Opinión Internacional

El “año cero”

¿Conoce usted la historia de lo que pasó en Camboya hace apenas 34 años?… Si usted tiene hijos, vale la pena que lea este artículo hasta el final. Porque la historia debería servir para aprender de ella y no repetir sus errores, mucho menos sus horrores…

Los jemeres rojos (Khmer Rouge) fueron un ejército de revolucionarios comandados por una de las figuras más monstruosas que haya producido la humanidad: Saloth Sar, mejor conocido como Pol Pot. El odio fue el motor de su vida y obra.

Por las influencias de su hermano, en 1949 fue enviado con una beca a París a estudiar radioelectricidad, y fue allí donde sus resentimientos se encauzaron, al conocer el marximo-leninismo. Perdió la beca por no asistir a clases y regresó a Camboya justo antes de la independencia de Francia. Siguió formándose en el comunismo, lo que consolidó con un viaje a China en 1965, donde conoció de cerca a Mao Tse Tung y su “gran salto adelante”. Regresó a Camboya convencido de que allá podría replicarse la experiencia. Con un ejército de guerrillas, los jemeres rojos, la revolución se impuso como primera meta establecer la “hora cero”, cuando toda la historia pasada se borraría y se escribiría “la nueva historia del país”.

En 1975 los revolucionarios entraron en la capital, Phnom Penh y ordenaron desalojarla en cuestión de horas, a pie o en carreta de bueyes. La excusa, que vendrían bombardeos norteamericanos. Miles de ancianos, enfermos y niños murieron en el camino. El horror apenas había comenzado, con el nacimiento de la Kampuchea Democrática que marcaba el “año cero” . Todo el pasado capitalista, hasta el más mínimo vestigio, debía ser eliminado. Se quemaron industrias hasta que no quedó piedra sobre piedra. Todos los medios de transporte fueron también destruidos. La carreta de bueyes o mulas fue decretada como el medio de transporte nacional. Se quemaron escuelas, bibliotecas, laboratorios, se prohibieron todos los medicamentos, pues los “remedios” residían nada menos que en la sabiduría popular. Los ciudadanos perfectos eran los campesinos, pues no habían sido contaminados. Y bajo la orden de Pol Pot, de acabar con “todos los elementos subversivos” se ejecutó indiscriminadamente, previa toda clase de horrendas torturas que los hacían confesar cualquier cosa, a toda la clase media y culta, profesionales de todas las ramas. Llegaron hasta a asesinar a quienes usaban lentes “porque los lentes eran síntomas de intelectualidad”. La liberación para aquellos infelices era el tiro de gracia que acababa con sus vidas. “El que protesta es un enemigo, el que se opone, un cadáver” decía Pol Pot.

El resto de los habitantes fueron forzados a trabajar como campesinos. Se abolió la propiedad privada. Se creó un régimen de terror en el que obligaban a los niños ideologizados a denunciar a sus padres. Más asesinados, hasta por tomar un pedazo de pan. Menos de cuatro años duró este infierno, al que la invasión vietnamita puso fin. Se calcula la cifra de muertos en más de dos millones. Cuando Pol Pot se enteró de que había camboyanos huyendo hacia Tailandia, mandó a sembrar de minas antipersonales las fronteras, causando aún más desgracias. Este es el camino de las revoluciones que consideran que el único pensamiento, el pensamiento válido, el pensamiento verdadero, es el de ellas. Que la libertad es una entelequia, y lo que no entra por las buenas, entra por las malas.

Una película de Roland Joffé, Los gritos del silencio, describe los horrores de la Kampuchea de Pol Pot. Su protagonista es un médico camboyano, el Dr. Ngor, quien se salvó milagrosamente de los campos de exterminio. Al ser honrado con el Oscar por su actuación, su comentario fue: “Una película no basta para describir el sangriento golpe comunista de Camboya. Es real, pero no es realmente suficiente. Es cruel, pero no es suficientemente cruel”.

Si tiene hijos, tome nota… y si no los tiene, también…

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