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O nos unimos o nos fregamos

Siempre,  y casi como un hecho rigurosamente invariable, cuando el ser humano, al igual que diversas  especies animales, como  monos, leones y las hienas, está en crisis, peligro o bajo amenaza extrema, recurre al prójimo por ayuda.  Y si el riesgo es colectivo, la tendencia es a agruparse y unirse para enfrentar o resolver la situación. Está claro en que en la unidad está la fuerza, pero, además, la posibilidad de no ser destruido.

Como hecho curioso, sin embargo, insólitamente, en el caso de los venezolanos, se  comulga con la opción y la importancia del factor UNIÓN. Sin embargo, es una sociedad que desconoce dicho concepto, lo desestima y hasta pudiera decirse  que lo desconoce. Y, conscientemente, lo hace como concepto,  tendencia o alternativa; inclusive, hay momentos en que lo promueve su propio liderazgo.  

Lo lamentable -costosamente lamentable- es que a dicha sociedad,  antes que buscar fortaleza construyendo más y mejor unidad, cede y determina rechazo, cuestionamiento y adversión política incurriendo en el peor de los errores sociales e históricos: haciéndole el juego del fortalecimiento a aquel a quien califica de rival, simplemente apelando a lo que popularmente denominan  «pasión por el pescuezo». Es decir, por una lucha entre las partes afectadas o en peligro, tratando de sacar el mejor provecho personal de la situación planteada.

Sin pretender rebuscar en posibles análisis desconocidos o que guardan relación con la situación venezolana en estrecha relación con factores interesados a nivel individual o grupal, es innegable que la realidad nacional es un desastre, si se desea guardar resguardo y respeto por lo que traduce tal verdad en su objetivo alcance. Es un genuino ejemplo de lo que se denomina destrucción,  como de una condición de depredación, amén de corrupción, como de los niveles más dolorosos de lo que pudiera calificarse de escasez y en grado extremo de lo que traduce miseria ciudadana. 

Inclusive, se  ha llegado a tal nivel que, severamente golpeada por lo que traduce  la diáspora, además de haber perdido en menos de 10 años el 30% de su población, y sin disponer de condiciones mínimas para recuperarla, no ha habido disposiciones concretas y precisas acerca de cómo impedir que, antes de que la pandemia sea seriamente controlada a nivel global, se podrá evitar que aquellos que perdimos, peligrosamente, mañana pudieran ser inevitablemente componentes de la violencia social continental. 

Es de suponer que los diferentes gobiernos latinoamericanos, entre estudios, análisis y reflexiones responsables, están ocupándose de entender el hecho a nivel interno y continental. Inclusive, que, fuera de la región, casos como las ofertas de vacunas como las que  España  ha hecho para la región, pudiera obedecer a la extensión cierta de una mano amiga. No obstante, es de suponer que está entendiendo en qué se traduce para la región el indiscutible hecho peligroso  de que lo venezolano, sin duda alguna, ya se ha ocupado de  afectar en forma peligrosa a todos los países del continente. Pero, además, por el hecho de haberlos convertido  en los receptores de millones de migrantes, sin duda alguna, de  la que ya ha sido considerada la mayor diáspora en la historia del continente y tal vez del mundo, como también de ser un semillero de nuevos pobres, sin olvidar todo el peso que eso se traduce en activador constante de delitos, delincuentes y terreno fértil para enfrentamientos armados.

Ante esta dantesca situación que incluye a Venezuela, aproximadamente,  el  90% de su población que no puede salir  o no desea hacerlo, rechaza al actual régimen dictatorial que, desde hace casi 23 años,  está enquistado en el poder y, antes que ocuparse de gobernar, en forma amenazante le dice a los venezolanos, países vecinos y al resto del mundo, que su decisión es la de permanecer indefinidamente en donde hoy está . 

Y lo hace no solamente  chocando a su gusto en contra de todos los principios básicos de la convivencia humana  y de la valoración de la Democracia; es que, además, apela a las razones y motivaciones propias de lo que alguna vez fue la Venezuela del Siglo XVIII, mientras presume de normas, disposiciones y argumentos para quienes argumentan querer seguir viviendo en la Patria, en nombre de la cual se dice actuar apegados a lo que dispone el cumplimiento de la administración de justicia y una Constitución que ha terminado convirtiéndose en la negación de sus propios propósitos.

¿Qué hacer?. ¿Cómo hacerlo?. El planteamiento inicial describe lo que reafirman las historias de los países, cuando la decisión de la actuación colectiva se inspira  y se manifiesta por intermedio de la unidad. Y eso no traduce otra cosa que la común: ante una amenaza como ésta, la tendencia común del ser humano es la de unirse ante el peligro que compromete su presente y su futuro. 

En Venezuela, ese no ha sido el caso, en vista de que las coincidencias iniciales cuando se demandaron entendimiento y solución, la unidad siempre estuvo al servicio de una fractura colectiva, en la que el predominio de la conducción del rechazo  terminó  obedeciendo a las fracturas históricas de siempre, y no a lo que el país, en sí mismo, necesitaba de su liderazgo ganado para la idea de los cambios, no en su conversión de tierra, bienes y objetivos para convertir la unidad en propósitos para beneficio del país. 

La esencia de la Democracia está basada primordialmente en la concurrencia al ejercicio electoral, en el que los ciudadanos determinan la preferencia ideológica y eligen los líderes de su preferencia. Es decir, de aquellos que serán los encargados de cumplir con todo lo que sea necesario para el bienestar de los ciudadanos. Ahora bien, para tales fines, se hacen indispensables los «Partidos Políticos», a quienes corresponderá presentar programas, proyectos y candidatos, hasta que la concurrencia se convierta en un verdadero evento comicial. Al concluir las elecciones, los ganadores se abocan a cumplir con lo prometido, y los opositores o perdedores, desde luego, a vigilar para que se cumpla con lo ofrecido, y que eso se traduzca  en bien común y en beneficio del país.

Esto, insistimos,  no es lo que sucede en Venezuela. El culto al pescuezo ha sido dañino y pernicioso, porque lo que se procura es únicamente el beneficio individual y «cogollérico», es decir, de lo que la cultura venezolana le atribuye el rol de sinónimo venezolano de una minúscula cúpula autoritaria. Si se quiere, además, es lo que el pueblo venezolano ha percibido, dándole cabida a un gran sentimiento de rechazo a los partidos políticos y sus líderes, tanto del gobierno como de la oposición. Además, que la reducida sumatoria de sus  simpatizantes, entre ambos, no llega a un 20% de la población votante.

Esta situación, desde luego, tan sólo evidencia que el régimen ha fracasado en su gestión, logrando un enorme rechazo. Y los partidos de oposición, por su parte,  en su gestión durante 22 años, en su conducción de militancia y sociedad civil,  no obstante haber hecho tantos sacrificios conjuntamente al pueblo, incluyendo cárcel, torturas, destrucción y miserias, no han logrado sacar del poder al ilegítimo gobernante. Ni siquiera aun habiendo demostrado en distintas ocasiones su condición de usurpador, al no haber logrado una verdadera unión con una estrategia común exitosa, ni  deslastrarse de los perniciosos intereses personales o grupales.

Definitivamente, llegó la hora de la reflexión. La voz soberana de toda la nación la tiene la «Sociedad Civil», obviamente organizada. Los partidos políticos han perdido su popularidad por no haber obtenido resultados positivos, tampoco el triunfo deseado en tantos años, ni han podido trasmitir una imagen transparente de su gestión, como de su fidelidad. 

Albert Einstein dijo «Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes». 

Indiscutiblemente, se ha hecho presente el momento de recurrir a la base de toda nación, como de sus únicos dueños, la Sociedad Civil. Y debe suceder  concurriendo a una única y verdadera unión, en la que los Partidos tienen que participar  como parte de ella y sin banderas partidistas para no crear divisiones. Todos deben hacerlo bajo una sola bandera, la tricolor nacional, y  con el único interés de salvar y recuperar el país. Y, adicionalmente, proponiendo el cese a la usurpación. 

Venezuela no dejará de ser lo que es hoy, mientras no sea conducida por  un gobierno de transición integrado por nuevos rostros de experiencia y honorabilidad comprobada. Especialmente,  que den credibilidad a la ayuda internacional y sepan conducir al esfuerzo nacional en beneficio del país. A partir de allí, entonces,  se deberá ir a unas elecciones libres e imparciales con un nuevo Consejo Nacional Electoral, supervisadas por organismos internacionales con autoridad y pericia en hechos similares. Y debe hacer con la participación de partidos políticos reorganizados y fortalecidos, con metas y principios sólidos que les permitan cumplir con la nación, y cumplir con sus objetivos. 

La Consulta popular realizada recientemente dio la pauta.  Casi  7 millones de ciudadanos hablaron e impusieron una ruta para darle cumplimiento a lo establecido en la vigente Constitucion. La Sociedad Civil, con genuinos representantes,  propuso el «Pacto Ciudadano de Restablecimiento Constitucional y Democrático».

La Conferencia para el Restablecimiento Constitucional, presidida por el Ing. Enrique Colmenares Finol y la Junta de honorables miembros de la Sociedad Civil, ha convocado a todas las organizaciones civiles, incluidos todos los partidos de oposición, a formar un frente común para el rescate y el restablecimiento constitucional del país. 

Ahora hay que trabajar. No hacerlo en beneficio de la unidad, definitivamente, terminará en una prolongación de lo que vive el país, y que la propia sociedad lo que ha descrito sabiamente: «0 nos entendemos o nos Fregamos…mucho más de aquello en donde hoy nos encontramos». 

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