Opinión Internacional

Carta de fin de año

Hace un año, por esta misma época, la ciudadanía definió con su voto el que el país transitara tiempos de cambios. Al instalarse el nuevo gobierno, propios y extraños, manifestaron sus esperanzas en que la metamorfosis del Estado traería días mejores. El sólo anuncio de la construcción de un nuevo país hacía presumir la vigencia de un ambiente de mayor certidumbre y menos conflictos. A esta convivencia armónica contribuiría la instauración de la Asamblea Constituyente, dada su calidad de tribuna de discusión de ideas y expresión democrática de la voluntad soberana del pueblo y fundamentalmente su composición multiétnica y pluricultural.

Hace un año se sostenía que el presidente Morales, al integrar su gobierno con dirigentes de los ‘movimientos sociales’, tenía en sus manos la llave para activar y desactivar los factores de desestabilización política, de modo que la gobernabilidad, la paz social y la relación civilizada estaban garantizadas. Hasta hoy nadie pensó ver un presidente sumido en la irresponsabilidad insensata de utilizar los factores de conflicto como milicias para bloquear los poderes constituidos y para reprimir expresiones ciudadanas (léase Cabildos).

La ciudadanía obnubilada por la idea de cambio, imaginó una Asamblea Constituyente soberana en sus decisiones, almácigo de pensamientos profundos, de hermosas arengas, de tremendas catilinarias, símbolo de la Patria democrática, de la palabra sublime y enfervorizada, de la frase vibrante, de la idea profunda y de la actitud concertadora, jamás la pensó convertida en platea de denostación y agravios.

Aseguraba que al estar conformada por asambleístas de variada índole, de culturas diversas, enfoques distintos, esta instancia reformadora sería un foro parteador de iniciativas genuinas y, por que no decirlo, crisol de una bolivianidad incluyente. No se atrevió siquiera a vaticinar la actitud obcecada y radical de una mayoría ensoberbecida de poder que, sumisa al presidente, tuviese la osadía de concederle la licencia de embolsillarse la soberanía en su diseñada chaqueta.

Bolivia tiene una historia de frustraciones y desencantos, hoy, una vez más sus páginas se tiñen de la grosera maniobra gubernamental que profana y atropella la ley y desconoce el mandato constitucional. Nadie puede ignorar que la Asamblea Constituyente está en crisis; nadie puede no advertir que ello afecta al país y su integridad; nadie se atreve a desconocer que la descabellada aventura de una mayoría de asambleístas, empecinada en consumar una ilegal reforma constitucional, tiene el único propósito de imponer un proyecto de país a gusto y sabor del partido de Gobierno; nadie es tan falto de juicio para no reparar que se trata de un modelo totalitario, indigenista, sectario y excluyente dirigido a imponer la cultura andina y estimular el centralismo administrativo con una visión exclusivamente racista, elaborado además, al influjo de aires caribeños.

En este fin de año, cuando los asambleístas estén en sus hogares, luego de haber frustrado el respeto a la Ley de Convocatoria y entre tanto el país continúe, durante las fiestas navideñas, sumido en la incertidumbre, confrontado por el discurso político del que se vale el Gobierno para legitimar sus ideas y propósitos contra los departamentos del oriente y sur del país; la sala de la Asamblea Constituyente esperará en silencio; aguardará volver a convertirse en tribuna, no sólo de una tendencia política sectaria sino del sentir nacional, esperanzada tal vez, en que estos días de encuentro familiar sirva a los asambleístas de motivo de reflexión sobre la responsabilidad de respetar las reglas de la democracia, pensando en el futuro de sus hijos y en el de los hijos de los otros. Hasta entonces.

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