Opinión Internacional

Economía de guerra

 
La violencia no debe justificarse nunca. Pero debe estudiarse para conocer sus orígenes, para contribuir a evitarla y a prevenirla. Dos raíces principales: la miseria y el miedo. Hay que situarse en la piel de los millones de seres humanos, que viven en condiciones inhumanas. Las promesas para mejorarlas, reiteradas por los países más prósperos, se han frustrado casi siempre. Y con el transcurrir de días y años en esta situación de desamparo, de exclusión, de humillación, se van extendiendo los sentimientos de frustración, de animadversión, de rencor, de radicalización, hasta el punto de que ya ninguna solución parece posible. Y es entonces cuando estalla, a veces, la reacción violenta.

Los líderes de la Tierra deberían ver cómo transcurre la vida diaria de la mayor parte de la gente. Cómo son los caldos de cultivo en los que se colman los vasos de la paciencia y de la serenidad y, un día, de pronto, los hombres gritan: «¡Basta!», y, sin aguardar más usan la fuerza. La FAO da cifras estremecedoras: alrededor de 60.000 personas mueren cada día de inanición. ¿De verdad buscan «armas de destrucción masiva?». Su nombre es hambre.

Las brechas que separan a los prósperos de los necesitados han aumentado; los desgarros en el tejido social se han intentado restañar con balas en lugar de con ayudas, diálogo y entendimiento.

Se quiera o no reconocer, a finales del año 2007 estamos abocados a una economía de guerra que concentra en muy pocas manos el poder económico, y que recurre a toda clase de pretextos para alcanzar colosales proporciones. La guerra de Iraq, basada en supuestos falsos, fue un gran impulso para la maquinaria bélico-industrial. Ahora, a los escudos antimisiles, que representan la ruptura de los acuerdos tan difícilmente alcanzados al término de la guerra fría, se añade el rearme masivo no sólo de Israel sino de todos los países del Golfo: 46.000 millones de euros. «Si quieres la paz, prepara la guerra».

La amenaza a Irán costará miles de vidas, víctimas del círculo vicioso de la economía de mercado, que perpetúa la pobreza, y de la economía de guerra, que intenta solucionar una vez más los grandes retos de la humanidad por la fuerza. Estados Unidos lidera y los demás países prósperos dejan hacer. La Unión Europea, que debería ser símbolo de la cultura de paz y de la democratización en el mundo, sigue ocupada en problemas estructurales que le impiden llevar a cabo su misión de guía y de vigía.

Es urgente humanizar la globalización, reducir las desigualdades y conseguir que los flujos migratorios constituyan una opción y no el camino forzado de los marginados. Poner a los seres humanos como objetivo prioritario. Al amparo de la lucha contra el terrorismo, los regímenes autoritarios promulgan leyes restrictivas de las libertades y se saltan, ante unos aliados que asienten o que miran hacia otro lado, las normas jurídicas de amparo de los prisioneros para evitar la tortura y el tratamiento indebido. La seguridad no debe garantizarse a costa de los derechos humanos.

La globalización no repara en las condiciones laborales, en los mecanismos de poder, en el respeto de los derechos humanos. A través de megafusiones, el panorama mundial no sólo se ha enrarecido e incrementado en desigualdades sino que se han desvanecido las responsabilidades que correspondían a quienes desempeñaban las funciones de Gobierno en nombre de sus ciudadanos. No sólo los aspectos económicos y sociales, sino el impacto ambiental, la uniformización cultural, el decaimiento de las referencias morales dependen en buena parte del poder sin rostro de grandes empresas multinacionales.

Es apremiante que los líderes occidentales se den cuenta de que «estar muy bien en casa» no puede hacerse a costa de muchos habitantes de la Tierra. El destino es común. Y no sirve de nada cerrar puertas y ventanas. Y menos aún convertirlas en espejos de complacencia. Es hora de responsabilidad. De pasar de la fuerza al diálogo, a la democracia auténtica. Es tiempo de llevar a efecto la profecía de Isaías: «Convertirán las lanzas en arados». Que nadie diga que no es posible. Que lean el discurso La estrategia de paz, del presidente John F. Kennedy, en la American University de Washington DC el 10 de junio de 1963: «No podemos aceptar que la paz sea inalcanzable, que nos hallamos bajo el efecto de fuerzas que no podemos controlar. Ningún problema del destino de la humanidad está más allá de la capacidad creadora de los seres humanos».

Presidente de la Fundación Cultura de Paz

 
 

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