Opinión Internacional

Alerta al Embajador de España

Beneplácito (del latín, bene placitus, bien querido). En el mundillo del servicio exterior beneplácito, equivale a que un Estado acepta como “bien querido”, el nombramiento de un represente ante sí, de los intereses de un país amigo.

Las formas diplomáticas tienen su razón de ser por la heterogeneidad de usos y costumbres a lo largo y ancho del planeta. Pongamos por caso. En una republiqueta perdida en cierto atolón del océano Pacífico, hurgarse las fosas nasales, a la vista del público, con el índice y pulgar de la mano derecha, se considera de buen gusto. Pese a ello, un embajador del gobierno del mencionado atolón, será adiestrado en el sentido de no repetir tan controvertido hábito elegante ante la reina de Inglaterra, de modo que en el acto protocolar, en lugar de la presentación de sus cartas credenciales, el plenipotenciario se dedique a dispararle a Su Majestad, proyectiles tan poco higiénicos, utilizando sus dedos como catapultas.

A ningún gobierno, por forajido que sea, se le ocurrirá designar un nazista convicto y confeso, como su embajador ante el Gobierno de Israel. Un presidente o ex presidente de un burdel, sería el menos apropiado, como jefe de una misión extranjera en El Vaticano. Lo deseable es que quien vaya a representar un Estado en un determinado país, sea bien visto en este último. Privan allí cuestiones de cortesía, pero sobre todo de pragmatismo, de sacarle el mejor provecho a los costos que significan mantener una delegación de tal naturaleza.

Días atrás, me hacía estas reflexiones, al enterarme que Isaías Rodríguez, ex fiscal general de la República, será postulado como embajador de Venezuela ante el reino de España.

¿Y qué méritos o cosas en común tiene el buen Isaías, con nuestra llamada madre patria, que justifiquen tal designación?.

Rodríguez no es diplomático de carrera ni un hombre de mundo. Al contrario. Antes de su irrupción, no muy afortunada en la escena pública, no transpuso los linderos de Tucupido o de Villa de Cura, de modo que es un caballero poco apropiado para desenvolverse en ambientes exigentes.

Si de preservación del imperio de la ley y de tutela de derechos humanos se trata, tampoco como ex fiscal general tiene nada de qué vanagloriarse. Salvo que sufra una crisis de ubicación -como el plenipotenciario del ya mencionado atolón del Pacífico- y pretenda jactarse de lo que aquí, en la revolución forajida, es objeto de encomio, pero que cualquier otra latitud medianamente civilizada, además de antihigiénico, podría tipificar delitos atroces.

Sin embargo, me parece verlo y oírlo. Ahí, en un simposio, de esos que congregan a los más reputados especialistas, lanzando con una catapulta sus pretendidas ejecutorias en su carácter de fiscal. Como mirarle los ojos a un testigo, para saber si es mendaz o dice la verdad. O llorando a moco tendido, al pie del catafalco de su subalterno preferido, quien en lugar de jurisprudencia, recopilaba billetes, en efectivo, como lo demostró la máquina eléctrica que poseía para contarlos.

¿Y si la justicia española en lugar de repetir una proeza como la orden de detención ultramarina de Pinochet, genocida y cleptómano, termina por contaminarse con el ejemplo de Isaías?
Pese a todo, la incuria jurídica y ética no es el peor agente transmisor del cual es portador nuestro ex fiscal general. Para que se convenza la Cancillería del señor Zapatero, oigamos algunos versos de la autoría del posible embajador y supuesto poeta: “A él le gustaba fregar/ fregaba los platos/ fregaba las ollas/ y fregaba la paciencia”. “De tan gorda que es/ se le partió la columna/ y le pusieron un aparato ortopédico/ que parece un florero”.

Dicho lo anterior, le enviamos con carácter urgente,
un mensaje al excelentísimo embajador de España en Venezuela, para que se lo retransmita a su gobierno: no otorguen ese beneplácito. Más daño le hace a la humanidad un contagio literario de Isaías, que sus perpetraciones legales. Sería como una especie de gripe porcina de la prosa, la rima, la métrica y en general, de la cultura castellana.

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