubiéramos resuelto el tema de la comida cocinando alguna otra cosa.  Le pedí disculpas a la señora que se había dirigido a mí tratando de explicarle que no había pretendido abusar.  Le pregunté a la señora que estaba delante de mi amiga si a ella le había parecido un abuso y me dijo que realmente no porque era simplemente un kilo de cazón que mi amiga iba a incluir en su pedido.  No obstante lo anterior, me fui con un mal sabor del lugar después de despedirme con cariño de mi amiga.  Siempre  he pensado que si hay un lugar donde existe solidaridad y compañerismo es en mi país.  Entiendo, sin embargo, que después de haber esperado una hora y pico para comprar pescado, se considere un abuso que uno que acaba de llegar pueda comprar sin tener que hacer la cola.  En todo caso, espero que nunca perdamos la solidaridad que nos caracteriza, independientemente de  las circunstancias que nos rodean.  También espero que mis hijos y las futuras generaciones puedan disfrutar de esa Venezuela donde la vida es familiar, agradable, tropical y donde la gente es amable, simpática, cálida y siempre tiene una sonrisa en la boca.

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