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Noruega en Venezuela y otras conveniencias

Los noruegos representan al mundo que quiere arreglo para la libertad, democracia, restauración y bienestar de los venezolanos sin violencia extrema, suficiente hay ya por nuestras calles. Por eso vienen a Caracas, a anidar fe y voluntad de entendimiento. Que no es dar por nada, sino tu das y yo doy, tu me entiendes y yo te entiendo, quien debe irse tiene que irse, los que vamos a reconstruir nos debemos entender para quedarnos y redireccionar esta Venezuela devastada.

Aunque haya guerras en el mundo nadie las quiere, porque todos, hasta algunos jefes de Estado tercos y miopes, comprenden que la guerra puede que llegue a dejar dominio, pero nunca tranquilidad. La prosperidad nace de la paz no como palabras sino como actitud, como voluntad expresa y no negociable.

Las torturas, asesinatos e injusticias no se negocian, se terminan. La paz, el esfuerzo, el bienestar son los resultados de una negociación inteligente. Ése es el éxito que promueven los noruegos en nombre del resto del mundo y con el apoyo de venezolanos ubicados en el lado correcto de la historia.

Claro, necios y tan generosos tampoco son. También tienen una empresa petrolera en Venezuela, Equinot, y son un país petrolero sólo que con criterio de ahorro. Siga Maduro y su castrismo peculiar, lo desplace Guaidó con sus políticos opositores a cuestas, los noruegos van a querer que Equinot siga ahí, sacando petróleo, negociantes petroleros ellos mismos como fue Venezuela y son los árabes.

Pero mucho más les convendría si alguien, Guaidó y su entorno, se hacen con el Gobierno y toman, entre otras, la decisión de reformar la normativa petrolera puesto que, insalvable Pdvsa como la pensaron aquellos adecos de tiempos inaugurales de Carlos Andrés Pérez, va a necesitar abrir puertas a los enormes capitales que se necesitan en la industria petrolera dando a las compañías la oportunidad de ser mayoría en sus acuerdos y no sólo apéndices tecnológicos de la estatal venezolana, ya demasiado quebrantada para rescatarse a sí misma.

La oportunidad es obvia –además de comprensible-, es menos oneroso cobrar ganancias y participaciones a los grandes inversionistas, que ser los principales aportadores de capitales que la república que el castromadurismo está dejando no tiene. La Venezuela de Guaidó y quienes le sucedan deberán renegociar la deuda brutal, y renegociar significa extender los plazos –y en consecuencia los intereses- y recibir nuevos préstamos para pagar los viejos.

Todos lo saben, lo analizarán después nuestros nietos cuando ya el petróleo tenga mucha menos importancia y la deuda venezolana siga pagándose aunque sea menor en capital. Lo saben los chinos y por eso suspender embarques petroleros por un breve tiempo no es alarmante para ellos, siempre andarán por allí los rusos también petroleros y dispuestos a vender todo lo que puedan vender, incluyendo petróleo venezolano.

Lo saben los camaradas del Comité Central del gobernante Partido Comunista Chino mientras lidian con el problema más cercano, y potencialmente más riesgoso y caro, de la rebelión hongkonesa. Lo  sabe Donald Trump sumergiéndose en la oportunidad de una reelección y el riesgo de una recesión en su país –aunque tiene la ventaja de que aunque baje el ritmo de nuevos empleos, los demócratas y Biden parecen tener muy poco para ofrecer.

Y lo sabe Raúl Castro, que a pesar del posible kirchnerismo en Argentina y de sesenta años de tiranía, podría ser derrotado finalmente por la agilidad inmanejable de las redes sociales. Claro, también podría morirse, a su edad toda adversidad es posible, y no hay relevo realmente fuerte para el castrismo dentro de la isla.

A 90 millas, sí.

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