Opinión Internacional

El caso Kirov

En una extraordinaria entrevista realizada por Sergio Dahbar y publicada este domingo en El Nacional, el ex ministro del interior colombiano Fernando Londoño se refiere al caso Danilo Anderson y sus implicaciones en el posterior recrudecimiento de las medidas represivas en nuestro país, haciendo referencia al caso de Sergéi Kirov.

Absolutamente desconocido para el gran público venezolano, tal vez valga la pena contar algunos de los detalles que rodearon el caso Kirov, de hondas repercusiones en la política soviética y dados a conocer en el famoso informe con que Nikita Jruschov denunciara las atrocidades de Stalin en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. En el que por cierto participara en calidad de invitado especial Santos Yorme, nombre político del entonces secretario general del Partido Comunista Venezolano Pompeyo Márquez y quien viviera una auténtica odisea para salir de Venezuela, llegar a Moscú, participar desde la sombra en el más famoso de los congresos históricos del PCUS y volver a Caracas, toda vez que se encontraba en la clandestinidad enfrentando los horrores de la dictadura perezjimenista.

Sergéi Mirónovich Kóstrikov, llamado Serguéi, nacido en Urzum en 1886, hizo una resplandeciente carrera política entre los bolcheviques mostrándose como el más fiel y devoto seguidor de Stalin. Alcanzó el más alto escalafón soviético al ser promovido por Stalin al Politburó del PCUS en 1930 y dos años después a la secretaría general del PC en Leningrado, la ciudad emblemática del bolchevismo.

Culminada la llamada Nueva Política Económica y el Primer Plan Quinquenal (1928-1932), Stalin inició las más severas y cruentas purgas internas de cuantas conozcan los partidos comunistas. La política de industrialización a marchas forzadas y la exacción violenta de cosechas al campesinado -que costaran millones y millones de vidas en el más cruento proceso revolucionario de la historia- requerían de un Estado cada vez más represor y dictatorial. Y a su cabeza un jefe que no tuviera oposición de ninguna naturaleza. Trotsky había sido desterrado. Pero se hacía necesario descabezar cualquier rasgo de crítica interna. La iglesia había sido aniquilada, las expresiones de nacionalismo cultural triturados. En 1933 un millón de ciudadanos soviéticos se podrían en los campos de trabajos forzados y varios otros millones estaban en prisiones, en campos de deportación o en áreas de reasentamiento forzoso.

Había que darle un golpe final a la oposición interna. El 1 de noviembre de 1934, Leonid Nikoloaev le descerrajó un tiro a Kirov sirviéndole el pretexto a Stalin para que aprobara una serie de decretos que otorgaban plenos poderos al NKVD (comisariato de interiores) para arrestar, juzgar y ejecutar a quien considerase pertinente hacerlo. Fueron tantos los atropellos, las venganzas, las persecuciones y los asesinatos, que todo el mundo supo que el atentado a Serguéi Kirov se debía a la mano asesina de Stalin.

No sería el primer ni el último caso en que el dudoso asesinato de un fanático cercano al líder da las excusas para apretar los torniquetes dictatoriales de una autocracia.

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