Opinión Internacional

Disparar primero y averiguar después

Dentro de unos años, cuando se haga un recuento de los primeros meses de la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo, lo que llamará la atención es que nunca antes en la historia de este país se habían utilizado tantas palabras para no decir nada de lo que está ocurriendo.

Los periodistas norteamericanos, tan celosos de la libertad de información, actualmente no se muestran tan entusiastas para exigir que los funcionarios del gobierno sean claros y precisos sobre lo que acontece en la guerra contra los Talibán y su líder Osama Bin Laden.

Desde que comenzó la campaña en el lejano Afganistán, el alto mando militar convoca diariamente a ruedas de prensa en las que el jefe del Estado Mayor Conjunto, General Richard Myers, de 10 preguntas, siete las deja en el aire por “razones de seguridad” y en las que responde utiliza tantos circunloquios que hacen que se desvanezca lo que le interrogaron.

Como ya ocurrió en la Guerra del Golfo, el Pentágono no llevará a periodistas al teatro de operaciones a menos que sea para mostrar, en el actual caso, el cadaver achicharrado de Bin Laden. Estamos en la etapa del “disparar primero”. Ya vendrá el tiempo de “averiguar después”.

La gran prensa estadounidense, horrizada por los ataques terroristas del 11 de septiembre, se ha contagiado del furor popular que exige venganza. Sus titulares contribuyen a mantener en alto el patriotismo que se expresa en todos los rincones con el flamear de la bandera de las barras y las estrellas.

Sin embargo de los silencios oficiales, por el curso de las operaciones, puede vislumbrarse que la guerra en Afganistán cesará sólo cuando se liquide a Bin Laden y su grupo terrorista. Ahí acabará virtualmente la guerra “visible” y comenzará la verdadera “guerra invisible” contra sus aliados o simpatizantes en todo el mundo.

La CIA, virtualmente desmantelada tras las revelaciones en el Congreso de sus malandanzas en Latinoamérica en los años de la “guerra sucia”, ya está trabajando al 100 por ciento de su capacidad. Este fin de semana el Washington Post reveló que recibió la orden terminante del presidente George W. Bush de liquidar a Bin Laden y su banda al “precio que sea”. Para empezar le asignó la friolera de 1.000 millones de dólares de presupuesto extra.

Y el liquidar a los terroristas a nivel mundial al “precio que sea” pueda que signifique también que Estados Unidos, como ocurrió en el pasado, busque en esa sórdida guerra por venir a socios y testaferros de la peor especie, es decir “gente cuya sola existencia nos repugna, gente depravada y sin ningún principio ético”, como ha dicho el vicepresidente Dick Cheney.

Aquí lo que importa es que el ciudadano estadounidense vuelva a sentirse seguro en su suelo. En busca de este anhelo, sus militares tienen carta blanca para aplastar a Bin Laden y los suyos, así sea – paradójicamente a las primeras declaraciones en contrario de Bush – utilizando misiles y bombas de hasta 200.000 dólares sólo para darle algunas veces al trasero de un camello.

El secretario de Estado, Colin Powell, un general que da la impresión de saber siempre lo que dice, apuntó este domingo que cree que la campaña militar en Afganistán deberá terminar antes de comenzar el invierno del hemisferio norte, es decir en unas cinco semanas más. ¿Será posible?

Obviamente pesa también el factor político porque muchos de los actuales aliados estadounidenses están empezando a replantear sus apoyos, como el caso de los arabesauditas y el propio Pakistán donde una buena porción de su población ve equivocadamente a Bin Laden como el “Ché” Guevara árabe en una guerra que no tiene nada de ideológica.

Esto mismo da la idea de la proporción de la “guerra (mundial) invisible” post Bin Laden contra los terroristas, y los que parezcan serlo. Precisamente por esto es que debe preocupar lo anunciado por Cheney, porque tiene que ver con una postura imperial cuyos alcances son de sobra conocidos por los pueblos de los países tercermundistas.

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